Ayer vimos que Pablo y sus compañeros cumplían su ministerio como una guerra espiritual y lo hacían utilizando las armas de Dios. Hoy veremos que los falsos maestros actúan según criterios humanos. Se jactan de manera inapropiada. Por el contrario, Pablo solo se jactaba en el Señor. Como escribió: «Pero el que se gloría, gloríese en el Señor» (2 Corintios 10:17).
Lee 2 Corintios 10:13-17. ¿Cómo puede una atmósfera de competencia o rivalidad perjudicar la predicación del evangelio?
El uso que Pablo hace del lenguaje de la jactancia ha intrigado a los intérpretes a lo largo de los siglos. Sin embargo, la jactancia era una práctica común en el mundo antiguo y estaba controlada por las convenciones sociales para evitar ofender a la audiencia. Pablo conocía esas convenciones y las seguía. Además, él aclara que su forma de jactarse se distingue de la de los falsos maestros. Él se jacta en el Señor (2 Corintios 10:17). Esta es una cita del Antiguo Testamento: «Alábese en esto el que se alabe: en entenderme y conocerme que yo soy el Señor, que hago misericordia, juicio y justicia» (Jeremías 9:24, RVA-2015). Al citar este pasaje de Jeremías, Pablo aclara que lo que ocupa el centro de su atención es el amor, la justicia y la rectitud de Cristo.
En otras palabras, la jactancia de Pablo cuenta con el respaldo de la Biblia y es inofensiva pues se refiere a los logros de Dios en Cristo. A diferencia de ello, sus oponentes entraron en una atmósfera de competencia al compararse entre sí, lo cual es «una tontería» (2 Corintios 10:12, DHH).
En 2 Corintios 10:14-16, Pablo da a entender que la predicación del evangelio era el enfoque principal de su ministerio, tanto en Corinto como en otras partes de su campo misionero. Su amor por Jesús lo llevó a hablar constantemente de las buenas nuevas de la salvación, que se encuentran en la muerte y la resurrección de Cristo.
A diferencia de los falsos maestros de Corinto, que se elogiaban a sí mismos, Pablo había sido elogiado y aprobado por Dios (2 Corintios 10:12, 18). Fue «llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios» (1 Corintios 1:1) y permaneció fiel a este llamado hasta el final de su vida (2 Timoteo 4:7).
Vuelve a leer 2 Corintios 10:12-18. ¿Cómo pueden los líderes de la iglesia, o incluso los miembros, evitar un ambiente de competencia o rivalidad? ¿Por qué es tan fácil dejarse llevar por cosas que realmente no importan?
Comentarios Elena G.W
Pablo siempre mantuvo presente la corona de la vida que habría de recibir, y no solo él, sino también todos los que aman la venida de Cristo. Pero lo que para él hacía tan deseable la corona de la vida era la victoria que podía recibir por medio de Jesucristo. Jesús no desea que ambicionemos la recompensa, sino que tengamos la ambición de realizar la voluntad de Dios porque es su voluntad, sin tomar en cuenta la recompensa que hayamos de recibir.
La dádiva de Dios es vida eterna. El Señor quiere que todos los que recibimos su gracia confiemos enteramente en él. Nos pide que ejercitemos una fe pura y sencilla, dependiente de él, sin la menor preocupación por la recompensa que hayamos de recibir. Debemos trabajar afanosamente en su servicio, demostrando perfecta confianza en que él juzgará con justicia.
En la descripción de la escena del juicio, cuando los justos reciben su recompensa, y se pasa sentencia sobre los malvados, se representa a los justos preguntándose qué han hecho para merecer tal recompensa. Pero abrigaron una constante fe en Cristo. En ellos moraba su Espíritu, y realizaron espontáneamente para Cristo, en la persona de sus santos, aquellos servicios que producen una recompensa segura. Pero nunca tuvieron el propósito de trabajar con el fin de recibir una compensación. Consideraron que su más alto honor consistía en trabajar como Cristo lo había hecho. Lo que hicieron fue llevado a cabo por amor a Cristo y a sus semejantes, y Aquel que se había identificado con la humanidad sufriente consideró estos actos de amor y compasión como si hubieran sido hechos para él…
Al Señor le debemos cada uno de nuestros dones y todos nuestros talentos. Cada victoria que se gana se obtiene mediante su gracia. Por lo tanto, nuestras jactancias están totalmente fuera de lugar…
Si recordáramos que estamos compareciendo en juicio ante el universo celestial, que Dios nos está probando para ver de que espíritu estamos animados, habría entre nosotros una meditación más seria y oración más ferviente. Los que trabajan con toda sinceridad se dan cuenta de que el hombre no puede realizar ningún bien por sí solo. Se llenan de gratitud y de acción de gracias por el privilegio de mantener comunión con Dios. Entretejido con su servicio se encuentra el principio que hace completamente fragantes todos sus regalos y ofrendas. Tienen la misma confianza y fe en Dios que el niño tiene en su padre terrenal.
No recibimos tanto la recompensa por nuestra actividad y el celo que hayamos manifestado al realizarla, sino por la ternura, la gracia y el amor que hayamos mezclado con nuestro trabajo en favor de los enfermos, los oprimidos y los afligidos (Exaltad a Jesús, 25 de noviembre, p. 337).