Después de exponer a los falsos maestros como agentes de Satanás (2 Corintios 11:1-15), Pablo utiliza el recurso de jactarse como lo haría un necio (vers. 16-21) para que los corintios vieran cuán absurdo era prestar atención a las palabras de los falsos maestros. Si los corintios los tenían en alta estima, Pablo merecía una consideración aún mayor. Sus sufrimientos por el evangelio demuestran que era un siervo fiel de Cristo (vers. 22-23).
Lee 2 Corintios 11:22 al 28. ¿Qué quiere decir Pablo aquí?
Aunque las credenciales judías de Pablo son idénticas a las de los falsos maestros (2 Corintios 11:22), su servicio a Cristo supera el de ellos (vers. 23). «¿Son ministros de Cristo?», pregunta. La respuesta es: «Yo más». Sus labores fueron más abundantes; sus encarcelamientos, más frecuentes; los maltratos que sufrió, más severos. Pero eso no es todo. Su lista de sufrimientos también incluye cinco casos de azotamiento, apedreamientos, naufragios y peligros de todo tipo y a manos de toda clase de gente (vers. 23-27). Como si eso fuera poco, tenía además que lidiar con la angustia mental resultante de su profunda preocupación por las iglesias (vers. 28).
Solo un verdadero siervo de Cristo estaría dispuesto a sufrir así por el evangelio. Si Pablo realmente se hubiera jactado de sus sufrimientos, habría tenido mucho que decir. Sin embargo, la siguiente sección de la Carta muestra que el motivo de su jactancia no se basaba en lo que había hecho por Cristo, sino en lo que Cristo había hecho por él. Pablo sabía que el poder de Dios se manifiesta más claramente en la debilidad humana (2 Corintios 12:9-10). Al darle una espina en la carne (2 Corintios 12:7), Dios protegió al apóstol de jactarse de sus logros.
Esto lo mantuvo humilde, consciente de su debilidad, dependiente del poder divino y en condiciones de recibir más gracia y misericordia de Dios.
¿Has sufrido por causa del evangelio? ¿Qué has aprendido de tu experiencia? ¿Cómo te ayuda la forma en que Pablo enfrentó sus sufrimientos a afrontar los tuyos?
Comentarios Elena G.W
El gran apóstol de los gentiles, ¿hizo un verdadero sacrificio cuando cambió el farisaísmo por el evangelio de Cristo? Contestamos que no. Con decidido propósito dio las espaldas a la riqueza, a los amigos y a la distinción social, a los honores públicos y a sus parientes a quienes amaba tierna y sinceramente. Prefirió ligar su nombre y su destino con los de un pueblo a quien había considerado como lo más bajo y despreciable de todas las cosas. Pero, por amor de Cristo sufrió la pérdida de todo. Sus obras fueron más abundantes que las de cualquiera de los discípulos, y sus sufrimientos excedieron toda medida. Fue golpeado con vara, apedreado, naufragó, a menudo estuvo en peligro de muerte. Estuvo en peligro en el mar y en la tierra, en la ciudad y en el desierto, a causa de los ladrones y de sus propios conciudadanos. Prosiguió su misión aquejado por continuas flaquezas, por el dolor, por el cansancio, por las vigilias, por el frío, por la desnudez… Cuando respondió ante el sanguinario Nerón, ningún hombre lo acompañó…
Pero, ¿dedicó Pablo su precioso tiempo a hablar de sus aflicciones? No, desvió la atención de sí mismo a Jesús. No vivió para lograr su propia felicidad, y sin embargo fue feliz.… “Sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones” 2 Corintios 7:4. Y en los últimos días de su vida, teniendo en vista la muerte del martirio, exclamó con satisfacción: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”. 2 Timoteo 4:7. Y fijando su vista en el futuro inmortal, el cual había sido el motivo grande e inspirador de toda su carrera, añadió, plenamente seguro de su fe: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” —y entonces este hombre que vivió para otros se olvida de sí mismo—; “y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida”. ¡Oh, noble hombre de fe!
Pablo fue un ejemplo vivo de lo que cada cristiano debería ser. Vivió para la gloria de Dios. Sus palabras nos llegan resonando a través del tiempo: “Para mí el vivir es Cristo” Filipenses 1:21 (Nuestra elevada vocación, 23 de diciembre, p. 365).
Todos los que sean dotados de su Espíritu amarán como él amó. El mismo principio que animó a Cristo los animará en todo su trato mutuo.
Este amor es la evidencia de su discipulado. “En esto conocerán todos que sois mis discípulos —dijo Jesús—, si tuviereis amor los unos con los otros”. Cuando los hombres no están vinculados por la fuerza o los intereses propios, sino por el amor, manifiestan la obra de una influencia que está por encima de toda influencia humana. Donde existe esta unidad, constituye una evidencia de que la imagen de Dios se está restaurando en la humanidad, que ha sido implantado un nuevo principio de vida. Muestra que hay poder en la naturaleza divina para resistir a los agentes sobrenaturales del mal, y que la gracia de Dios subyuga el egoísmo inherente en el corazón natural.
Este amor, manifestado en la iglesia, despertará seguramente la ira de Satanás. Cristo no trazó a sus discípulos una senda fácil. “Si el mundo os aborrece —dijo—, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; mas porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso os aborrece el mundo. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: No es el siervo mayor que su Señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros perseguirán: si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado”. El evangelio ha de ser proclamado mediante una guerra agresiva, en medio de oposición, peligros, pérdidas y sufrimientos. Pero los que hacen esta obra están tan solo siguiendo los pasos de su Maestro (Exaltad a Jesús, 11 de octubre, p. 292).