Ayer aprendimos que Pablo manifestaba su amor a los corintios al consolarlos en medio de sus dificultades, tal como él mismo había recibido consuelo de Dios en sus tribulaciones (2 Corintios 1:1-11). Hoy veremos que su amor por los miembros de la iglesia de Corinto también se manifestaba mediante la integridad que él y sus compañeros de trabajo mostraban hacia ellos.
Lee 2 Corintios 1:12-14 a la luz de 2 Corintios 2:17 y 4:2. ¿Cómo revela la sinceridad de Pablo su amor por los corintios?
El texto de 2 Corintios 1:12-14 introduce la tesis que Pablo desarrollará en el resto de la Carta. Su integridad y su apostolado habían sido cuestionados por algunos en Corinto. Pensaban que Pablo tenía un carácter vacilante e indeciso, lo cual no era adecuado para el ministerio apostólico. En respuesta, Pablo subraya que él y sus colegas se comportaron con la máxima integridad.
Dos palabras describen la conducta de Pablo y sus compañeros: pureza y sinceridad (2 Corintios 1:12). El término griego traducido como «pureza» («santidad», según algunas versiones) es _haplotēs_, usado aquí para expresar la integridad personal en el habla o el comportamiento. En resumen, esta palabra revela la pureza de los motivos (Efe. 6:5; Colosenses 3:22). A su vez, el término «sinceridad» (traducción del griego _eilikrineia_) también apunta a la integridad y la pureza de las motivaciones.
Los corintios no debían haber dudado de la pureza de las intenciones de Pablo. Él deja claro que tanto eso como su sinceridad tenían su origen en Dios. Esta idea queda bien reflejada en traducciones como la siguiente: «Nos hemos portado limpia y sinceramente [...] no [...] por la sabiduría humana, sino que confiamos en la gracia de Dios» (2 Corintios 1:12, DHH).
Parece que los oponentes de Pablo malinterpretaron sus palabras en comunicaciones escritas anteriores (2 Corintios 1:13-14). El apóstol garantiza que sus intenciones eran claras y comprensibles. Estaba seguro de que la rectitud de sus palabras, intenciones y acciones quedaría clara «en el día del Señor Jesús» (2 Corintios 1:14).
¿Cuál ha sido tu propia experiencia al ver cuestionadas o desafiadas tus motivaciones o intenciones, por muy bienintencionadas y sinceras que fueran? ¿Qué te dice eso acerca de cuán cuidadoso debes ser al cuestionar las motivaciones de otros?
Comentarios Elena G.W
Nuestra conciencia debe ser purificada de obras muertas a fin de servir al Dios viviente. La santificación significa amor perfecto, obediencia perfecta, conformidad plena con la voluntad de Dios. Si nuestras vidas están en armonía con la vida de Dios, si nuestras vidas son semejantes a la vida de Cristo mediante la santificación de la mente, el alma y el cuerpo, nuestro ejemplo tendrá una influencia poderosa sobre el mundo. No somos perfectos, pero es nuestro privilegio separarnos de los enredos con el yo y el pecado, y avanzar hacia la perfección…
Al alcance de todo aquel que tiene fe verdadera hay grandes posibilidades, logros elevados y santos. ¿No ungiremos nuestros ojos con el colirio celestial a fin de poder discernir las cosas maravillosas colocadas delante de nosotros? ¿Por qué no avanzamos hacia adelante y hacia arriba, con fervorosa perseverancia, cumpliendo esta oración del Señor, a fin de alcanzar la norma de la santidad?
Al Señor no le agrada vernos espiritualmente débiles. “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”. 2 Corintios 4:6. Tenemos que enfrentar conflictos y pruebas pero no necesitamos fracasar ni desanimarnos…
Dios es honrado solo cuando los que profesan creer en él son amoldados a su imagen. Debemos representar ante el mundo la belleza de la santidad, porque nunca entraremos a través de las puertas de la ciudad de Dios hasta que perfeccionemos un carácter como el de Cristo. Si nosotros, con confianza en Dios, nos esforzamos por lograr la santificación, la recibiremos. Entonces, como testigos de Cristo, daremos a conocer lo que la gracia de Dios ha producido en nosotros.
Lo que puede causarnos más desasosiego es la falta de certidumbre. La aceptación de las bendiciones de Dios trae justicia y paz. El fruto de la justicia es quietud y seguridad para siempre. Debemos tener la sencillez y sinceridad de Dios. Debemos tener esa sabiduría que desciende de lo alto. Nuestra experiencia cristiana debe ser reanimada por medio de la piedad e impulsada por la vida divina (Dios nos cuida, 8 de octubre, p. 290).