INTRODUCCIÓN

UNIENDO EL CIELO Y LA TIERRA

Piensa en el trabajo más exigente que hayas hecho. ¿Qué lo hizo difícil? ¿Fueron las expectativas, el tiempo asignado, o ambas cosas? ¿Fue tu actitud hacia la tarea? ¿O quizá fueron las personas con las que trabajabas? ¿O tal vez te parecía imposible tener éxito?

Piensa en el propósito del plan de salvación: **unir el Cielo y la Tierra**. ¿Suena imposible? Humanamente hablando, ciertamente lo es. Sin embargo, justo antes de ascender al Cielo, Jesús encomendó a los apóstoles una misión aparentemente imposible: “Vayan a todas las naciones, hagan discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado. Y yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:19, 20).

Jesús envió a Pablo a los gentiles para llevar a cabo esta tarea aparentemente imposible: “Para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe en mí, perdón de los pecados y herencia entre los santificados” (Hech. 26:18).

Muchas personas se desanimarían ante desafíos como ese. Sin embargo, no debemos pasar por alto las promesas que Jesús hizo en ambas ocasiones. Aseguró lo siguiente a los apóstoles: “Y yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:20). Y dijo a Pablo: “Me aparecí a ti para ponerte por ministro y testigo de lo que has visto de mí y de lo que te mostraré” (Hech. 26:16).

En resumen, Jesús nos encomienda tareas humanamente imposibles para que confiemos en él, no en nosotros mismos, para llevarlas a cabo. Nunca nos confía una misión sin darnos el poder para cumplirla. “A medida que la voluntad del hombre coopera con la voluntad de Dios, ella llega a ser omnipotente. Cualquier cosa que debe hacerse por orden suya puede llevarse a cabo por su fuerza. Todos sus mandatos son habilitaciones” (Elena de White, *Palabras de vida del gran Maestro* [Florida: ACES, 2011], p. 268).

Sorprendentemente, para cuando Pablo escribió a los colosenses, el evangelio había sido “predicado a toda criatura que está debajo del cielo” (Col. 1:23). Por supuesto, no todos lo aceptaron, pero si observamos cuidadosamente la misión que Jesús encomendó a los apóstoles (Mat. 28:18-20), y al apóstol Pablo, notaremos que nunca prometió que todos se harían discípulos o que todos se convertirían. El evangelio debe ser “**predicado en todo el mundo, por testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin**” (Mat. 24:14). ¿En qué consiste ese testimonio? ¿Cómo se llevará a cabo exactamente esa tarea? 3

Este trimestre estudiaremos las epístolas de Pablo a los **filipenses** y a los Colosenses** Tienen importantes similitudes. Ante todo, revelan a **Cristo, el único capaz de unir el Cielo y la Tierra**. Él es la escalera que Jacob vio extenderse entre la Tierra y el Cielo (Gén. 28:12; comparar con Juan 1:51). Como Hijo del hombre, e Hijo de Dios nos redime del pecado e intercede por nosotros.

Al estudiar estas cartas, veremos estos dos aspectos de Jesús. Consideraremos algunas de las más sublimes declaraciones bíblicas acerca de la **divinidad de Cristo** y de cómo entregó todo para salvarnos. Veremos a Pablo luchando desde la cárcel con los problemas de una iglesia que él mismo levantó (**Filipos**) y de otra que no había tenido la oportunidad de visitar (**Colosas**). Las conexiones que Pablo estableció en toda la “iglesia mundial” de la época le permitieron, incluso desde una prisión romana, responder a los desafíos. Sabía que le quedaba poco tiempo, e hizo todo lo posible para acercar a la iglesia al Cielo y a los cristianos entre sí.

Al hacerlo, nos muestra cómo la iglesia actual de Dios puede unirse con el Cielo para cumplir la comisión de Apocalipsis 14 para los últimos días: la predicación de “**los mensajes de los tres ángeles**”.