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  • COMPLEMENTARIO - CAPÍTULO 8

    EN LOS SALMOS: PRIMERA PARTE

    No es raro que, como pecadores, los seres humanos experimentemos un poco de disonancia cognitiva cuando nos acercamos a lo que dice la Biblia. El Salmo 122, por ejemplo, habla de acercarnos con alegría al lugar donde "están las sillas del juicio" (versículo 5). ¿Cómo podemos relacionar alegría con juicio?

    La mera noción del juicio aterrorizaba a Martín Lutero. Aunque se había unido a una orden monástica y había dedicado su vida a la iglesia, seguía albergando dudas sobre su dignidad. Sabía, como todos los pecadores, que, si tuviera que enfrentar el juicio de Dios en cualquier momento, no pasaría la prueba de pureza. A veces, los pecadores pecan de valientes al pensar que nadie les pedirá cuentas, pero cuando se enfrentan a la posibilidad de morir en cuestión de horas o minutos, les entra el pánico, porque hay algo en el corazón humano que nos asegura que no podemos presentarnos ante el trono de un Dios santo en nuestra condición actual. Lutero, un hombre al que difícilmente alguien podría calificar de "el peor de los pecadores" (como se autodenominaba Pablo), tenía una enorme lucha interna. En un momento dado, mientras dirigía la misa, al pronunciar las palabras rituales (como se suponía que debía hacerlo): "Te ofrecemos este sacrificio de alabanza a ti, eterno Dios, vivo y verdadero", una sensación de pánico lo invadió repentinamente:

    Al llegar a estas palabras me quedé consternado y transido de terror. Pensé para mí: ¿Con qué lengua me dirigiré a tal Majestad, viendo que todos los hombres tiemblan aun en presencia de un príncipe terreno? ¿Quién soy yo, para elevar mis ojos a la divina Majestad? Los ángeles lo rodean. A una señal suya tiembla la tierra. ¿Y yo, un miserable insignificante pigmeo, he de decir: "Necesito esto, pido aquello"? Porque soy polvo y ceniza y estoy lleno de pecado, y estoy hablando al Dios vivo, eterno y verdadero.1

    También escribió:

    Yo era un monje piadoso'y'guardaba la regla de mi orden tan estrictamente que puedo decir que, si alguna vez un monje hubiera alcanzado el cielo por su monasticismo, ese habría sido yo. Todos mis hermanos del convento que me conocieron podrían dar testimonio de ello, pues si hubiera continuado más tiempo, me hubiera matado con mis vigilas, oraciones, lecturas y otros trabajos.2

    "AY DE MÍ"

    Lutero frecuentaba el confesionario con la esperanza de que las horas que pasaba allí (¡hasta seis horas al día!) alivien su sentimiento de culpa. No fue así. En un momento dado, cuando Lutero estaba prácticamente inventando pecados que confesar en un intento desesperado por conseguir una conciencia limpia, su confesor se cansó y le dijo: "Mira, [...] si esperas que Cristo te perdone, ven con algo que perdonar —parricidio, blasfemia, adulterio— en vez de todos esos pecadillos".3

    Era entendible la frustración del confesor. Su opinión sobre el pecado, sin embargo, no lo era. Los seres humanos clasifican los pecados en ofensas mayores y menores, y hay algo de cierto en la idea de que algunos pecados son peores que otros, pero la realidad es que la paga del pecado es la muerte. Todos los pecados. Cualquier desviación de la voluntad de Dios. En el momento en que nos salimos del propósito por el que fuimos creados: servir como imagen de Dios y tributo a su bondad, nos hemos ganado la paga del pecado. Lutero tenía razón: el pecador sin ayuda tiene mucho por lo cual desvelarse. Con el tiempo, Lutero llegó a la conclusión de que el pecado era algo más que una simple lista de faltas; era un defecto fundamental de la naturaleza humana, una corrupción que se había introducido en lo más profundo de lo que somos. Continuó castigándose a sí mismo, ayunando durante días, negándose el sueño e incluso azotándose la espalda. Nada podía traerle la paz.

    Pero Lutero no fue el único. Incluso los santos profetas temblaron al ver el trono de Dios: "¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios impuros y mis ojos han visto al Rey, al Señor de los Ejércitos" (Isa. 6:5, NVI).

    Por desgracia, esto es lo más lejos que llegan algunas personas al contemplar el trono de Dios. Es verdad: el pecado es mucho más terrible de lo que podemos concebir; nuestros pecados, después de todo, condujeron al horrible asesinato del Hijo único de Dios. La cruz del Calvario pone nuestra condición caída en una penosa perspectiva cósmica: podemos reírnos del pecado, pero podemos estar seguros de que el día en que Jesús exclamó y exhaló su último suspiro, nadie en el cielo se reía.

    No es de extrañar que algunos de los que abordan Apocalipsis 14 piensen que la multitud de Sión deben ser otras personas. Nos cuesta creer que tengamos un lugar en un sitio tan sagrado. Pero el libro de los Salmos explica claramente que no tenemos lo que se necesita para estar allí. Al menos no por nuestros propios medios.

    El Salmo 15 plantea la pregunta: "¿Quién habitará en tu Tabernáculo?, ¿quién morará en tu monte santo?". ¿La respuesta? "El que anda en integridad y hace justicia" (vers. 1, 2). Seamos honestos: ¿cuánto de lo que hicimos la semana pasada, o en las últimas 24 horas, se consideraría "justo" según los parámetros del cielo? Es posible que otras personas nos aplaudan, pero ¿lo aplaudiría el cielo? Las condiciones de admisión son muy estrictas: no calumniar con la lengua (vers. 3), no hacerle daño a nadie, ser ciento por ciento fieles a las promesas que hemos hecho (a todas, ¡aunque cueste!), y no cometer nunca ningún tipo de deshonestidad financiera.

    El Salmo 24 establece aún más condiciones: manos limpias y un corazón puro. Es fácil aparentar ser puros en la iglesia, pero en las silenciosas horas de la noche, cuando solo estamos nosotros y el Espíritu Santo, ¿qué parte de nuestra vida podría considerarse pura? No en su tnayor parte buena, sino pura. No hay nadie en la colina dé Dios que haya adorado ídolos, y aunque no tengamos estatuillas de deidades paganas ante las que nos inclinamos, ciertamente hay muchas cosas que veneramos más que a Dios en este mundo. Tal vez no con nuestros labios, pero ciertamente con nuestras acciones, nuestras prioridades y nuestras decisiones presupuestarias.

    Hay que decirlo: ni Gandhi y la Madre Teresa pasarían la prueba. "No hay quien haga lo bueno —nos recuerda el salmista—, no hay ni siquiera uno" (Sal. 14:3). "El malo no habitará junto a ti", se nos recuerda en el Salmo 5:4.

    ¿QUIÉN ES DIGNO?

    ¿Cómo es posible entonces que en el monte santo de Apocalipsis 14 encontremos seres humanos pecadores? En el Salmo 24, que continúa después de enumerar las condiciones de admisión, encontramos una pista importante:

    Eleven, puertas, sus dinteles; levántense, puertas antiguas, que va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor, el fuerte y valiente, el Señor, el valiente en la batalla. Eleven, puertas, sus dinteles; levántense, puertas antiguas, que va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es este Rey de la gloria? Es el Señor de los Ejércitos; ¡él es el Rey de la gloria! (Sal. 24:7-10, NVI).

    Elena de White relaciona este fragmento del salmo con el momento en que Cristo regresó al cielo, triunfante sobre el sepulcro.29 En Apocalipsis 5, somos testigos de su llegada. Juan llora, al igual que Isaías y Lutero lloraron por su indignidad, porque el cielo no encuentra a nadie digno de abrir los sellos del rollo. "No llores —le dice uno de los ancianos—, porque el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos" (vers. 5). ¿La raíz de David? David fue quien escribió el Salmo 24. ¿Será posible que él de hecho haya visto este momento en la sala del trono del cielo, en el que su descendiente mesiánico llegaría para presentarse como el sacrificio exitoso por nuestro pecado? Juan se volvió para ver al León, pero en su lugar encontró a un Cordero que había sido inmolado. El Cordero tomó el rollo y comenzó a abrir los sellos, y al hacerlo, los acontecimientos del capítulo 6 comienzan a desarrollarse: la obra de la iglesia en la tierra se pone en marcha.

    ¿Qué éxito tendría esa obra? Sin duda la iglesia tiene muchos defectos. De hecho, una buena parte del Nuevo Testamento estaba dirigida a iglesias descarriadas cuyo comportamiento era lamentable. Pero avanzando a través de los siglos hasta el momento en que el último movimiento remanente de Dios terminaría la obra, encontramos a ese mismo Cordero en el Monte Sión con un pueblo que tiene el Nombre del Padre escrito en sus frentes.

    ¿Quién puede estarfen el monte santo de Dios? Jesús. Seamos honestos, si hablamos de personas dignas, él es el único de la lista. Solo hay un ser humano que cualifica, un ser humano que ha vivido a la altura de la santidad de Dios, y ese es Dios mismo en carne humana. Él fue el que nos creó primeramente (Juan 1:3; Col. 1:15-18; Heb. 1:2, ro), el Creador. El Creador no creado se convirtió en uno de los suyos y vivió por nosotros.

    JESÚS ES DIGNO

    Volvamos al Salmo 24. ¿Quién es el que vuelve al cielo victorioso? El Rey de gloria, el Señor fuerte y poderoso. Cada vez que encontramos (en las traducciones al español de la Biblia) la palabra "Señor" en mayúsculas, en el original dice YHWH, el Dios eterno. Es Aquel que llamó a Moisés desde la zarza ardiente y le dijo que su pueblo sería liberado de la esclavitud y lo adoraría en una montaña (Éxo. 3:7-14.) Es el Dios que llamó a Abraham en una montaña (el mismo lugar donde más tarde moriría en la tierra de Moriah) para que detuviera su cuchillo y aceptara un sustituto en su lugar (Gén. 22:10-14). Fue Cristo el que condujo a su pueblo a la libertad en una nube (1 Cor. ro:i-4).

    Desde el momento en que pecamos, él no nos ha abandonado ni una sola vez. Él sabe, muy, bien que no podemos llegar a la montaña de Dios por ñüestra propia cuenta, y por eso nos lleva allí por sus méritos.

    ¿Por qué el juicio es una buena noticia? Porque el juicio favorece al Hijo de Dios y nosotros estamos con él:

    Miraba yo en la visión de la noche, y vi que con las nubes del cielo venía uno como un Hijo de hombre; vino hasta el Anciano de días, y lo hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará; y su reino es uno que nunca será destruido (Dan. 7:13,14).

    Lutero finalmente se topó con la respuesta: el justo vivirá por la fe. ¿Qué tipo de fe? La fe en que Cristo es suficiente y en que podemos confiar en él para volver a casa. Mientras tanto, él nos encarga que llamemos al resto de nuestra familia, la familia de los seres humanos caídos que necesitan imperiosamente a su Creador en este momento.


    1  Roland H. Bainton, Lutero (CUPSA, 1989), P- 40.

    2 17 Ibid., p. 45.

    3 18 Ibid., p. 55-

    Elena de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 772,773.


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