Los profetas estuvieron en pocas ocasiones suficientemente cerca de Dios en visión como para que se les permitiera ver el Trono de Dios. Ezequiel lo vio por encima del firmamento (Eze. 1:26); Isaías visitó el templo del Cielo (Isa. 6:1). A su vez, Juan fue escoltado hasta allí en visión y registró una de las descripciones más explícitas que tenemos del Trono de Dios (Apoc. 4; 5). Los tipos propios del servicio del Santuario en el Antiguo Testamento indicaban que solo había un camino por el que la humanidad podía entrar en la presencia de Dios: la sangre de Cristo (ver, por ejemplo, Lev. 16:2,14).
Lee
Isaías 6:1 al 5
CB
y
Apocalipsis 4:2 al 11
CB
. ¿Qué elementos de estas dos visiones son similares? Presta atención al orden de los acontecimientos: ¿Qué tema se presenta primero? ¿Qué viene después? ¿Qué verdad acerca de Dios es subrayada en estas visiones?
En cada una de estas visiones de la sala del Trono, lo primero que sucede es que los seres celestiales destacan la santidad de Dios. En la visión de Isaías, la escena es impresionante: el Templo se llenó de humo y "los quiciales de las puertas se estremecieron" mientras los serafines proclamaban la santidad de Dios. En la visión de Juan, los querubines hacen la misma declaración: "Santo, santo, santo". Cada profeta presenció una deslumbrante escena acerca de la gloria de Dios.
Se nos muestra luego la reacción del profeta ante la escena. Isaías exclama que es un hombre de labios impuros (Isa. 6:5), mientras que Juan llora porque se enfrenta a la trágica verdad de que no se puede encontrar a nadie digno (Apoc. 5:4). Cuando se nos presenta directamente la dignidad de Dios, empezamos por fin a comprender la situación humana: somos totalmente indignos y necesitamos a Cristo como Redentor.
Satanás ha lanzado muchas acusaciones contra Dios, argumentando que es arbitrario, egoísta y severo, pero aun un breve momento en la sala del Trono de Dios pone al descubierto las mentiras de Satanás. Al ver a Cristo como es en realidad, "el Cordero que fue inmolado" (Apoc. 5:12, RVR1960), vemos también al Padre tal cual es. Cuán reconfortante es saber que al contemplar a Jesús descubrimos cómo es el Padre (Juan 14:9). Pero, la mayor revelación de cómo es el Padre se aprecia en la muerte de Jesús por nosotros en la Cruz.
La Cruz, por lo tanto, debería mostrarnos dos cosas: que Dios nos ama al punto de sacrificarse por nosotros, y que nuestra condición como pecadores es tan grave y desesperada que solo mediante la Cruz podemos ser salvados.
El Redentor del mundo era igual a Dios. Su autoridad era la autoridad de Dios. Declaró que no
tenía existencia aparte del Padre. La autoridad con la que habló y obró milagros era expresamente suya, y
sin embargo nos asegura que él y el Padre son uno...
Como legislador, Jesús ejercía la autoridad de Dios; sus órdenes y decisiones eran apoyadas
por el Soberano del trono eterno. La gloria del Padre era revelada en el Hijo. Estaba tan perfectamente
relacionado con Dios, tan completamente imbuido de su luz, que el que había visto al Hijo, había visto al
Padre. Su voz era como la voz de Dios (A fin de conocerle, p. 40).
Ojalá todos pudieran contemplar a nuestro precioso Salvador tal como es: un Salvador. Que su
mano aparte el velo que oculta su gloria de nuestros ojos. Aparece en su elevado y santo lugar. ¿Qué
veremos? Nuestro Salvador no está en actividad de e inactividad: está rodeado de seres celestiales,
querubines y serafines, miríadas y miríadas de ángeles.
Todos esos seres celestiales tienen un propósito superior a todos los demás, en el cual están
intensamente interesados: la iglesia [de Cristo] en un mundo de corrupción. Todas esas huestes están al
servicio del Príncipe del cielo, ensalzan al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Están trabajando
para Cristo, bajo su mandato, para salvar hasta lo sumo a todos los que dependen de él y creen en él. Estos
seres celestiales se apresuran en su misión haciendo en favor de Cristo aquello que Herodes y Pilato
hicieron contra él. Se unen para destacar el honor y la gloria de Dios. Están unidos en una santa alianza,
en una grandiosa y sublime unidad de propósito, para mostrar el poder, la compasión, el amor y la gloria del
Salvador crucificado y resucitado.
Estos ejércitos del cielo ilustran con su servicio lo que debía ser la iglesia de Dios.
Cristo está trabajando a favor de ellos en los atrios celestiales, enviando a sus mensajeros a todas partes
del globo para que ayuden a cada sufriente que acude a él en busca de ayuda, de vida espiritual y
conocimiento.
La iglesia de Cristo en la tierra está en medio de la oscuridad moral de un mundo desleal que
está hollando la ley de Jehová, pero su Redentor, que ha comprado su rescate con el precio de su propia
preciosa sangre, ha ordenado todo lo necesario para que su iglesia sea un cuerpo transformado, iluminado por
la Luz del mundo, en posesión de la gloria de Emanuel. Los brillantes rayos delSol de justicia, brillando a través de su iglesia, se reunirán en el redil de Cristo a cada
oveja perdida y extraviada, que vendrá a él y encontrará refugio en él. Encontrarán paz, luz y gozo en Aquel
que es paz y justicia eterna (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo
día, t. 7, p. 979).
Juan 8:54-58
1 Corintios 1:26-29
26 Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois
muchos
sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos
nobles; 27 sino que lo necio del mundo escogió Dios,
para
avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió
Dios,
para avergonzar a lo fuerte; 28 y lo vil del mundo y lo
menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para
deshacer lo que
es, 29 a fin de que nadie se jacte en su presencia.