Contrastar dos ideas puede resultar muy instructivo. Por ejemplo, se puede aprender mucho acerca de la perspectiva bíblica del sacrificio a la luz del rechazo que Dios hizo de los sacrificios que su pueblo le ofrecía.
Este trágico episodio de la historia de Israel no fue la
primera ocasión en que Dios rechazó un sacrificio. Algo similar ocurrió cerca del comienzo
de la historia de la salvación, cuando el sacrificio de Abel fue aprobado y aceptado por
Dios a diferencia del de Caín. Ese temprano episodio representa otra oportunidad de
observar el contraste existente entre los sacrificios aceptables y los inaceptables
(ver
Gén. 4:3-7;
CB Heb. 11:4).
CB
En la época de Isaías, Israel cumplía con sus obligaciones y tildaba mentalmente las casillas de los deberes religiosos en un facilista y vano intento de apaciguar a Dios mientras que vivía a su antojo. Sus sacrificios estaban, como los de Caín, anclados en el yo, no en una actitud de entrega y sumisión a Dios.
Ese es el mismo espíritu de autosuficiencia que anima a los reinos de este mundo. Caín vivía a su antojo mientras ofrecía a Dios un ritual de formas realizado en sus propios términos. Es de suponer que consideraba a Dios como un inconveniente, un obstáculo para seguir su propio camino, pero lo temía lo suficiente como para cumplir con sus obligaciones.
Por el contrario, Abel ofreció un cordero, el sacrificio que Dios había pedido, el que representaba la promesa que Dios había hecho de un Mesías venidero (Gén. 3:15) y señalaba hacia el acto salvador de Cristo en el Calvario.
"Abel se aferró a los grandes principios de la Redención. Se veía pecador, y vio que el pecado y su pena de muerte se interponían entre su alma y la comunión con Dios. Trajo la víctima inmolada, la vida sacrificada, y así reconoció las demandas de la ley que había sido transgredida. En la sangre derramada contempló el sacrificio futuro, a Cristo muriendo en la cruz del Calvario; y al confiar en la expiación que iba a realizarse allí, obtuvo testimonio de que era justo, y de que su ofrenda era aceptada" (Elena de White, Patriarcas y profetas, pp. 59, 60).
■ ¡Cuán crucial es que evitemos simplemente "cumplir con las formalidades"! ¿Cómo podemos experimentar lo que significa depender totalmente de la muerte de Jesús como nuestra única esperanza de salvación?
El Señor no ignoraba los sentimientos de resentimiento abrigados por Caín; pero quería que Caín reflexionara sobre su conducta y, convencido de su pecado, se arrepintiera y pusiera los pies en el camino de la obediencia. No había ninguna causa para sus sentimientos de ira hacia su hermano o hacia su Dios; fue su propio desprecio de la voluntad de Dios, claramente expresada, lo que había llevado al rechazo de su ofrenda. A través de su ángel mensajero, Dios dijo a este hombre rebelde y obstinado: "Si haces bien, ¿no serás aceptado? y si no haces bien, el pecado está a la puerta". "Si haces bien", no te sales con la tuya, sino que obedece los mandamientos de Dios, te acercas a él con la sangre de la víctima inmolada, mostrando así tu fe en el Redentor prometido, que, en la plenitud de los tiempos, haría expiación por el hombre culpable, para que no perezca, sino que tenga vida eterna...
Así, el asunto quedó claramente expuesto ante Caín; pero su combatividad se despertó porque se cuestionó su proceder, y no se le permitió seguir sus propias ideas independientes. Estaba enojado con Dios y enojado con su hermano. Estaba enojado con Dios porque no aceptaba los planos del hombre pecador en lugar de los requisitos divinos, y estaba enojado con su hermano por no estar de acuerdo con él (The Signs of the Times, 16 de diciembre de 1886, "Cain and Abel Tested", párr. 8, 10).
Se puede aprender una lección importante de la historia de las ofrendas de Caín y Abel. Las demandas de la justicia infinita y las exigencias de la ley de Dios solo pueden satisfacerse mediante el sacrificio expiatorio de Cristo. La ofrenda más costosa que el hombre puede traer a Dios, el fruto de su trabajo, sus adquisiciones físicas e intelectuales, ya pertenecen a su Creador. El hombre no tiene nada que no haya recibido. Ni la riqueza material ni la grandeza intelectual expiarán el pecado del alma. Caín despreció la idea de que fuera necesario acercarse a Dios con una ofrenda de sangre. En el mismo espíritu muchos en nuestros días se niegan a creer que la sangre de Cristo fue derramada como sacrificio por los pecados de los hombres. Aunque Caín decidió desobedecer el mandato de Dios, llevó su ofrenda con gran confianza. La considerada como el fruto de su propio trabajo y, por lo tanto, como algo que le pertenece; y al presentarla a Dios sintió que estaba obligando a su Creador a respetarlo a él. La gran pregunta debería ser: ¿Qué puedo hacer para obtener la aprobación de Dios? y no: ¿Cómo puedo complacerme mejor a mí mismo?
Abel confiaba plenamente en los méritos del sacrificio expiatorio de Cristo. Fue esta fe la que lo conectó con Dios. La promesa de un Redentor era tenuemente comprendida; pero las ofrendas del sacrificio arrojaron luz sobre la promesa. Caín tuvo la misma oportunidad de aprender y aceptar estas verdades que Abel. Dios no aceptó a uno y rechazó al otro sin razón suficiente. Abel creyó y obedeció; Caín dudó y se rebeló. Dios no hace acepción de personas, pero recompensará a los obedientes y castigará a los desobedientes (The Signs of the Times, 6 de febrero de 1879, "El gran conflicto entre Cristo y sus ángeles y Satanás y sus ángeles: Capítulo 5—Caín y Abel", párr. 5, 6).
Juan 8:54-58
1 Corintios 1:26-29
26 Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois
muchos
sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos
nobles; 27 sino que lo necio del mundo escogió Dios,
para
avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió
Dios,
para avergonzar a lo fuerte; 28 y lo vil del mundo y lo
menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para
deshacer lo que
es, 29 a fin de que nadie se jacte en su presencia.