SORPRENDIDOS POR LA GRACIA

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Lee Josué 2:12-21 y Éxodo 12:13, 22, 23. ¿Cómo nos ayuda este texto de Éxodo a entender el acuerdo entre los espías y Rahab?
El trato de Rahab es muy claro: vida por vida y bondad a cambio de bondad. La palabra **hesed** (Jos. 2:12), traducida en distintas versiones bíblicas como “compasión”, “bondad”, “misericordia”, etc., tiene una riqueza de significado difícil de expresar con una sola palabra en otros idiomas, ya que se refiere principalmente a la lealtad al pacto junto con la noción de fidelidad, misericordia, benevolencia y bondad.
Las palabras de Rahab también evocan a Deuteronomio 7:12, donde Dios mismo juró dispensar su **hesed** a Israel: “Entonces, por haber oído estos preceptos, y haberlos guardado y puesto por obra, el Señor tu Dios guardará contigo su pacto y su constante amor [**hesed**], que con juramento prometió a tus padres”.
Curiosamente, el mismo capítulo (Deut. 7) prescribe la prohibición (herem) divina de hacer pactos o alianzas con los cananeos. Aquí está Rahab, una cananea que está incluida en dicha prohibición pero reclama, por su fe naciente, las promesas que fueron dadas a los israelitas. Como resultado, es librada de la destrucción.
La primera imagen que inevitablemente viene a la mente en relación con el diálogo entre los espías y Rahab es la Pascua en vísperas del Éxodo. En esa ocasión, para que los israelitas estuvieran protegidos, debían permanecer dentro de sus casas y marcar los postes y dinteles con la sangre del cordero sacrificado.
“Y la sangre será la señal de las casas donde ustedes estén. Al ver la sangre, pasaré de largo, y no habrá entre ustedes mortandad cuando yo hiera la tierra de Egipto” (Éxo. 12:13; ver también Éxo. 12:22, 23).
“Mediante su obediencia, el pueblo debía evidenciar su fe. Asimismo, todos los que esperan ser salvos por los méritos de la sangre de Cristo deben comprender que ellos mismos tienen algo que hacer para asegurar su salvación. Si bien solo Cristo puede redimirnos de la pena de la transgresión, nosotros debemos volvernos del pecado a la obediencia. El hombre ha de salvarse por la fe, no por las obras; sin embargo, su fe debe mostrarse por sus obras” (Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 283).
En el caso de la Pascua, la sangre fue una señal que salvó a los hebreos del ángel destructor de Dios. Así como Dios perdonó la vida de los israelitas durante la última plaga en Egipto, ellos debían resguardar la vida de Rahab y de su familia cuando la destrucción llegara a Jericó.
¿Qué poderoso mensaje podemos encontrar en estas dos historias? ¿Qué lecciones relacionadas con el evangelio podemos extraer de ellas?
Era una manera singular de ir a la batalla contra el ejército enemigo: alabando al Señor con cánticos y exaltando al Dios de Israel. Este era su cántico de batalla. Poseían la belleza de la santidad. Si ahora se alabara más a Dios, la esperanza, el valor y la fe crecerían constantemente. ¿Y no fortalecería esto las manos de los valientes soldados que hoy defienden la verdad?
Alabaron a Dios por la victoria, y cuatro días después el ejército regresó a Jerusalén, cargado con el botín de sus enemigos, cantando alabanzas por la victoria obtenida.
Cuando tengamos una apreciación más profunda de la misericordia y la bondad amorosa de Dios, lo alabaremos en lugar de quejarnos. Hablaremos del amoroso cuidado del Señor, de la tierna compasión del Buen Pastor. El lenguaje del corazón no será murmuración egoísta ni queja. La alabanza, como un arroyo claro y fluido, brotará de los verdaderos creyentes de Dios... ¿Por qué no despertar la voz del cántico espiritual en los días de nuestra peregrinación? Necesitamos estudiar la Palabra de Dios, meditar y orar. Entonces tendremos visión espiritual para discernir los atrios interiores del templo celestial. Captaremos las notas de acción de gracias que canta el coro celestial alrededor del trono. Cuando Sión se levante y brille, su luz será penetrante, y se oirán cánticos de alabanza y acción de gracias en la asamblea de los santos. Las pequeñas decepciones y dificultades se perderán de vista.
El Señor es nuestro ayudador... Nadie ha confiado en Dios en vano. Él nunca decepciona a quienes confían en él. Si tan solo hiciéramos la obra que el Señor quiere que hagamos, siguiendo los pasos de Jesús, nuestros corazones se convertirían en arpas sagradas, cada una de las cuales emitiría alabanza y acción de gracias al Enviado por Dios para quitar el pecado del mundo. —Conflicto y Valor, pág. 218.
Con la fe confiada de un niño pequeño, debemos acudir a nuestro Padre celestial y contarle todas nuestras necesidades. Él siempre está dispuesto a perdonar y ayudar. La sabiduría divina es inagotable, y el Señor nos anima a aprovecharla al máximo. El anhelo que debemos tener por las bendiciones espirituales se describe en las palabras: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía”. Necesitamos un anhelo más profundo por los ricos dones que el cielo nos concede.
Debemos tener hambre y sed de justicia.
¡Oh, que tengamos un deseo ardiente de conocer a Dios mediante un conocimiento experimental, de entrar en la sala de audiencias del Altísimo, extendiendo la mano de la fe y depositando nuestras almas desamparadas en el Poderoso para salvar! Su amorosa bondad es mejor que la vida. —Nuestro Padre se Preocupa, pág. 23.
Juan 8:54-58 |
1 Corintios 1:26-2926 Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; 27 sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; 28 y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, 29 a fin de que nadie se jacte en su presencia. |