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  • Capítulo 9

    HEREDEROS DE LAS PROMESAS, PRISIONEROS DE LA ESPERANZA

    Josué 13-21

    Imagine lo que una herencia de 50 millones de dólares descubierta por un abogado de familia podría cambiar su forma de pensar, planificar y actuar de cara al futuro. Para la mayoría de los lectores modernos, los capítulos 13 al 21 del libro de Josué constituyen una lista infinita, tediosa y poco emocionante de ciudades, pueblos y puntos de referencia geográficos que delimitan la porción que le fue asignada a cada tribu en la Tierra Prometida. Pero para los patriarcas, la tierra prometida por Dios tenía un poder que transformó su visión del futuro y moldeó su vida cotidiana.

    LA TIERRA E ISRAEL

    La tierra como promesa. Desde el principio, la tierra tuvo un enorme significado como promesa de la alianza con Abraham y sus descendientes. El viaje de Abraham al territorio señalado por Dios marcó el comienzo de un pacto sagrado entre él y su Creador (Gén. 12:1-3; Heb. n:8-ro). Este pacto, basado en la promesa divina, estableció un vínculo permanente entre Dios y su pueblo elegido. Por lo tanto, la tierra no solo era una simple extensión geográfica, sino que encarnaba la relación pactada entre los patriarcas y Dios, simbolizando la seguridad y la herencia divinas.

    Sin embargo, durante cuatro siglos, la tierra siguió siendo solo una promesa, aunque continuó ofreciendo un rayo de esperanza en medio de desafíos que parecían imposibles de superar. La promesa de la tierra se mantuvo como un recordatorio tangible de la intención de Dios, incluso frente a la adversidad. Con el paso de las generaciones, la tierra conservó su importancia como herencia prometida, y mantuvo la identidad espiritual de los israelitas. La promesa de la tierra sentó las bases de la esperanza y la resiliencia, y afianzó la fe de Isrá&l eji las promesas duraderas de Dios (Gén. 15:18-21; Jos. 21:43-45).

    La tierra como un don. Con el cruce del Jordán y la conquista de ciudades y territorios clave, la promesa a los patriarcas se convirtió finalmente en una realidad tangible.1 El marco que definía la identidad y el orden social de Israel estaba integrado en la tierra. La asignación de territorios entre tribus, clanes y familias no era simplemente una división de la tierra, sino una manifestación de principios divinos para ordenar una sociedad que reflejara el carácter de Dios.2 Cada división dentro de la tierra reflejaba la estructura social prevista por Dios, subrayando la importancia de la igualdad de oportunidades y, al mismo tiempo, la responsabilidad comunitaria y la cooperación entre el pueblo elegido (Núm. 26:52-56).

    La tierra no solo proporcionaba límites geográficos, sino que también les daba a los israelitas un sentido de pertenencia y unidad. Su asentamiento en la tierra afirmaba su identidad como pueblo elegido, distinto de otras naciones (Deut. 7:6; 14:2; 10:15; 11:8,9; 12:29-31). Este sentido de identidad colectiva fomentaba la solidaridad y el apoyo mutuo entre las diversas tribus y familias, reforzando los lazos de parentesco y la obligación pactada.

    La tierra como reflejo del carácter de Dios. La posesión de la tierra también facilitó un entendimiento más profundo del carácter y la fidelidad de Dios. La tierra sirvió como expresión tangible de las promesas del pacto de Dios, un recordatorio constante de su compromiso inquebrantable con su pueblo elegido. A través de su permanencia en este territorio prometido, los israelitas pudieron comprender mejor el cuidado providencial y el amor inquebrantable de Dios (Deut. 11:10-12), lo que fomentó un profundo sentido de gratitud y reverencia (Sal. 105:8-11).

    A diferencia de la agricultura de riego de Egipto, donde los recursos eran abundantes, la tierra de Canaán exigía un mayor nivel de dependencia de la providencia divina. El desafío de depender de las lluvias tempranas (primavera) y tardías (otoño) controladas por el Señor, el Creador, ofrecía oportunidades para el crecimiento espiritual, poniendo a prueba el compromiso de Israel con la relación de alianza con Dios (Deut. 8:7-10; 28:1-14). Hubo momentos, sin embargo, en los que Israel no dependió de Dios y sucumbió a las peligrosas trampas que condujeron a la idolatría (Juec. 2:11-15).

    La tierra como responsabilidad. Vivir en la tierra requería el cumplimiento de los requisitos del pacto descritos en la Torá. A los israelitas se les pedía que llevaran una vida de rectitud y obediencia, honrando los mandamientos y estatutos de Dios. La tierra constituía una prueba de fuego para la fidelidad de los israelitas al Señor, desafiándolos a permanecer fieles en medio de la prosperidad y la adversidad. Gracias a las experiencias vividas en la tierra, los israelitas aprendieron la importancia de la humildad, el arrepentimiento y la confianza en el cuidado providencial de Dios (Deut. 7:r2-i6; Jos. 23:14-16).

    Israel tenía que recordar que, en última instancia, la tierra pertenecía a Dios, lo que significaba la propiedad divina sobre ella (Sal. 24:1, 2). Aunque se le otorgó a Israel como un don, la tierra constituía un recordatorio de la posición del pueblo como forasteros y arrendatarios temporales de la tierra de Dios. La ocupación de los israelitas en la tierra dependía de su fidelidad al Señor y de su adhesión a los principios esbozados en el pacto. Como administradores de la creación de Dios, Israel tenía la tarea de defender la santidad de la tierra y vivir en armonía con la voluntad de Dios (Lev. 25:23).

    Es en este contexto teológico más amplio sobre la tierra que debemos abordar la distribución de la herencia de Israel. El capítulo 13 marca el comienzo del tercer segmento relevante del libro de Josué, caracterizado por las directrices que Dios le transmite a Josué. Estas directrices se implementan en los capítulos 14 al 21. El tema en torno al cual gira toda esta sección es la distribución de la tierra, lo cual se pone de manifiesto en el uso frecuente del verbo jalak, que significa "dividir" o "repartir". En la sección anterior del libro se describió la conquista como un proceso que, en gran medida, cumplió la promesa hecha a los patriarcas y superó la oposición cananea, estableciendo así una base sólida para Israel en la tierra. Una vez asegurada la presencia de Israel, los territorios restantes desocupados pudieron ser sometidos posteriormente.

    En los capítulos 13 a 21 se detalla minuciosamente la división de la tierra entre las diversas tribus de Israel. Esta asignación no solo da a conocer a los israelitas los territorios que les han sido asignados, sino que también delimita las zonas que aún no han sido ocupadas dentro de ese dominio. El concepto de totalidad o de falta de totalidad en la conquista no se debe considerar como un tema conflictivo, sino más bien como facetas complementarias de una misma realidad. Los israelitas se sienten seguros al residir en la tierra que Dios les ha concedido como herencia, afianzando su legítima tenencia bajo propiedad divina. Al mismo tiempo, la colonización completa de la tierra trae consigo aún mayores dimensiones de alegría y abundancia en la vida.

    Dios ratificó su promesa de desplazar a los habitantes de la tierra y volvió a subrayar las obligaciones individuales y colectivas de cada tribu de tomar medidas proactivas. Estas obligaciones quedaron ilustradas con los ejemplos de Caleb (Jos. 14:6-15), Acsa (Jos. 15:13-19), las hijas de Zelofehad (Jos. 17:3-6) y, por supuesto, el propio Josué. Estos relatos describen de forma colectiva una interacción dinámica entre la iniciativa divina y la respuesta humana. La acción divina de Dios debe ir acompañada de la correspondiente acción humana. La primera mitad del libro describe cómo Dios concedió la tierra desplazando a los cana-neos, mientras que la segunda ilustra cómo Israel adquirió la tierra al habitarla.

    La tierra y nosotros. Aunque el Nuevo Testamento no trata el tema de la tierra con la misma intensidad, el entendimiento teológico de la relación entre Israel, Dios y la tierra encuentra una nueva expresión en las enseñanzas de Jesús y los apóstoles. El pueblo de Dios no tiene una herencia definida geográficamente, pero queda claro que la herencia de la iglesia es el reino de Dios (Mat. 25:34; 1 Cor. 6:9; 15:50; Gál. 5:21; Efe. 5:5; Sant. 2:5). Así como la tierra era inicialmente una promesa, luego un don y después un desafío, el reino de Dios para nosotros encarna todos estos aspectos.

    LAS PROMESAS DE DIOS SON SEGURAS

    Somos herederos de las promesas de Dios (Heb. 6:11), y en lo que respecta a su historial de cumplimiento, la conclusión bíblica es unánime: ¡él ha sido fiel! (Jos. 21:45; Neh. 9:8; 2 Sam. 7:19,21,25,28). Por si fuera poco, Dios fue aún más allá y respaldó sus promesas mediante una garantía: la presencia del Espíritu Santo en nuestro corazón (2 Cor. 1:22; 5:5; Efe. 1:14). La palabra griega arrabon, empleada por el apóstol Pablo, se puede traducir como "pago inicial". Tanto en la época bíblica como en la actual, cuando un vendedor quería asegurarse de que el comprador iba en serio, exigía un depósito, lo que garantizaba dos cosas al propietario: en primer lugar, el pago inicial validaba el contrato de compraventa y daba al comprador el derecho a reclamar la propiedad. En segundo lugar, el comprador se comprometía a pagar el saldo restante en su totalidad según el calendario acordado o a perder el pago inicial.3 El derramamiento del Espíritu Santo fue (Robert L. Hubbard Jr.Joshua (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2009), p. 444.)

    posible gracias a la muerte, resurrección y ascensión de Cristo. Dios pagó un precio infinito por nuestra redención. Utilizando las imágenes del apóstol Pablo, el pago inicial que Dios dio por nuestra redención es demasiado grande como para que renuncie a nosotros. Podemos vivir con la certeza de que sus promesas nunca fallan (Tito r:i, 2), y de que él permanecerá fiel al pacto que fue ratificado y asegurado por el sacrificio de Jesucristo, su Hijo (2 Cor. 1:20; Heb. 8:6).

    Los israelitas pudieron disfrutar de los frutos de la tierra desde el primer día en que pusieron pie en la Tierra Prometida (Jos. 5:11,12), pero eso no significaba que todas las bendiciones de la tierra ya eran suyas. Pasarían muchos años antes de que se convirtieran en los poseedores de todos los beneficios inherentes a la tierra. De la misma manera, nosotros ya podemos disfrutar de los frutos de la redención de Cristo como coherederos con Cristo (Rom. 8:17; Gál. 3:29). Podemos tener un anticipo de "la bondad de la Palabra de Dios y el poder del mundo venidero" (Heb. 6:5, NTV). Pero al mismo tiempo, seguimos anhelando nuestra redención completa, la cual nos liberará del sufrimiento, el dolor y la muerte (Rom. 8:23; 2 Cor. 5:2; cf. 1 Cor. 15:53, 54).

    Esta tensión entre lo que ya es y lo que todavía no es genera la sensación de que, en cierto sentido, somos extranjeros y peregrinos en la tierra que debía servirnos de hogar. Al igual que los patriarcas que recibieron la promesa, pero nunca llegaron a poseer plenamente la tierra, anhelamos la ciudad cuyo diseñador y constructor es Dios mismo (Heb. n:9-i3).2

    Nuestro estado transitorio en esta tierra suscita la pregunta: ¿cómo podemos ser extranjeros si nacimos aquí, vivimos aquí y muy probablemente moriremos en esta tierra si el Señor no viene? Curiosamente, la Biblia nunca define el hecho de ser extranjeros en términos geográficos, sino más bien desde la perspectiva del tiempo. Desde el punto de vista de la eternidad, vivimos en esta tierra temporalmente y luego fallecemos. Puesto que no vivimos

    para siempre, nuestra existencia en esta tierra está limitada a nuestra vida, y la expresión más adecuada de esta realidad es que solo somos "extranjeros y peregrinos" (i Ped. 2:11). Nuestro verdadero hogar estará en la tierra nueva (Juan 14:1-3; 1 Tes. 4:13-17; Apoc. 22:1-4).

    VIVIR COMO HEREDEROS

    La complejidad de la conquista, que se manifiesta en lo difícil que resulta mantener el control de las tierras conquistadas y de los territorios aún no conquistados, refleja la dinámica de la salvación. Al igual que Israel, nuestra salvación no se puede ganar; sino que es un don (Efe. 2:8,9). Esta dinámica se asemeja a la forma en que la tierra fue un don divino para los israelitas basado en la relación de su pacto con Dios y no en ningún mérito propio. Sin embargo, para que los israelitas disfrutaran del don misericordioso de Dios, tuvieron que asumir las responsabilidades inherentes a habitar en la tierra, similar a nuestro viaje de santificación a través de la obediencia amorosa a los requisitos previos de la ciudadanía en el reino de Dios (Fil. 2:12; 3:20).

    Este proceso de santificación solo puede tener lugar si nos dedicamos a nuestra relación con Dios. El desafío constante para los israelitas, si se dedicaban a esta relación, era evitar la tentación de dejarse absorber tanto por el don (la tierra) que olvidaran al Dador (el Señor). El deseo de procurarse los frutos de la tierra sin depender constantemente del Dueño de la tierra llevó a los israelitas a quedar enredados en las horribles consecuencias de los cultos a la fertilidad y la adoración de demonios (Deut. 32:17; Lev. 17:7; Sal. 106:37, 38). ¡ Para que se cumpla plenamente la promesa de Dios, noso-

    I tros, al igual que los israelitas de antaño, debemos cooperar con

    I Dios para nuestra salvación. Esto incluye no retroceder ante las

    dificultades, "porque la perseverancia es necesaria para que, ¡ habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengan la promesa" (Heb. 10:36). Como herederos de las promesas de Dios, perseveraremos y nos esforzaremos constantemente por llevar una vida pura y con principios, reflejando la santidad y el amor de Dios: "Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios" (2 Cor. 7:1).

    El don de la tierra que Dios le concedió a Israel, su pueblo elegido, suponía que se dividiera entre tribus, clanes y familias, en lugar de otorgarse como un todo (Núm. 34:i3-r8). El objetivo de esto era evitar que la propiedad se concentrara en unas pocas élites. El sistema de distribución de la tierra era imprescindible para fomentar una sociedad basada en los principios de justicia, equidad e igualdad de oportunidades. La asignación de tierras en Israel refleja el deseo de Dios de que haya generosidad y se cuide a los menos afortunados, como se demuestra a través del principio del año sabático y las responsabilidades de los arrendatarios. Este sistema tenía como objetivo brindar oportunidades para que la gente superara sus dificultades económicas y empezara de nuevo. Sin embargo, el incumplimiento de estos principios por parte de los israelitas los llevó a perder su tierra, lo que sirvió como una advertencia de su desconexión espiritual con Dios (Lev. 26:3-6, r4-r7, 34, 35). En Cristo, todos tenemos una parte igual de la herencia que él nos dio. No hay privilegios especiales para algunos en detrimento de otros (Hech. 10:34; Rom. 2:11; Efe. 6:9), porque todos estamos bajo la autoridad del mismo Señor, Jesús: "Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que lo invocan" (Rom. 10:12).

    MOLDEADOS POR NUESTRA HERENCIA

    En una ciudad bulliciosa, el sistema escolar brindaba apoyo a los niños que estaban hospitalizados, asegurándose así de que no se retrasaran en sus estudios. Una maestra a la que se le había asignado visitar a un niño, recibió una simple petición de la maestra del niño: que lo ayudara a comprender los sustantivos y los adverbios. Sin ser consciente de la gravedad de la enfermedad del niño, ella lo visitó, y se sorprendió por su estado de quemaduras y el dolor que sufría. Incómodamente, le presentó el tema. El niño hizo un enorme esfuerzo para permanecer atento. Cuando ella se fue, no sintió que hubiera logrado mucho. Para su sorpresa, una enfermera le preguntó al día siguiente: "¿Qué le hizo a ese niño?" Cuando la maestra comenzó a disculparse, la enfermera le explicó lo que había logrado con su visita. El estado del niño empezó a mejorar significativamente. Todo cambió a partir de una simple conclusión a la que llegó el niño: "No habrían enviado a una maestra a enseñarme los sustantivos y los adverbios si yo estuviera muriéndome, ¿verdad?".3

    El interés que Dios ha manifestado en nosotros puede transformar nuestra visión de la vida. Que la certeza de la herencia indescriptiblemente rica que él nos ha reservado dé forma a nuestra vida diaria, con el conocimiento de que él "nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina" (2 Ped. 1:4, NVI)


    1  Walter Brueggemann, The Land: Place as Gift, Promise, and Challenge in Biblical Faith (Minneapolis, MN: Fortress Press, 2002), pp. 45-50; Norman C. Habel, The Land Is Mine: Six Biblical Land Ideologies (Minneapolis, MN: Fortress Press, 1995), PP- 39-41-

    2  J. G. Millar, "Land", en New Dictionary of Biblical Theology, ed. T. Desmond Alexander y Brian S. Rosner (Downers Grove, IL: interVarsity Press, 2000), p. 627.

    3  Historia basada en Joyce Hollyday, "Nouns and Adverbs", Sojourners, marzo de 1986.