Hemos visto que Pablo animó a los miembros de Corinto a participar en una colecta para las iglesias empobrecidas de Judea. Uno de sus propósitos era despertar un sentido de unidad. Quería que participaran, que formaran parte de la misión. Deseaba mostrar que las iglesias gentiles formaban parte de la misma familia de Dios que los creyentes judíos de Jerusalén. Es decir, quienes antes eran sus oponentes ahora formaban parte junto con ellos del remanente del nuevo pacto de Dios. Pablo quería ver a toda la familia cristiana, judíos y gentiles, unida de una manera poderosa que diera testimonio y ejemplo a la iglesia en las generaciones venideras.
Tito y otros dos hermanos estaban a cargo de los fondos. Dios puso este cuidado por la iglesia en el corazón del joven ayudante de Pablo (2 Corintios 8:16). Dios también eligió, por medio de las iglesias, a los otros dos hermanos (2 Corintios 8:18-23). Se los llama «mensajeros de las iglesias y gloria de Cristo» (2 Corintios 8:23). Ya sea que la expresión «gloria de Cristo» se refiera a estos dos fieles hermanos o a las iglesias mismas, lo importante es que la dadivosidad expresada en la entrega de ofrendas es, en última instancia, una señal de lealtad a Cristo, la Cabeza de la iglesia (Efe. 4:15).
Los capítulos 8 y 9 de 2 Corintios indican que las ofrendas deben ser entregadas a personas designadas por Dios a través de la iglesia. Las expresiones «todas las iglesias» (2 Corintios 8:18), «elegido por las iglesias» (vers. 19) y «mensajeros de las iglesias» (vers. 23) sugieren precisamente eso. Por lo tanto, no es de extrañar la siguiente exhortación: «Muestren, pues, hacia ellos ante las iglesias, la prueba de su amor» (vers. 24).
Llevar ofrendas a la iglesia, el instrumento designado por Dios en la tierra, promueve la unidad y, al mismo tiempo, es el resultado de un sentido de unidad (2 Corintios 8:13-14). El dinero puede ser un gran unificador. Por el contrario, si los ojos de las personas no están fijos en la gloria de Dios, el dinero también puede crear división.
¿Cómo revela Romanos 15:26-27 el deseo de Pablo por la unidad?
Por último, Pablo describe la colecta como un servicio o ministerio, como un acto de gracia, como una bendición, como un acto de adoración y también como comunión. ¡Todo eso a partir de una ofrenda! Medita en ello.
¿Cómo contribuyen las ofrendas que damos para otras iglesias y misiones en el extranjero, a menudo en lugares muy lejanos, a la unidad de nuestra iglesia a nivel mundial?
Comentarios Elena G.W
Donde hay vida hay crecimiento; en el reino de Dios hay constante intercambio: se recibe y se da; se recibe, y se le devuelve al Señor lo que es suyo. Dios obra por medio de cada verdadero creyente, y la luz y las bendiciones son dadas de vuelta en la obra que el creyente realiza. De este modo aumenta la capacidad de recibir. Al impartir los dones celestiales, el creyente deja espacio para que frescas corrientes de gracia y verdad fluyan al alma desde la fuente viva. Mayor luz, conocimiento y bendiciones más amplios llegan a pertenecerle. En esta obra, que se realiza en torno de cada miembro de iglesia, se halla la vida y el crecimiento de la iglesia. Aquel cuya vida consiste en recibir siempre sin dar jamás, pronto pierde las bendiciones. Si la verdad no fluye de él hacia los demás, pierde su capacidad de recibir. Debemos impartir las bondades del cielo si queremos bendiciones frescas.
Al impartir el conocimiento de la verdad, este aumentará. Todos los que reciben el mensaje del evangelio en su corazón anhelarán proclamarlo. El amor de Cristo ha de expresarse. Aquellos que se han vestido de Cristo relatarán su experiencia, reproduciendo paso a paso la dirección del Espíritu Santo: su hambre y sed por el conocimiento de Dios y de Cristo Jesús, a quien él ha enviado; el resultado de escudriñar las Escrituras; sus oraciones, la agonía de su alma, y las palabras de Cristo a ellos dirigidas, “Tus pecados te son perdonados”.
No es natural que alguien mantenga secretas estas cosas, y aquellos que están llenos del amor de Cristo no lo harán. Su deseo de que otros reciban las mismas bendiciones estará en proporción con el grado en que el Señor los haya hecho depositarios de la verdad sagrada. Y a medida que hagan conocer los ricos tesoros de la gracia de Dios, les será impartida cada vez más la gracia de Cristo. Tendrán el corazón de un niñito en lo que se refiere a su sencillez y obediencia sin reservas. Sus almas suspirarán por la santidad, y cada vez les serán revelados más tesoros de verdad y de gracia para ser transmitidos al mundo (La maravillosa gracia de Dios, p. 63).
Las gracias del Espíritu de Cristo deben ser grandemente apreciadas y reveladas por los hijos e hijas de Dios. Mediante su humildad, su penitencia, su deseo de ser semejantes a Jesús, de ser amoldados a su voluntad mediante la práctica de sus lecciones en la vida diaria, lo honrarán.
“Vosotros labranza de Dios sois”. 1 Corintios 3:9. Tal como uno se complace en cultivar un jardín, Dios se deleita en sus hijos que crecen. Un jardín exige constante trabajo. Es necesario arrancar las malas hierbas; es necesario cultivar nuevas plantas; hay que podar las ramas que se desarrollan con demasiada rapidez. Así trabaja el Señor por su jardín; así cuida sus plantas. No puede gozarse en ningún desarrollo que no revela las virtudes del carácter de Cristo. La sangre de Jesús ha logrado que los seres humanos sean el tesoro de Dios. Por lo tanto, ¡cuán cuidadosos debiéramos ser en no manifestar demasiada libertad en arrancar las plantas que Dios ha colocado en su jardín! Algunas plantas son tan débiles que apenas tienen vida, y a estas Dios dedica especial Cuidado.
En vuestro trato con los demás seres humanos, no olvidéis nunca que aquellos son propiedad de Dios. Sed bondadosos; sed compasivos; sed corteses. Respetad lo que Dios ha adquirido. Trataos unos a otros con amabilidad y cortesía. Ejercitad toda facultad dada por Dios para ser ejemplo a los demás (La maravillosa gracia de Dios, 26 de febrero, p. 65).