Lee 1 Samuel 8:4-22 y Levítico 8:10-13. ¿Cómo actuaban los profetas en relación con los reyes y los sacerdotes?
Los profetas interactuaban con los reyes tanto en situaciones agradables como desagradables. Cuando Israel exigió un monarca (1 Sam. 8:4-22), dijeron que querían «un rey que nos gobierne, como todas las naciones» (1 Sam. 8:5).
¡Cuán triste y poderoso ejemplo del peligro al que se ha enfrentado el pueblo de Dios en todas las épocas: el deseo de ser como quienes los rodean! En este caso, no tenían idea de lo que esta petición acarrearía, a pesar de que Dios les había advertido de ello (1 Sam. 8:11-18) por medio de su profeta. Basándose en esos deseos, y a pesar de su advertencia, Samuel pronto ungió a Saúl, el primer rey de Israel.
Los dos libros de Reyes y de Crónicas registran el tipo y la calidad del gobierno de los reyes de Israel y Judá. La historia sagrada muestra que los reyes que hicieron el mal superaron en número a los que hicieron el bien a los ojos de Dios. Una de las funciones principales de los profetas era ayudar a los reyes infieles a retornar a la obediencia de la ley de Dios. Como resultado, esos voceros del Señor se enfrentaron a amenazas, y algunos incluso fueron heridos y asesinados por reyes que alejaron de Dios a su pueblo (1 Rey. 18:4-19; 2 Crón. 24:20-22).
Los profetas también interactuaban con los sacerdotes. Moisés, profeta de Dios, ungió a Aarón y a sus hijos, los primeros sacerdotes israelitas (Lev. 8:10-13). Hubo ocasiones en que los sacerdotes recibieron palabras de reprensión de Dios por medio de los profetas (Ose. 6:9; Mal. 2:1-3). Un ejemplo llamativo de esto es toda la familia de Elí, que fue confrontada por sus prácticas corruptas (1 Sam. 2:27-36). Estas fueron reprimendas muy severas contra la corrupción rampante de quienes gozaban de privilegios especiales.
Además, los profetas eran maestros del pueblo (2 Crón. 34). Como tales, presentaban mensajes de Dios a los sacerdotes, a los reyes y a la nación (Jer. 5:31; Eze. 22:26). Los profetas también comunicaban a las naciones vecinas el plan de Dios para ellas, un tema que se repite varias veces en los mensajes proféticos del Antiguo Testamento (Isa. 60:1-3; 62:1-2). Se esperaba que los profetas no solo comunicaran fielmente los mensajes que Dios les confiaba, sino que a veces debían ponerlos por escrito y conservarlos (2 Crón. 13:22). Como se dijo anteriormente, por muy humanos e imperfectos que fueran, eran hombres y mujeres de oración, fieles a la Palabra, y servidores de Dios y de su pueblo (Jer. 42:4; 2 Rey. 22:15-17).