Mayordomía y misión
Lección 11, para el 11 de septiembre

Mayordomía y misión

La mayordomía cristiana abarca todos los aspectos de la vida. Pablo enseña sobre la generosidad, el dar con alegría y el uso sabio de los recursos para el avance de la misión.

El ejemplo de Jesús

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El contexto de 2 Corintios 8 y 9 tiene que ver con el hecho de que Pablo animaba a los miembros de Corinto a recaudar fondos para las iglesias empobrecidas de Judea. Al parecer, ya se habían comprometido a hacerlo (2 Corintios 8:10-11; 2 Corintios 9:5; ver también 1 Corintios 16:1-4), pero los problemas de relación entre ellos y Pablo habían provocado complicaciones. Después de lidiar con estos problemas (2 Corintios 1-7), Pablo pasa ahora a la conclusión de esa tarea (2 Corintios 8-9).

Inicialmente, el apóstol apeló al ejemplo de los macedonios (2 Corintios 8:1-7), cuya extrema pobreza no les impidió desbordarse «en riquezas de generosidad» (2 Corintios 8:2). La pobreza y la generosidad pueden ir de la mano. Sin embargo, esta admirable generosidad de los macedonios no es más que una réplica de la generosidad de Jesús al entregarse por nosotros (2 Corintios 8:8-15).

Lee 2 Corintios 8:9. ¿Qué nos dice este pasaje acerca del ejemplo de Jesús?

La declaración de Pablo en 2 Corintios 8:9 es una de las más sorprendentes, poderosas y profundas de toda la Biblia. Él narra la historia de la misión de Jesús, pero con una increíble economía de palabras. Hay mucha teología aquí. Esta es la historia de la redención, pero en un solo versículo.

Aún más impresionante es que esta historia se relata usando lenguaje financiero. Sí, Jesús era rico. Su riqueza se refiere a su preexistencia en el cielo (Juan 17:5). Sin embargo, decidió hacerse pobre: renunció a la gloria celestial y vino a este mundo de aflicciones. Se hizo literalmente pobre (Lucas 9:58). Aunque era igual a Dios, «se despojó de sí mismo, tomó la condición de siervo y se hizo semejante a los hombres» (Filipenses 2:7) y «al tomar la condición de hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8).

Jesús dio su propia vida para que pudiéramos vivir para siempre con él. Su ofrenda tenía como propósito nuestra salvación.

La mayordomía y la misión van de la mano. Los capítulos 8 y 9 de la segunda Carta a los Corintios cuentan la historia de una ofrenda monetaria en particular, pero esta historia se basa en Jesús. Durante esta semana, veremos los principios teológicos relacionados con la dadivosidad basados en la ofrenda que Cristo hizo de sí mismo.

Reflexiona sobre el nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. Cuando te das cuenta de que todo esto lo hizo por ti, para que puedas tener esperanza en algo que trasciende la miserable existencia presente, ¿cuál es tu reacción?

Comentarios Elena G.W

Los que al final sean recibidos en el cielo como miembros de la familia real, deben aquí entregarse a sí mismos en cuerpo, alma y espíritu al servicio de Aquel que pagó el precio de su redención. Todo lo que tenemos y somos pertenece al Señor. “No sois vuestros”, declara el apóstol; “porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”. 1 Corintios 6:19, 20…

¿Te has consagrado totalmente al Señor? ¿Puede él usarte como un vaso para honra? ¿Estás realizando tu parte fielmente en su causa? A cada hombre le ha asignado Dios su tarea. Espera que cada creyente coopere con él en la obra de salvar almas. Cuando su causa sufre por falta de recursos, ¿cómo puede alguien poner precio a sus servicios, negándose a tomar su cruz diariamente y a practicar la abnegación por Cristo?

El cumplimiento de la promesa de que seremos coherederos con el Señor radica en nuestra disposición a negamos a nosotros mismos. Cuando Cristo tome posesión de su reino, serán los que en esta tierra lo siguieron con renunciamiento y sacrificio los que recibirán la recompensa de la vida eterna.

El llamado de Cristo al sacrificio y a una entrega sin reservas significa la crucifixión del yo. Para obedecer este llamado debemos tener una fe incondicional en él como Ejemplo perfecto, y una clara comprensión de que hemos de representarlo ante el mundo. Quienes trabajen para Cristo han de hacerlo a la manera de él. Han de vivir su vida. Su invitación a una entrega incondicional ha de ser suprema para ellos. No han de permitir que vínculo o interés terrenal alguno les impida rendirle el homenaje de sus corazones y el servicio de sus vidas. Perseverante e incansablemente han de trabajar con Dios para salvar las almas que perecen del poder del tentador.

Los que están así relacionados con Cristo aprenden constantemente de él, al pasar por las etapas sucesivas de progreso en la experiencia cristiana. Se les presentan dificultades y perplejidades para que puedan conocer más perfectamente la voluntad y el camino de Cristo. Pero oran y creen, y por la práctica su fe aumenta.

“Llevad mi yugo sobre vosotros”, dijo Cristo, mientras con una naturaleza humana vivió y trabajó en esta tierra. Constantemente cargó el yugo de la sumisión, haciendo frente a las dificultades que los seres humanos deben enfrentar, soportando las pruebas que ellos deben soportar. El enemigo nos atacará permanentemente como lo atacó a Cristo, induciéndonos a grandes tentaciones. Pero hay una vía de escape para cada uno (Alza tus ojos, 9 de agosto, p. 233).

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