Un ministerio impulsado por el amor
Lección 9, para el 28 de agosto

Un ministerio impulsado por el amor

El ministerio cristiano debe estar motivado por el amor de Cristo. Pablo presenta su propio ministerio como modelo de servicio abnegado y entrega total por el evangelio.

El perdón y la reafirmación del amor

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En lugar de visitar a los corintios por segunda vez, Pablo, tras regresar a Éfeso, envió lo que ha recibido el nombre de «la carta severa» (ver 2 Corintios 2:3-4; 7:8, 12).

Lee 2 Corintios 7:5-13. ¿Cuál fue el resultado de lo que les escribió y la reacción de Pablo ante ese resultado?

Pablo y Tito se reunieron más tarde en Macedonia, donde el apóstol recibió de su ayudante la excelente noticia de que sus severas palabras habían dado resultados positivos, lo que llenó de alegría el corazón del apóstol. Si algunos en Corinto se habían posicionado antes en contra de Pablo, ahora la iglesia se ponía de su lado. ¡Cuán importante es apoyar a nuestros líderes! Como miembros de la iglesia, podemos facilitarles mucho su trabajo.

Lee 2 Corintios 2:5-11. ¿Cuál es la idea central aquí?

Este pasaje tiene que ver con un caso de disciplina eclesiástica. Los eruditos debaten si el ofensor aquí es el hombre incestuoso de 1 Corintios 5:1-5 u otra persona que instigó a quienes acusaron a Pablo de ser inconsistente y desconsiderado con ellos en sus decisiones de viaje. El contexto parece favorecer la segunda opción. En cualquier caso, la enseñanza más importante del pasaje se refiere a cómo la iglesia debe tratar a una persona que ha pecado.

El texto en cuestión enseña que el propósito de la disciplina eclesiástica es la restauración a través del perdón y la reafirmación del amor para con el pecador (2 Corintios 2:6-8, 10). El pasaje también sugiere que la disciplina eclesiástica puede ser dolorosa, pero es necesaria. Por muy bien intencionadas que sean y por mucho que quieran estar orientadas a la «gracia», algunas iglesias podrían estar fallando en enfrentar o tratar los pecados flagrantes o incluso públicos. Por otro lado, otras pueden ser demasiado severas o inmisericordes. El pecado debe ser tratado, pero con amor. Por lo tanto, Pablo podía exhortar a la iglesia a reafirmar su amor por el ofensor (2 Corintios 2:8) porque él mismo amaba a la iglesia (2 Corintios 2:4).

La iglesia de Corinto podía amar al ofensor (2 Corintios 2:8) porque ella misma era objeto del amor de Dios a través del amor de Pablo. ¿Qué nos enseña esto acerca del amor?

Comentarios Elena G.W

Ningún dirigente de la iglesia debe aconsejar, ninguna junta directiva recomendar, ni ninguna iglesia votar que el nombre de una persona que obra mal sea excluido de los libros de la iglesia, hasta que se hayan seguido fielmente las instrucciones dadas por Cristo. Cuando estas instrucciones se hayan cumplido, la iglesia queda justificada delante de Dios. El mal debe, pues, presentarse tal cual es, y debe ser suprimido, a fin de que no se propague. La salud y la pureza de la iglesia deben ser preservadas, para que ella aparezca delante de Dios sin mancha, revestida del manto de la justicia de Cristo.

Si el que erró se arrepiente y se somete a la disciplina de Cristo, se le ha de dar otra oportunidad. Y aun cuando no se arrepienta, aun cuando quede fuera de la iglesia, los siervos de Dios tienen todavía una obra que hacer en su favor. Han de procurar fervientemente que se arrepienta. Y por grave que haya sido su ofensa, si él cede a las súplicas del Espíritu Santo y, confesando y abandonando su pecado, da indicios de arrepentimiento, se le debe perdonar y darle de nuevo la bienvenida al redil. Sus hermanos deben animarle en el buen camino, tratándole como quisieran ser tratados si estuviesen en su lugar, considerándose a sí mismos, no sea que ellos sean tentados también.

“De cierto os digo —continuó Cristo—, que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo”. Mateo 18:18.

Esta declaración rige para todos los siglos. A la iglesia ha sido conferido el poder de actuar en lugar de Cristo. Es instrumento de Dios para la conservación del orden y la disciplina entre su pueblo. En ella ha delegado el Señor el poder para arreglar todas las cuestiones relativas a su prosperidad, pureza y orden. A ella le incumbe la responsabilidad de excluir de su comunión a los que no son dignos de ella, a los que por su conducta anticristiana deshonrarían la verdad. Cuanto haga la iglesia que esté de acuerdo con las indicaciones dadas en la Palabra de Dios será ratificado en el cielo.

Se presentan asuntos de grave importancia para que los decida la iglesia. Los ministros de Dios, ordenados por él como guías de su pueblo, deben, después de hacer su parte, someter todo el asunto a la iglesia, para que haya unidad en la decisión tomada.

El Señor desea que los que le siguen ejerzan gran cuidado en su trato mutuo. Han de elevar, restaurar y sanar. Pero no debe haber en la iglesia negligencia de la debida disciplina. Los miembros han de considerarse como alumnos en una escuela, y aprender a formar un carácter digno de su alta vocación. En la iglesia de esta tierra, los hijos de Dios han de quedar preparados para la gran reunión de la iglesia del cielo. Los que vivan aquí en armonía con Cristo pueden esperar una vida inacabable en la familia de los redimidos (Consejos para la iglesia, pp. 466, 467).

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