
“El que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Luc. 14:11)
Todos hemos conocido a personas sumamente orgullosas y convencidas de que nunca se equivocan. O tal vez conozcas a alguien que quiere tener el control, que nunca está abierto a la instrucción o a la crítica constructiva.
O alguien que parece estar constantemente en conflicto o que es un especialista en menospreciar a los demás. Podemos pensar inmediatamente en otros, pero la verdadera pregunta es: ¿Qué ocurre con cada uno de nosotros? Nos engañamos al señalar a los demás y al negarnos a reconocer el orgullo que existe en nuestra propia vida.
Todos hemos luchado alguna vez con el orgullo y nos hemos creído mejores que quienes nos rodean, al menos en algún aspecto. Alguien dijo en cierta ocasión que el orgullo surge del deseo de demostrar que somos valiosos. Sin embargo, ya deberíamos saber que lo somos, pues fuimos creados por Dios y porque Cristo murió por nosotros.
Esta semana exploraremos el impacto que el orgullo puede tener en nuestra relación con Dios y con los demás, y veremos qué enseña la Biblia acerca de la humildad en nuestras relaciones con los demás y, por supuesto, con Dios.
Lección 3 | Domingo 12 de abril
El orgullo comenzó con Lucifer, el querubín protector, quien estaba al servicio de Dios. No sabemos cuándo ni cómo surgió el orgullo en su corazón, pero sí sabemos que ese orgullo dio origen al gran conflicto cósmico entre el bien y el mal. Satanás es lo opuesto a Dios (compara Isa. 14:12-14 con Fil. 2:5-11).
Nuestro mundo ha luchado contra las consecuencias del pecado desde que Satanás sembró la duda en las mentes de Adán y Eva y luego los tentó a amar y confiar en ellos mismos por encima de Dios.
Lee 1 Juan 2:15 al 17. ¿Qué tres puntos principales enseña este pasaje acerca del orgullo y el amor al mundo?
¿Puede el orgullo ser positivo? Tal vez no en el contexto en que lo conocemos, aunque podemos utilizar la palabra positivamente; por ejemplo, cuando hablamos de los logros de una persona o en el contexto de una profunda satisfacción por algo que alguien ha hecho (“¡Estoy muy orgulloso de ti!”). Es importante entender que la búsqueda de la excelencia y del reconocimiento, así como el aprecio por los dones y las habilidades que Dios te ha concedido, no es necesariamente un orgullo malsano. Según las Escrituras, existe un tipo adecuado de amor propio (piensa en el mandato de Jesús en Mar. 12:31, donde se nos dice que debemos amar a los demás como a nosotros mismos), pero siempre se trata de un amor altruista. Las aspiraciones personales con miras al servicio a Dios y al prójimo tampoco deben considerarse como formas reprensibles de orgullo (ver 1 Tim. 3:1). El orgullo consiste en no tributar a Dios la gloria por lo que él hace en nuestra vida. Debemos tener cuidado de recordar que nuestras posesiones, habilidades y logros no determinan nuestro valor. En cambio, nuestro valor siempre proviene de Dios, pues todo lo que tenemos, incluso aquello que nos tienta a caer en el orgullo, proviene únicamente de él. Este es un punto que nunca debemos olvidar. ¿Hasta qué punto eres orgulloso? ¿Cómo puede tu orgullo afectar tu relación con Dios y con los demás?olo Jesús ha de ser exaltado. Cualquiera sea la habilidad o el éxito de alguno de nosotros, no es porque hayamos creado esas facultades nosotros mismos; son un depósito sagrado dado por Dios, para ser usadas sabiamente en su servicio para su gloria. Todo es un capital confiado por el Señor. ¿Por qué envanecernos, entonces? ¿Por qué habremos de llamar la atención hacia nuestro yo defectuoso? Todo lo que poseemos en talento y sabiduría lo recibimos de la Fuente de sabiduría, a fin de que podamos glorificar a Dios…
El orgullo del talento, el orgullo del intelecto, no pueden existir en el corazón que está oculto con Cristo en Dios… Humillémonos pues y adoremos a Jesús, pero nunca, nunca, nos exaltemos en lo mínimo… Si el motivo de toda nuestra vida es servir y honrar a Cristo y bendecir a la humanidad en el mundo, entonces el camino más sombrío del deber se convertirá en un camino resplandeciente, un camino trazado para que caminemos los redimidos del Señor (That I May Know Him, p. 176; parcialmente en A fin de conocerle, 19 de junio, p. 177).
Recuerden los que están en posiciones de responsabilidad que nos estamos acercando a los peligros de los últimos días. El Señor está pasando revista al mundo entero… Nadie deje que su guía sea un ser finito y propenso a errores. Dios es quien está detrás de los mortales, Uno de quien todos reciben la sabiduría y el conocimiento que los capacita para hacer el bien. Y Dios está dispuesto a ayudar a cada uno. El Señor no hace acepción de personas. Todos aquellos a quienes el Señor ha investido con ricos dones han de guardarse no sea que el orgullo y la autosuficiencia obtengan el control. La persona que ejerza mayor influencia, aquella a quien el pueblo esté dispuesto a seguir, necesita estar abierta a las oraciones y admoniciones de otros obreros. Oren para ser guardados del orgullo y de la exaltación propia (El Cristo triunfante, 31 de mayo, p. 160).
Lunes 13 de abri | Lección 3
Lee Lucas 18:9 al 14. ¿Qué piensas de estos dos hombres? ¿Qué pensó Jesús? ¿Qué lección importante hay aquí para todos nosotros?
Nos resulta muy sencillo exaltarnos a nosotros mismos. Dar a conocer a los demás nuestros logros y cuán buenos somos se convierte a veces en una segunda naturaleza. Pero esto no marca ninguna diferencia en nuestra reputación a los ojos del Cielo. De hecho, y contrariamente a lo que podríamos pensar, “el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Luc. 18:14). Jesús también nos aconseja que ocupemos el último lugar y dejemos que el anfitrión sea quien nos ensalce si así lo desea (Luc. 14:8-10). (Luc. 14:8-10).Cuando percibimos y reconocemos nuestro verdadero estado de pecaminosidad y nuestra desesperada necesidad de Cristo, podemos acercarnos a él con la certeza de que “si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de todo mal” (1 Juan 1:9).
Cuanto más nos acercamos a Cristo, más conscientes nos volvemos de nuestra pecaminosidad e indignidad. “Hay una sola forma en que podemos obtener un conocimiento verdadero de nosotros mismos. Debemos contemplar a Cristo. Ignorar su vida y su carácter induce a los hombres a exaltarse en su justicia propia” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 123).
¿Qué piensa Dios de los soberbios? El apóstol Pedro nos dice: “Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (1 Ped. 5:5). No puede ser más claro.
¿Cuándo fue la última vez que experimentaste la gracia de Dios en tu vida? En verdad, deberíamos experimentar esta gracia a diario. También deberíamos mostrar gracia o misericordia a los demás. Dedica algún tiempo a la oración ahora mismo, pidiendo a Dios que te humille bajo su poderosa mano y sea solamente él quien te exalte a su debido tiempo.
Ningún amor profundo por Jesús puede morar en el corazón de aquellos que no ven ni comprenden su propia pecaminosidad. El alma que es transformada por la gracia, admirará su carácter divino; pero si no vemos nuestra propia deformidad moral, es una evidencia inequívoca de que no hemos tenido una visión de la belleza y excelencia de Cristo. Cuanto menos cosas de estima veamos en nosotros mismos, tanto más veremos para apreciar en la infinita pureza y amor de nuestro Salvador. Una visión de nuestra propia pecaminosidad nos conduce hacia Aquel que puede perdonar…
Dios no trata con nosotros de la manera en que un hombre finito trata con otro. Sus pensamientos son pensamientos de misericordia, amor y tierna compasión… Él dice: “Yo deshice como a nube tus rebeliones…”. Isaías 44:22. Mire hacia arriba, Usted que está en dificultades, tentado y desanimado. Mire hacia arriba. Siempre es seguro mirar hacia arriba; mirar hacia abajo resulta fatal. Si Usted mira hacia abajo, la tierra vacila y se bambolea; debajo de Usted, ninguna cosa es segura. Pero el cielo, por encima de Usted, está en calma y firme, y hay ayuda divina para todo aquel que sube. La mano del Infinito se extiende desde las almenas del cielo para asir la suya en un fuerte apretón. El poderoso Ayudador está cerca para bendecir, levantar y animar a los que más yerran, a los más pecadores, si ellos quieren contemplarlo por fe. Pero el pecador debe contemplarlo (Nuestra elevada vocación, 21 de enero, p. 29).
“Dios… les dio la ley, con la promesa de grandes bendiciones siempre que obedecieran: ‘Ahora pues… si guardareis mi pacto… vosotros seréis mi reino de sacerdotes y gente santa’. Éxodo 19:5, 6. Los israelitas no percibían la pecaminosidad de su propio corazón, y no comprendían que sin Cristo les era imposible guardar la ley de Dios; y con excesiva premura concertaron su pacto con Dios… Declararon: ‘Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho y obedeceremos’ (Éxodo 24:7)… y sin embargo, apenas unas pocas semanas después, quebrantaron su pacto con Dios al postrarse a adorar una imagen fundida. No podían esperar el favor de Dios por medio de un pacto que ya habían roto; y entonces, viendo su pecaminosidad y su necesidad de perdón, llegaron a sentir la necesidad del Salvador revelado en el pacto de Abraham y simbolizado en los sacrificios (La fe por la cual vivo, 13 de marzo, p. 80).
Lección 3 | Martes 14 de abrilo
¿Qué dice Hebreos 11:24 al 26 acerca de por qué Moisés eligió un rumbo diferente y se humilló?
La humildad posterior de Moisés es notable en vista de cuán poderoso era y de su distinguido origen. Sin embargo, por un acto pecaminoso e impulsivo (Éxo. 2:12), perdió la confianza en sí mismo y su autosuficiencia. Con las montañas como las paredes de su aula y con su orgullo puesto a un lado, durante cuarenta años Moisés fue instruido por Dios acerca de lo que necesitaba saber para guiar a una nación fuera de la esclavitud y rumbo a la Tierra Prometida. El poder y las riquezas de lo que podría haber sido otra vida en Egipto perdieron su relativo brillo cuando Moisés consideró la eternidad. Dios lo había llamado, y Moisés lo siguió.Tal vez lo más significativo en relación con este tema es que “Moisés era un hombre muy manso, el más humilde de la tierra” (Núm. 12:3). Moisés, uno de los grandes patriarcas de la Biblia, es conocido por su humildad y mansedumbre.
Piensa en cuán diferentes habrían sido su vida y su liderazgo si el orgullo hubiera penetrado en cada uno de los grandes acontecimientos de su vida: la zarza ardiente, las plagas de Egipto, el cruce del Mar Rojo, la provisión celestial de maná, su comunicación directa con Dios, la recepción de los Diez Mandamientos y el hecho de escuchar las palabras de Dios después de que Moisés golpeó la roca.Reflexiona acerca de tu vida. Si alguien tuviera que describirte, ¿diría que eres “humilde” o “manso”? ¿Por qué sí o por qué no? La verdad es que no podemos ser humildes por nosotros mismos. Necesitamos tanto a Jesús porque el pecado forma parte de nuestra vida
Escucha o lee la letra del himno
“Prefiero a mi Cristo”
Moisés había aprendido muchas cosas que debía olvidar. Las influencias que le habían rodeado en Egipto, el amor a su madre adoptiva, su propia elevada posición como nieto del rey, el libertinaje que reinaba por doquiera, el refinamiento, la sutileza y el misticismo de una falsa religión, el esplendor del culto idólatra, la solemne grandeza de la arquitectura y de la escultura; todo esto había dejado una profunda impresión en su mente entonces en desarrollo, y hasta cierto punto había amoldado sus hábitos y su carácter. El tiempo, el cambio de ambiente y la comunión con Dios podían hacer desaparecer estas impresiones. Exigiría de parte de Moisés mismo casi una lucha a muerte renunciar al error y aceptar la verdad; pero Dios sería su ayudador cuando el conflicto fuese demasiado severo para sus fuerzas humanas…
Para recibir ayuda de Dios, el hombre debe reconocer su debilidad y deficiencia; debe esforzarse por realizar el gran cambio que ha de verificarse en él… Muchos no llegan a la posición que podrían ocupar porque esperan que Dios haga por ellos lo que él les ha dado poder para hacer por sí mismos…
Enclaustrado dentro de los baluartes que formaban las montañas, Moisés estaba solo con Dios. Los magníficos templos de Egipto ya no le impresionaban con su falsedad y superstición. En la solemne grandeza de las colinas sempiternas percibía la majestad del Altísimo, y por contraste, comprendía cuán impotentes e insignificantes eran los dioses de Egipto. Por doquiera veía escrito el nombre del Creador. Moisés parecía encontrarse ante su presencia, eclipsado por su poder. Allí fueron barridos su orgullo y su confianza propia. En la austera sencillez de su vida del desierto, desaparecieron los resultados de la comodidad y el lujo de Egipto. Moisés llegó a ser paciente, reverente y humilde, “muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números 12:3), y sin embargo, era fuerte en su fe en el poderoso Dios de Jacob (Conflicto y valor, 21 de marzo, p. 86).
Moisés estaba capacitado para destacarse entre los grandes de la tierra, para brillar en las cortes del reino más glorioso, y para empuñar el centro de su poder. Su grandeza intelectual lo distingue entre los grandes de todas las edades, y no tiene par como historiador, poeta, filósofo, general y legislador. Con el mundo a su alcance, tuvo fuerza moral para rehusar las halagüeñas perspectivas de riqueza, grandeza y fama…
Moisés había sido instruido tocante al galardón final que será dado a los humildes y obedientes siervos de Dios, y en comparación con el cual la ganancia mundanal se hundía en su propia insignificancia. El magnífico palacio de Faraón y el trono del monarca fueron ofrecidos a Moisés para seducirle; pero él sabía que los placeres pecaminosos que hacen a los hombres olvidarse de Dios imperaban en sus cortes señoriales. Vio más allá del esplendoroso palacio, más allá de la corona de un monarca, los altos honores que se otorgarán a los santos del Altísimo en un reino que no tendrá mancha de pecado. Vio por la fe una corona imperecedera que el Rey del cielo colocará en la frente del vencedor (Conflicto y valor, 16 de marzo, p. 81).
Miércoles 15 de abril | Lección 3
Entonces empiezas a preguntarte: ¿Quién es el más importante de los discípulos?
Lee Lucas 22:24 al 27 para considerar la respuesta de Jesús a la disputa de los discípulos sobre el significado de la verdadera grandeza. ¿Qué afirmación constituye el núcleo del mensaje de Jesús?
Después de todo el tiempo que habían pasado con Jesús, ese tipo de debate es lo último que alguien habría esperado.
En lugar de estar felices y agradecidos por su llamado, el orgullo se había apoderado de sus corazones y cada uno se creía superior a los demás. Es fácil permitir que tales pensamientos dominen nuestra mente. Pero se nos dice que: “No hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana, como el orgullo y la autosuficiencia. De todos los pecados, es el más desesperante, el más incurable” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 119).
Esto es algo muy serio. Nuestro orgullo es lo que más ofende a Dios, y es un rasgo de carácter difícil de superar porque a menudo no percibimos su gravedad.
En nuestro estado de suficiencia propia, decidimos no evaluarnos pues seguramente el orgullo ocupa en nuestra vida la posición de un monarca. Necesitamos detenernos, evaluarnos y pedir a Dios que abra nuestros ojos para que podamos percibir nuestra verdadera condición, ya que el orgullo puede ser el principal factor que nos impide tener una relación estrecha con Dios.
Si reconoces que solo Dios puede eliminar el orgullo y el egoísmo de tu vida, haz una pausa y eleva esta plegaria ahora mismo: “Señor, toma mi corazón; porque yo no puedo dártelo. Es tuyo. Mantenlo puro, porque yo no puedo mantenerlo por ti. Sálvame a pesar de mi yo, de mi yo débil y desemejante a Cristo. Modélame, fórmame, elévame a una atmósfera pura y santa, donde la rica corriente de tu amor pueda fluir a través de mi alma” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 124).
Santiago y Juan presentaron, por medio de su madre, una petición a Cristo para solicitar que les fuera permitido ocupar los más altos puestos de honor en el reino. A pesar de las repetidas instrucciones de Cristo concernientes a la naturaleza de su reino, estos jóvenes discípulos aún abrigaban la esperanza de un Mesías que ascendería a su trono con majestuoso poder, de acuerdo con los deseos de los hombres…
Pero el Salvador contestó: “No sabéis lo que pedís: ¿podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser bautizados del bautismo de que yo soy bautizado?” Sabiendo que sus palabras misteriosas señalaban pruebas y sufrimiento, con todo contestaron confiadamente: “Podemos”. Deseaban atribuirse el supremo honor de demostrar su lealtad compartiendo todo lo que estaba por sobrevenir a su Señor.
“A la verdad mi vaso beberéis, y del bautismo de que yo soy bautizado, seréis bautizados”, declaró Jesús… Santiago y Juan iban a ser partícipes con su Maestro en el sufrimiento —el uno destinado a una muerte prematura por la espada, el otro seguiría a su Maestro en trabajos, vituperio y persecución por más tiempo que todos los demás discípulos. “Mas el sentaros a mi mano derecha y a mi izquierda —continuó Jesús— no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está aparejado de mi Padre”…
En el reino de Dios no se obtiene un puesto por medio del favoritismo. No se gana ni es otorgado por medio de una gracia arbitraria. Es el resultado del carácter. La cruz y el trono son los símbolos de una condición alcanzada, los símbolos de la conquista propia por medio de la gracia de nuestro Señor Jesucristo…
Aquel que ocupe el lugar más cerca de Cristo, será el que haya bebido más profundamente de su espíritu de amor abnegado —amor que “no hace sinrazón, no se ensancha… no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal” —amor que induce al discípulo, así como indujo a nuestro Señor, a darlo todo, a vivir y trabajar y sacrificarse aun hasta la muerte para la salvación de la humanidad (Conflicto y valor, 4 de noviembre, p. 314).
Lección 3 | Jueves 16 de abri
Lee Filipenses 2:3 al 8. ¿Qué nos dice este texto acerca de cómo debemos vivir a la luz de la Cruz?
Jesús lo hizo y lo soportó todo. Cuando nos detenemos a reflexionar acerca de ello, percibimos inevitablemente nuestra impureza y nuestra extrema necesidad de él.Cuando lo contemplamos, todo lo demás, especialmente nosotros mismos y nuestra propia presunta grandeza, palidece hasta volverse completamente insignificante. Quién es Jesús, qué hizo y cuánto ama a su creación se convierte en la portada y el centro de todo. El orgullo seguramente desaparecerá cuando lo contemplemos a él.
Jesús. Cuán hermoso y poderoso nombre. Él es la personificación de la humildad. Cuando nuestros corazones se abren de par en par para aprender acerca de él, cuando entendemos lo que ha hecho por nosotros, y cuando permitimos que sus palabras de vida penetren en nuestra mente, nos damos cuenta de cuán orgullosos y miserables somos. Si sus propios discípulos, quienes vivieron con él y aprendieron de él, lucharon contra el orgullo, no podemos engañarnos pensando que somos diferentes. Solo podemos crecer en nuestra relación con Jesús cuando somos humildes.
Dedica tiempo ahora mismo a tu relación con Dios. Toma tu Biblia, un bolígrafo y una hoja de papel, y busca un lugar tranquilo, quizás al aire libre. Invita a Dios a que enternezca tu corazón y hable a tu mente. Escribe el Salmo 138, palabra por palabra. Mientras lo haces, ¿qué palabras llaman especialmente tu atención?
Cristo ha hecho toda provisión para que seamos fuertes. Nos ha dado su Espíritu Santo, cuyo oficio es recordarnos todas las promesas que Cristo ha hecho, para que tengamos paz y una dulce sensación de perdón. Si tan solo mantenemos los ojos fijos en el Salvador y confiamos en su poder, seremos llenados de una sensación de seguridad, pues la justicia de Cristo llegará a ser nuestra justicia…
Cuando las tentaciones os asalten, como ciertamente ocurrirá, cuando la preocupación y la perplejidad os rodeen, cuando, desanimados y angustiados, estéis a punto de entregaros a la desesperación, mirad, oh, mirad hacia donde visteis con el ojo de la fe por última vez la luz, y la oscuridad que os rodee se disipará a causa del brillo de su gloria. Cuando el pecado luche por enseñorearse de vuestra alma y abrume la conciencia, cuando la incredulidad nuble la mente, acudid al Salvador. Su gracia es suficiente para dominar el pecado. Él nos perdonará y nos hará gozosos en Dios.
Dios quiere que se expandan nuestras mentes… Hemos de ser uno con Cristo como él es uno con el Padre. Y el Padre nos amará como ama a su Hijo. Podemos tener la misma ayuda que tuvo Cristo, podemos tener fortaleza para cada emergencia, pues Dios será nuestra vanguardia y nuestra retaguardia. Nos protegerá por todos lados (La maravillosa gracia de Dios, 8 de septiembre, p. 259).
Dios ha hecho mucho para posibilitarnos la libertad en Cristo, para libertarnos de la esclavitud de los malos hábitos y de las malas inclinaciones. Queridos jóvenes amigos, ¿no os esforzaréis por ser libres en Cristo? Señaláis a este y a aquél cristiano profeso diciendo: “No tenemos confianza en ellos. Si sus vidas son ejemplos de cristianismo, no queremos nada de ellos”. No miréis a los que os rodean. Mirad, en vez de a ellos, a nuestro ejemplo perfecto, el hombre Cristo Jesús. Contemplándolo seréis cambiados a su imagen (Nuestra elevada vocación, 23 de enero, p. 31).
Viernes 17 de abril | Lección 3
“Antes del honor está la humildad. Para ocupar un lugar elevado ante los hombres, el Cielo elige al obrero que, como Juan el Bautista, asume un lugar humilde delante de Dios. El discípulo que más se asemeja a un niño es el más eficiente en la labor para Dios. Los seres celestiales pueden cooperar con aquel que no trata de ensalzarse a sí mismo sino de salvar almas. [...]
“Pero, cuando los hombres se ensalzan a sí mismos, y se consideran necesarios para el éxito del gran plan de Dios, el Señor los desecha. [...] La sencillez, el olvido de sí mismo y el amor confiado del niñito son los atributos que el Cielo aprecia. Son las características de la verdadera grandeza. [...]
“El alma sincera y contrita es preciosa a la vista de Dios. Él pone su señal sobre los hombres, no según su jerarquía ni su riqueza, ni por su grandeza intelectual, sino por su unidad con Cristo” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 403, 404).
1. ¿Qué ideas adicionales contienen los siguientes pasajes acerca del orgullo y la humildad? Mateo 23:12; Mateo 23:12;
12 porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Salmo 25:9; Salmo 25:9;
9 Encaminará a los humildes en la justicia y enseñará a los mansos su carrera. Salmo 149:4; Salmo 149:4;
4 porque Jehová tiene contentamiento en su pueblo; hermoseará a los humildes con la salvación. Santiago 4:6 y 10. Santiago 4:6 y 10.
6 Pero él da mayor gracia. Por esto dice: «Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.»
10 Humillaos delante del Señor y él os exaltará.
2. ¿Cuándo fue la última vez que te ensalzaste a ti mismo? ¿Cómo afectó eso tu relación con Dios o con aquellos ante quienes lo hiciste?
3. ¿Qué cambios necesitas hacer en tu vida para humillarte ante Dios y fortalecer tu relación con él?RESUMEN:
El orgullo puede ser uno de los mayores obstáculos para crecer en una relación con Dios. Si nos sentimos autosuficientes y no somos conscientes de nuestra necesidad de esta relación, simplemente no la buscaremos. En contraste, Jesús fue el Hombre más humilde y el ejemplo perfecto de cómo disfrutar de una relación estrecha con Dios
El pecado tuvo su origen en el egoísmo. Lucifer, el querubín protector, deseó ser el primero en el cielo. Trató de dominar a los seres celestiales, apartándolos de su Creador, y granjearse para sí su homenaje. Para ello, representó falsamente a Dios, atribuyéndole el deseo de ensalzarse. Trató de investir al amante Creador con sus propias malas características. C
uando quiera que se entreguen al orgullo y la ambición, su vida se mancilla; porque el orgulloso, ni sintiendo necesidad alguna, cierra su corazón a las bendiciones infinitas del cielo.
Si Lucifer hubiese deseado realmente ser como el Altísimo, nunca habría abandonado el puesto que le había sido señalado en el cielo; porque el espíritu del Altísimo se manifiesta en un ministerio abnegado. Lucifer deseaba el poder de Dios, pero no su carácter. Buscaba para sí el lugar más alto, y todo ser impulsado por su espíritu hará lo mismo.
El orgullo es un temible rasgo de carácter. ‘Antes del quebrantamiento es la soberbia’. Esto es verdad en la familia, en la iglesia y en la nación (La fe por la cual vivo, 3 de marzo, p. 70).
La dulce voz de la misericordia llega hoy a vuestros oídos. Hoy estáis recibiendo la invitación celestial. Hoy todo en el cielo dice: Venid. Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven.
Venid, porque todo está listo ahora. Todo el que quiera, que venga y beba del agua de la vida de balde. Ahora necesitamos sencillez infantil. Necesitamos que todo lo semejante al orgullo, la vanidad y la insensatez desaparezca. Estamos frente al juicio. Los hombres y las mujeres necesitarán apoyarse en una fortaleza superior a toda ayuda humana. Deben afirmarse del brazo poderoso de Jehová. Estamos frente al día cuando las obras de los hombres serán probadas; y deseamos que vosotros estéis listos. Os instamos en el nombre del Maestro a prepararos. Os llamamos para que os apartéis del orgullo del mundo, la soberbia, la vanidad y la insensatez de la vida. Jesús os ama. Jesús tiene compasión de vosotros. Se ha enviado a la hueste angélica para que os ayude. Y ahora, cuando todo el cielo está interesado en vosotros, ¿no os interesaréis en vosotros mismos?
Algunos temen confiar plenamente en la Palabra del Señor como si eso fuera presunción. Oran para que el Señor les enseñe y temen aferrarse a la palabra de la promesa de Dios y creer que han sido enseñados por él. Mientras comparezcamos ante nuestro Padre celestial con humildad y con un espíritu capaz de recibir enseñanza, dispuestos y ansiosos de aprender, ¿por qué habríamos de dudar del cumplimiento de la propia promesa de Dios?… Cuando usted busque descubrir sus designios, su parte en esta relación con Dios consiste en creer que será guiado y bendecido al hacer su voluntad… Es Cristo quien guía hoy a su pueblo, mostrándole dónde y cómo trabajar (Sons and Daughters of God, p. 67; parcialmente en Hijos e hijas de Dios, 1o de marzo, p. 69).