El sentido de 1 Corintios 1:18 es demasiado claro como para no percibirlo; a saber, que el mensaje de la cruz depende de cómo se mire. Es una locura para quienes se rebelan contra Dios, pero es poder para quienes anhelan su salvación.
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Como hemos visto, al predicar el evangelio, es necesario evitar «sabiduría de palabras, para no anular la eficacia de la cruz de Cristo» (1 Corintios 1:17). A la luz de este texto, resulta más sencillo comprender por qué lo contrario de la necedad es el poder de Dios, y no la sabiduría humana (1 Corintios 1:18). La cruz, que es tan contraria a la sabiduría humana, revela cuán necia es realmente la sabiduría humana.
El texto griego de 1 Corintios 1:18 sugiere que «los que se pierden» están simplemente cosechando las consecuencias de sus acciones y puede, pues, ser parafraseado de la siguiente manera: «Porque el mensaje de la cruz es una locura para los que se destruyen a sí mismos». El verbo griego _apollymi_ (‘perecer’) significa también «destruir» (Juan 10:10). De hecho, apollymi es así traducido en 1 Corintios 1:19.
Pablo proporciona una base bíblica para su afirmación acerca de la perdición de estas personas citando en el versículo 19 las palabras de Dios en Isaías 29:14, según las cuales el Señor mismo es quien está detrás de la destrucción, lo que parece contradecir el orgullo autodestructivo mencionado justo antes. Sin embargo, no hay contradicción. La idea es que Dios destruirá lo que ya se está destruyendo a sí mismo desde el principio.
En contraste con los que se están destruyendo a sí mismos, la expresión «los que están siendo salvados» (traducción literal de 1 Corintios 1:18) indica que la salvación solo proviene de Dios. Pablo está diciendo que estamos siendo salvados; es decir, no nos estamos salvando a nosotros mismos. Por supuesto, no podemos hacerlo. Nuestra salvación tiene una fuente externa. Mientras que la destrucción es autoinfligida, la salvación solo puede ser concedida como un regalo de gracia a los pecadores. Como queda claro en 1 Corintios 1:21, Dios es quien salva a quienes creen. En este sentido, la necedad es el acto de rechazar lo que Dios ha ofrecido a la humanidad a través de la cruz de Cristo (1 Corintios 1:30), y provocar así la propia destrucción.
«Porque la paga del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 6:23). ¿Cómo reafirma este versículo lo que Pablo decía en 1 Corintios 1:18-19?
Comentarios Elena G.W
La verdad, tal como es en Jesús, es la que ha ser presentada delante de las mentes humanas después de que se les ha atendido bondadosamente y se ha suplido sus necesidades físicas. El Espíritu Santo está actuando y cooperando con los agentes humanos que están trabajando por tales personas y algunas apreciarán el fundamento [puesto] sobre una roca para su fe religiosa. No han de presentarse doctrinas que resulten chocantes a estos individuos a quienes Dios ama y compadece; pero cuando son ayudados físicamente por quienes realizan la obra médico-misionera, el Espíritu Santo coopera con la labor de los agentes humanos para despertar las facultades morales. Los poderes de la mente se despiertan a la actividad, y esas pobres vidas, muchas de ellas, serán salvas en el reino de Dios.
No hay, ni habrá jamás, nada comparable a la obra del buen samaritano para dar carácter a la misión de presentar la verdad que ayude a la gente, llegando hasta ella donde esté. Un trabajo adecuadamente conducido para salvar a los pobres pecadores que han sido pasados por alto por las iglesias, será una cuña metida por donde la verdad establecerá su morada. Un diferente orden de cosas necesita establecerse entre nosotros como pueblo, y si esta clase de obra se realiza, entonces se creará una atmósfera enteramente diferente alrededor de los obreros, porque el Espíritu Santo se comunicará a todos los que están haciendo el servicio de Dios, y aquellos que están obrando con el Espíritu Santo serán un poder de Dios para levantar, fortalecer y salvar a las personas que están próximas a perecer (Recibiréis poder, 27 de mayo, p. 158).
La fe en Cristo y la recepción de su gracia transformadora no es una cuestión de conjeturas, sino una obra que hace que las virtudes de Cristo se reflejen en la mente y el carácter. Cuando haya ganado esta experiencia usted podrá decir: “He probado y visto que el Señor es bueno. El Señor Jesús será mi porción eternamente”. El poder de la cruz activará dentro de usted los misteriosos manantiales de la esperanza y el temor, la adoración y el amor. Los ángeles están a la espectativa, y darán testimonio acerca del hecho de que el mundo no los posee. El Señor Jesús los ha visto sentados a sus pies, para aprender de él, el Camino, la Verdad y la Vida. De aquí en adelante, al someter su voluntad a la de Cristo, entrarán en una región donde la cruz es el objeto central. El mundo se desvanece de su vista. La gloria que resplandece desde el vestíbulo del cielo es la influencia más atractiva. Las riquezas de la gracia de Cristo lo inducen a obedecer voluntariamente. Ahora experimenta la gran alegría de impartir a otros el don que ha recibido (Exaltad a Jesús, 26 de agosto, p. 246).