Isaías, uno de los principales profetas del Antiguo Testamento, recibió su llamado al ministerio profético directamente de Dios (ver Isa. 6:1-8). Abrumado por la santidad y la majestad divinas, el profeta se dio cuenta de su indignidad. En ese momento, un serafín voló hacia Isaías con un carbón encendido tomado del altar celestial y Dios perdonó sus pecados. Entonces, Dios preguntó: «¿A quién enviaré? ¿Quién irá de nuestra parte?». La respuesta de Isaías debería ser la nuestra: «Aquí estoy, envíame a mí» (Isa. 6:8).
El llamado de Isaías llegó en un momento crucial de la historia de Israel. A pesar de sus propios defectos, la tarea de advertir a Israel y a sus líderes de sus pecados era muy importante. Las profecías de Isaías son pasajes clave de las Escrituras, pues revelan una profunda comprensión de la naturaleza divina y de la humana, y del plan de salvación que se está desarrollando. De hecho, la profecía más poderosa que describe no solo la muerte de Jesús, sino también lo que esa muerte significó para el mundo, se encuentra en el famoso capítulo 53 de Isaías.
Lee Isaías 53. ¿De qué manera esta asombrosa profecía, escrita más de medio milenio antes de la cruz, reveló tan poderosamente la muerte de Cristo por nosotros? ¿Qué nos enseña esta profecía acerca del don profético?
Las profecías de Isaías predijeron el propósito y la misión del Mesías (Isa. 53:3-5). Explicaban por qué Cristo fue «como cordero […] llevado al matadero» (Isa. 53:7) y cómo su sacrificio expiatorio salva del pecado. El aspecto sustitutivo de la muerte de Cristo es descrito allí de manera muy explícita, mostrando el fundamento de la expiación realizada en favor de toda la humanidad.
«Todos nos descarriamos como ovejas, cada cual se desvió por su camino. Pero el Señor cargó sobre él el pecado de todos nosotros» (Isa. 53:6). Aquí se describe la naturaleza universal del pecado y la naturaleza universal de la cruz, que es la solución al pecado. Este capítulo, quizá más que ningún otro en el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, muestra el plan de salvación en términos sumamente claros e inequívocos.
Sin embargo, el ministerio profético de Isaías no fue fácil. La gente consideraba absurdas sus terribles predicciones acerca de su destrucción, al igual que muchos hoy cuando se les advierte acerca de las consecuencias del pecado (Rom. 6:23). La voz profética de Isaías para su época y la nuestra es clara (ver Isa. 2:4; 5:20). Fue la negativa de la nación a practicar la justicia y la reforma lo que llevó a la destrucción de Jerusalén. El mismo pecado marcará la destrucción de los habitantes malvados de la tierra cuando Cristo regrese.
Lee nuevamente Isaías 53 y anota todo lo que Jesús hace por nosotros según esos versículos. ¿Qué gran esperanza significa para ti lo que el profeta reveló acerca de la muerte de Cristo por nosotros?