Hay tensión en toda la historia de la Salvación. Dios desea restaurar la comunión que una vez disfrutamos con él y anhela acercarse a nosotros, pero llevar a los pecadores a su presencia los destruiría. "Tú no eres un Dios que se complace en la maldad. El malo no habitará junto a ti", escribe David (Sal. 5:4). Al mismo tiempo, David también dice: "Pero yo, por la riqueza de tu constante amor, entraré en tu casa. Con reverencia adoraré en tu santo templo" (Sal. 5:7).
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Hageo 2:7 al 9.
CB
Mientras se construía el segundo Templo, el profeta Hageo comunicó la asombrosa promesa de que el nuevo Templo sería más glorioso que el anterior. ¿Qué significaba esa profecía?
Cuando Salomón dedicó el primer Templo, la gloria (kabod) de Dios que había acompañado a los hijos de Israel en su camino a Canaán llenó el Templo, por lo que los sacerdotes no pudieron permanecer allí para completar su labor (1 Rey. 8:10,11). Cuando se dedicó el segundo Templo, no estaba en él el Arca de la Alianza, que representaba el Trono de Dios, pues Jeremías la había escondido. La presencia literal de Dios no llenó el Templo esta vez. Fue desgarrador. ¿Cómo se haría realidad la promesa registrada por Hageo? Fue en el segundo Templo donde Jesús, la encarnación de Dios, apareció en persona, en carne y hueso. Dios mismo había salido de detrás del velo para convertirse en uno de nosotros y unirse a nosotros en este mundo arruinado por el pecado. Puesto que el Hijo de Dios era ahora el Hijo del Hombre, podíamos ver su rostro, oír su voz y ser testigos, por ejemplo, de cuando curó con su toque a un leproso impuro (Mat. 8:3). En lugar de acercarnos a él, Dios se acercó personalmente a nosotros cuando descendió en la persona de Jesús y vino a nuestro encuentro. No es, pues, de extrañar que la Biblia dijera de Jesús: "La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel, que significa: 'Dios con nosotros'" (Mat. 1:23). Piensa en lo que esto significa, que el Creador del cosmos haya estado dispuesto no solo a vivir entre nosotros, sino a morir por nosotros.
Jesús es nuestra garantía. "Él aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo". Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado por nosotros. Cada gota de sangre derramada por los
sacrificios judíos señalaba al Cordero de Dios. Todas las ofrendas típicas se cumplieron en él. El tipo se
encontró con el antitipo cuando murió en la cruz. Vino para hacer posible, mediante el sacrificio de sí
mismo, la eliminación del pecado. Pagó el rescate de nuestra redención. Hemos sido comprados por un precio,
y Cristo nos invita a que le permitamos cargar con nuestros pecados e imputarnos su justicia (The Review and
Herald, 19 de julio de 1898, "Go, Preach the Gospel", párr. 7).
Jesús obró con fervor y constancia. Nunca existió en el mundo nadie tan abrumador de
responsabilidades, ni llevó tan pesada carga de las tristezas y los pecados del mundo. Nadie trabajó con
celo tan agobiador por el bien de los hombres. No obstante, era la suya una vida de salud. En lo físico como
en lo espiritual fue su símbolo el cordero, víctima expiatoria, "sin mancha y sin
contaminación". 1 Pedro 1:19 . Tanto en su cuerpo como en su alma fue ejemplo de lo que Dios se había propuesto que fuera
toda la humanidad mediante la obediencia a sus leyes (El ministerio de curación, p. 33).
La observancia de la Pascua comenzó con el nacimiento de la nación hebrea. La última noche de
servidumbre en Egipto, cuando aún no se veían indicios de liberación, Dios le ordenó que se preparara para
una liberación inmediata. Él había advertido al faraón del juicio final de los egipcios, e indicó a los
hebreos que reuniesen a sus familias en sus moradas. Habiendo asperjado los dinteles de sus puertas con la
sangre del cordero inmolado, habían de comer el cordero asado, con pan sin levadura y hierbas amargas.
"Así habéis de comerlo —dijo— ceñidos vuestros lomos, vuestros zapatos en vuestros pies, y vuestro
bordón en
vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente: es la Pascua de Jehová". Exodo 12:11 . A la medianoche, todos los
primogénitos de los egipcios perecieron. Entonces el rey envió a Israel el mensaje: "Salid de en medio
de mi pueblo... e
id, servid a Jehová, como habéis dicho". Exodo 12:31 . Los hebreos salieron de Egipto como una
nación independiente. El Señor había ordenado que la Pascua fuera observada anualmente. "Y —dijo él—
cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué rito es este vuestro? vosotros respondéis: Es la víctima de la Pascua
de Jehová, el cual pasó las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los Egipcios". Y
así, de generación en generación, había de repetirse la historia de esa liberación maravillosa.
La Pascua iba seguida de los siete días de panes ázimos. El segundo día de la fiesta, se
presentaba una gavilla de cebada delante del Señor como primicias de las mies del año. Todas las ceremonias
de la fiesta eran figuras de la obra de Cristo. La liberación de Israel del yugo egipcio era una lección
objetiva de la redención, que la Pascua estaba destinada a recordar. El cordero inmolado, el pan sin
levadura, la gavilla de las primicias, representaban al Salvador (El Deseado de todas las gentes, p.
57).
Juan 8:54-58
1 Corintios 1:26-29
26 Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois
muchos
sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos
nobles; 27 sino que lo necio del mundo escogió Dios,
para
avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió
Dios,
para avergonzar a lo fuerte; 28 y lo vil del mundo y lo
menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para
deshacer lo que
es, 29 a fin de que nadie se jacte en su presencia.