Lee 2 Corintios 8:1, 5 y, también, 2 Corintios 9:7, 9, 13, 15. ¿Cuál es el mensaje central de estos pasajes?
El lenguaje de la generosidad impregna 2 Corintios 8 y 9: «La gracia que Dios ha concedido» (2 Corintios 8:1); «se dieron a sí mismos» (2 Corintios 8:5); «cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza, ni por necesidad; porque Dios ama al que da con alegría» (2 Corintios 9:7); «repartió, dio a los pobres» (2 Corintios 9:9); «ellos glorifican a Dios [...] por la bondad [de ustedes] de contribuir para ellos» (2 Corintios 9:13); «¡gracias a Dios por su don inefable!» (2 Corintios 9:15). El texto de 2 Corintios 8-9 comienza y termina con lenguaje de dadivosidad (2 Corintios 8:1; 9:15). Debemos leer estos dos capítulos con la idea de dar en mente. Ellos presentan al menos cuatro razones principales para dar nuestras ofrendas.
_Gratitud por la gracia de Dios (2 Corintios 8:1; 9:14-15)._ Los capítulos 8 y 9 de 2 Corintios comienza con una referencia a la gracia de Dios (2 Corintios 8:1). Un poco más adelante, Pablo dice: «Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo» (2 Corintios 8:9). La gracia de Dios y de Cristo se presenta aquí como la razón principal para la práctica de entregar ofrendas. Dios hizo mucho por nosotros al darnos a Cristo. Al entregar nuestras ofrendas en respuesta a ello, reconocemos la gracia de Dios en nuestras vidas.
Al igual que con el concepto de dar, el término «gracia» (griego _jaris_) también aparece repetidamente en 2 Corintios 8-9, y tanto al comienzo como al final de esa sección (2 Corintios 8:1; 9:14-15). En este pasaje, Pablo aplica este término con diferentes significados para enfatizar que la gracia de Cristo en nuestras vidas da como resultado la gracia para los demás y la acción de gracias.
_Deseo de seguir el ejemplo de Jesús (2 Corintios 8:9)._ Jesús era rico y se hizo pobre (recuerda que estas son metáforas de su preexistencia eterna y su posterior encarnación, respectivamente). Eso significa que lo dio todo. En cuanto a nosotros, al compartir nuestras ofrendas, proveemos los medios para que otros conozcan a Cristo.
_Deseo de compartir las bendiciones de Dios (2 Corintios 9:10-11)._ Damos a los demás porque primero recibimos de Dios. Él nos enriquece para que podamos ser generosos.
_Amor sincero (2 Corintios 8:8, 24)._ La dadivosidad es la demostración del amor sincero y genuino, la evidencia más sustancial de que el amor habita en el corazón de una persona (ver Mateo 6:21).
¿Cuán generoso eres? A la luz de la cruz, ¿cuánto das en comparación con lo que podrías dar?
Comentarios Elena G.W
La vida de Cristo era de una influencia siempre creciente, sin límites; una influencia que lo ligaba a Dios y a toda la familia humana. Por medio de Cristo, Dios ha investido al hombre de una influencia que le hace imposible vivir para sí. Estamos individualmente vinculados con nuestros semejantes, somos una parte del gran todo de Dios y nos hallamos bajo obligaciones mutuas. Ningún hombre puede ser independiente de sus prójimos, pues el bienestar de cada uno afecta a los demás. Es el propósito de Dios que cada uno se sienta necesario para el bienestar de los otros y trate de promover su felicidad…
Toda persona con la cual nos relacionamos queda, consciente o inconscientemente, afectada por la atmósfera que nos rodea…
Nuestras palabras, nuestros actos, nuestro vestido, nuestra conducta, hasta la expresión de nuestro rostro, tienen influencia… Si por nuestro ejemplo ayudamos a otros a desarrollar buenos principios, les damos poder para hacer el bien. Ellos a su vez ejercen la misma influencia sobre otros, y estos sobre otros más. De este modo, miles pueden ser bendecidos por nuestra influencia inconsciente…
El carácter es poder. El testimonio silencioso de una vida sincera, abnegada y piadosa, tiene una influencia casi irresistible. Al revelar en nuestra propia vida el carácter de Cristo, cooperamos con él en la obra de salvar almas. Solamente revelando en nuestra vida su carácter, podemos cooperar con él. Y cuanto más amplia es la esfera de nuestra influencia, mayor bien podemos hacer. Cuando los que profesan servir a Dios sigan el ejemplo de Cristo practicando los principios de la ley en su vida diaria; cuando cada acto dé testimonio de que aman a Dios más que todas las cosas y a su prójimo como a sí mismos, entonces la iglesia tendrá poder para conmover al mundo.
Pero nunca ha de olvidarse que la influencia no ejerce menos poder para el mal. Perder la propia alma es algo terrible, pero ser la causa de la pérdida de otras almas es más terrible aún… Solamente por la gracia de Dios podemos emplear debidamente este don (God’s Amazing Grace, p. 231; parcialmente en La maravillosa gracia de Dios, 11 de agosto, p. 231).
La religión de Jesucristo obra una reforma en la vida y el carácter. El verdadero cristiano busca constantemente la gracia que cambia los rasgos objetables del carácter natural. En vez de hablar palabras cortantes y dictatoriales, habla las palabras de ánimo que Cristo hablaría si estuviera en su lugar. Muestra benevolencia hacia todos, y no solamente a los pocos que alaban y exaltan su sabiduría. La pureza y santidad que se revelaron en la vida de Cristo irradian de la vida del verdadero cristiano.
Los cristianos han de ser portadores de luz en el mundo, que brillen en medio de las tinieblas del pecado y el crimen. En el reino de este mundo deben enfrentar constantemente los principados y poderes que eligen a Satanás como su jefe. Son hijos de Dios los que reciben a Cristo y siguen su ejemplo al llevar la cruz y negarse a sí mismos. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Juan 1:12. Ellos son los vencedores en la batalla de la vida, porque se han revestido del nuevo hombre “el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno”. Colosenses 3:10 (Alza tus ojos, 2 de marzo, p. 73).