Jueves 11 de diciembre - lección 11
Resolución de conflictos
Lee Josué 22: 30-34. ¿De qué manera nos da este incidente algunas ideas acerca de cómo resolver conflictos y garantizar la unidad de la iglesia? (Comparar con Sal. 133; Juan 17: 20-23; 1 Ped. 3: 8, 9).
La historia de Josué 22 contiene varios principios acerca de la comunicación provechosa que pueden aplicarse a las relaciones humanas cotidianas en la familia, la iglesia y la comunidad.
Cuando las cosas van mal, o parecen ir mal, lo mejor es **comunicarse** en lugar de reprimir nuestras observaciones hasta que exploten. Es bueno que el pueblo de Dios no permanezca indiferente cuando los problemas parecen surgir. Si las tribus del este del Jordán hubieran comunicado su intención de construir un altar conmemorativo, todo el asunto podría haberse evitado.
Aunque uno esté convencido de que está en lo cierto, no hay que extraer **conclusiones precipitadas**. Las tribus del oeste del Jordán se apresuraron a creer el rumor que llegó a sus oídos y concluyeron erróneamente que las tribus del este del Jordán Oriental habían apostatado.
A partir de este incidente, podemos extraer los siguientes principios clave para la resolución de conflictos:
- **Diálogo antes de actuar:** Es necesario hablar de los problemas reales o percibidos antes de actuar según las propias conclusiones.
- **Sacrificio por la unidad:** Se debe estar dispuesto a hacer un sacrificio para lograr la unidad. Las tribus del oeste del Jordán estaban dispuestas a ceder parte de su territorio.
- **Respuesta amable:** Cuando te acusen, ya sea falsa o justamente, da una respuesta amable que aleje la ira. Responder a una acusación con otra nunca conducirá a la paz. Intenta comprender antes de intentar ser comprendido.
- **Alegría genuina:** Alégrate y bendice a Dios cuando se restablezca la paz. Es maravilloso ver que la congregación israelita principal experimentó una alegría genuina cuando se enteraron de la verdadera motivación de las dos tribus y media.
- **Prioridad de la Verdad:** La unidad nunca puede ser un argumento para diluir la verdad o renunciar a los principios bíblicos. Sin embargo, la disciplina eclesiástica debe ser siempre el último recurso, no el primero, después de que hayan fracasado los intentos de reconciliación y asistencia pastoral basados en la Palabra de Dios.
¡Cuán diferentes serían nuestras iglesias si estos sencillos principios fueran aplicados sistemáticamente!
Comentarios Elena G. W
¿En dónde están aquellos que no escatiman o miden su amante labor por su Maestro? ¿Quiénes son los que están luchando por apaciguar toda disensión en la iglesia, siendo pacificadores en el nombre de Cristo? ¿Quiénes son los que están buscando contestar la oración de Jesús, “Para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti. Que también ellos sean uno en nosotros. … Yo en ellos, y tú en mí. Que lleguen a ser perfectamente unidos, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los amaste a ellos, así como me amaste a mí?” ¿Puede nuestro Señor hablar estas palabras tan amables, tan llenas de significado, acerca de las iglesias en su presente estado de amor enfermizo, de disensión y pruebas triviales, iglesias que llaman a los ministros de su trabajo importante para venir a arreglar sus pequeñas dificultades creadas por ellos mismos, mostrando así que no tienen una conexión con Dios? No. Los miembros de la iglesia deben llegar a la unidad; y para poder hacer esto, deben tener **menos del yo y más de Jesús**. Deben aprender de Cristo. Deben ser mansos y humildes de corazón. Su orgullo y egoísmo deben morir. Entonces sus montañas de dificultades serán reducidas a un grano de arena.
Nunca ponga en tela de juicio los motivos de sus hermanos; pues como usted los juzgue, Dios ha declarado que usted será juzgado. Abra su corazón a la bondad, a los alegres rayos del Sol de Justicia. Fomente pensamientos bondadosos y santas afecciones. Cultive el hábito de hablar bien de su prójimo. No permita que el orgullo o la justicia propia le evite hacer una **confesión franca y completa de sus malos actos**. Si no ama a aquellos por los cuales Cristo murió, no tiene un amor genuino por Cristo, y su adoración será como una ofrenda manchada ante Dios. Si atesora pensamientos indignos, juzgando mal a sus hermanos y sospechando mal de ellos, Dios no escuchará sus oraciones llenas de suficiencia y exaltación propias. Cuando acude a aquellos que usted piensa que están actuando mal, debe tener un espíritu de mansedumbre, de bondad, y estar lleno de misericordia y buenos frutos. No muestre parcialidad a una persona, y descuide a otros de sus hermanos porque no congenian con usted. Tenga cuidado de no tratar bruscamente a quienes usted piensa que han cometido errores, mientras que a otros, más culpables y merecedores de más reprensión, que deberían ser severamente censurados por su conducta anticristiana, los apoye y los trate como amigos.
(El ministerio pastoral, pp. 305, 306).
