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Lee Éxodo 3: 8; Levítico 20: 22; 25: 23; Números 13: 27; Deuteronomio 4: 1, 25, 26; 6: 3; Salmo 24: 1 . ¿Qué relación especial existía entre Dios, Israel y la Tierra Prometida?
En un nivel muy básico, la tierra ofrece identidad física a una nación. Al ubicar la nación, también determina su ocupación y estilo de vida. Los esclavos no tenían raíces ni lugar propio. Eran otros los que disfrutaban de los resultados de su trabajo. Tener tierra era sinónimo de libertad. La identidad del pueblo elegido estaba íntimamente relacionada con su permanencia en la tierra.
Había una relación especial entre Dios, Israel y la tierra. Israel recibió de Dios la tierra como un don, no como un derecho inalienable. El pueblo elegido podía poseer la tierra siempre que mantuviera una relación de pacto con el Señor y respetara los preceptos de ese acuerdo. En otras palabras, no podían tener la tierra y sus bendiciones sin la bendición de Dios.
Al mismo tiempo, la tierra proporcionaba una lente a través de la cual Israel podía entender mejor a Dios. Vivir en la tierra les recordaría siempre a un Dios fiel que cumple sus promesas y es digno de confianza. Ni la tierra ni Israel habrían existido sin la iniciativa de Dios como fuente y fundamento de su existencia. Mientras los israelitas estuvieron en Egipto, el Nilo y el sistema de irrigación, unidos al intenso trabajo, les proporcionaron las cosechas que necesitaban para subsistir. Canaán era diferente. Dependían de la lluvia para la abundancia de sus cosechas, y solo Dios podía controlar el clima. En consecuencia, la tierra recordaba a Israel su constante dependencia de Dios.
Aunque Israel recibiera la tierra como un regalo de Dios, él seguía siendo el propietario de ella en última instancia. Como verdadero dueño de toda la tierra (Sal. 24: 1), él tenía el derecho de asignarla a Israel o de quitársela. Si el Señor es el dueño de la tierra, los israelitas y, por extensión, todos los seres humanos, son extranjeros o huéspedes de Dios en la tierra que le pertenece.
A la luz de 1 Pedro 2: 11 y Hebreos 11: 9-13 , ¿qué significa para ti vivir como extranjero y peregrino a la espera de la ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios?
Nuestro Señor está informado del conflicto de los suyos, en estos últimos días, con los instrumentos satánicos combinados con hombres inicuos que descuidan y rehúsan esta gran salvación. Con la mayor sencillez y franqueza, nuestro Salvador, el poderoso General de los ejércitos del cielo, no oculta el severo conflicto que ellos experimentarán. Señala los peligros, nos muestra el plan de la batalla y la difícil y peligrosa obra que debe hacerse; entonces levanta la voz antes de entrar en el conflicto para contar el costo, al mismo tiempo que anima a todos a tomar las armas de su contienda y a esperar que la hueste celestial integre los ejércitos para guerrear en defensa de la verdad y la rectitud.
La debilidad de los hombres encontrará fuerza sobrenatural y ayuda en cada conflicto severo para realizar las obras de la Omnipotencia, y la perseverancia en la fe y la perfecta confianza en Dios asegurarán el éxito. Aunque la antigua confederación del mal está en orden de batalla contra ellos, él les ordena que sean valientes y fuertes y luchen valerosamente, pues tienen un cielo que ganar y más que un ángel en sus filas: el poderoso General de los ejércitos que conduce las huestes del cielo. En la conquista de Jericó ninguno de los ejércitos de Israel pudo jactarse de haber empleado su limitada fuerza para derribar las murallas de la ciudad, ya que el Capitán de las huestes del Señor hizo los planes de esa batalla con la mayor sencillez, de modo que solo el Señor recibiera la gloria y no se exaltara al hombre. Dios nos ha prometido todo poder…
No son grandes talentos lo que queremos ahora, sino corazones humildes y consagrados, esfuerzo personal y una actitud vigilante, oración y trabajo con toda perseverancia… Cristo ha enviado a su representante, el Espíritu Santo, para asistir a sus agentes vivientes que han sido empleados para destruir la ignorancia con los potentes rayos del Sol de Justicia. Su voz nos trasmite absoluta certeza, “He aquí yo estoy con vosotros, todos los días hasta el fin del mundo”. La realidad que siempre debemos tener en cuenta es que llevamos adelante una lucha ante la presencia de un mundo invisible.
Al considerar los obstáculos y la terca incredulidad y al considerar los riesgos que deben ser sorteados, con toda serenidad y dependencia en Dios, abramos nuestros oídos a la voz de Jesús, quien nos aseguró: “Confiad, yo he vencido al mundo”. Sí, Cristo es el vencedor. Es nuestro dirigente, nuestro capitán, con quien podemos avanzar a la victoria. Porque él vive, también nosotros viviremos. Quiera el Señor darnos valor, fe, esperanza y gracia para seguir adelante (El Cristo triunfante, 9 de mayo, p. 138).
Juan 8:54-58 |