Como hemos aprendido, Dios llamó a profetas en momentos específicos y les encomendó tareas importantes. Su función principal era llevar a las personas al conocimiento de Dios y a una relación fiel con él. Esta fue la orientación que guio a Elena de White. Su ministerio tenía dos funciones principales: llevar a las personas a Jesús y dirigir la atención de ellas hacia la Biblia.
Elena de White amó profundamente a Jesús durante toda su vida, la cual estuvo dedicada a compartir el amor de Dios con los demás. Su famosa serie de cinco libros titulada «El gran conflicto» comienza y termina con las palabras «Dios es amor». En El camino a Cristo, quizá su libro más popular, escribió: «Nuestro crecimiento en la gracia, nuestro gozo, nuestra utilidad, todo depende de nuestra unión con Cristo. Debemos crecer en la gracia por medio de la comunión con él día a día, hora a hora —permaneciendo en él—. Él no solo es el autor, sino también el perfeccionador de la fe» (El camino a Cristo, p. 58).
Durante la década de 1890, cuando trabajaba en El Deseado de todas las gentes, escribió en su diario: «Al escribir sobre la vida de Cristo, me siento profundamente conmovida. Me olvido de respirar como debería. No puedo soportar la intensidad del sentimiento que me invade cuando pienso en lo que Cristo sufrió en nuestro mundo» (Manuscrito 70, 1897). A Elena de White le encantaba hablar de Jesús. La Biblia fue el segundo eje de su ministerio. Ella consideraba sus escritos como una «luz menor» que guiaba a las personas hacia la «luz mayor»: la Biblia (Mensajes selectos, t. 3, p. 34). Siempre animaba a las personas a acudir a las Escrituras, donde Dios ha revelado su carácter amoroso y su plan de salvación. Como ella misma dijo al principio de su ministerio: «Recomiendo al amable lector la Palabra de Dios como regla de fe y práctica» (Mensajes selectos, t. 3, p. 33).
Años más tarde, escribiría: «El Señor desea que estudies la Biblia. No ha dado ninguna luz adicional que sustituya a su Palabra. [...] Si se asimila y se digiere, [su Palabra] es como la sangre vital del alma. Entonces, las buenas obras se verán como luz que brilla en la oscuridad» (Carta 130, 1901).
Elena de White también creía que todos los que reclaman el manto profético de Cristo deben enseñar «lo que Cristo había enseñado. Eso incluye lo que él había dicho, no solamente en persona, sino a través de todos los profetas y maestros del Antiguo Testamento. Excluye la enseñanza humana» (El Deseado de todas las gentes, p. 766).
Elena de White mantuvo a Jesús y las Escrituras en el centro de su experiencia cristiana. El próximo viernes exploraremos sus puntos de vista acerca de la revelación y la inspiración.
Para conocer más acerca de este tema, lee Elena de White, Mensajes selectos, t. 3, cap. 4, pp. 33-38; y los capítulos de «La voz profética en el Nuevo Testamento» de Ekkehardt Mueller y «El centro del ministerio profético de Elena G. de White» de Merlin D. Burt, en El don de profecía en las Escrituras y en la historia (Miami, FL: APIA, 2016), pp. 43-94 y 353-376.