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Pablo menciona varios encarcelamientos durante su permanencia en Macedonia (2 Cor. 6:5; 7:5; 11:23). El primer caso registrado ocurrió en Filipos (Hech. 16:16-24). Más tarde fue encarcelado brevemente en Jerusalén antes de ser trasladado a la prisión de Cesarea.
En otro texto, Pablo dice que estaba “en prisión” (File. 1:10, 13). Aunque estaba bajo arresto domiciliario en Roma, era allí acompañado por un soldado romano de elite. Ignacio de Antioquía, un cristiano de principios del siglo II que estuvo en una condición semejante, describió a los soldados romanos como “bestias salvajes […] que cuanto más amablemente se los trata peor se comportan” (*Epístola a los Romanos* 5.1).
Lee 2 Corintios 4:7-12. ¿Qué revela este pasaje acerca de cómo pudo Pablo soportar las pruebas a las que se enfrentó? ¿Cuál era el centro de su vida?
Por muy difícil que fuera su vida, Pablo era capaz de ver el lado bueno de las cosas, y eso le daba valor para soportar la tensión. A pesar de que Satanás lo hacía objeto de sus más feroces ataques, Pablo sabía que no estaba desamparado.
Lee 2 Corintios 6:3-7. ¿De qué recursos espirituales disponía Pablo para afrontar estas dificultades?
A menudo, podemos caer en la tentación de mirar nuestras circunstancias, nuestras debilidades o nuestros fracasos pasados, y desanimarnos. En momentos como esos necesitamos recordar los numerosos **recursos** que Dios ha provisto para nuestro éxito en la lucha contra el mal. Uno de los más importantes es la **Biblia** misma, “la palabra de verdad” (2 Tim. 2:15), porque en ella podemos aprender de los errores de otros y cómo estas personas obtuvieron la victoria.
Además, el **Espíritu Santo** “hace eficaz lo que ha sido realizado por el Redentor del mundo. Por medio del Espíritu es purificado el corazón. El creyente llega a ser participante de la naturaleza divina a través del Espíritu. Cristo ha dado su Espíritu como poder divino para vencer todas las tendencias hacia el mal heredadas y cultivadas, y para imprimir su propio carácter en su iglesia” (Elena de White, *El Deseado de todas las gentes* [Florida: ACES, 2008], p. 625).
¿Cómo podemos presentarnos siempre “en todo como ministros de Dios” (2 Cor. 6:4)? ¿Qué significa esto?
A pesar de la iniquidad que prevalecía, había un número de hombres santos, ennoblecidos y elevados por la comunión con Dios, que vivían en compañerismo con el cielo. Eran hombres de poderoso intelecto, que habían realizado obras admirables. Tenían una santa y gran misión; a saber, desarrollar un carácter justo y enseñar una lección de piedad, no solo a los hombres de su tiempo, sino también a las generaciones futuras. Solo algunos de los más destacados se mencionan en las Escrituras; pero a través de todos los tiempos, Dios tuvo testigos fieles y adoradores sinceros.
¡Cuán a menudo los que confiaron en la Palabra de Dios, aunque eran en sí mismos completamente impotentes, han resistido el poder del mundo entero! Enoc, de corazón puro y vida santa, puso su fe en el triunfo de la justicia contra una generación corrupta y mofadora; Noé y su casa resistieron a los hombres de su época, hombres de mucha fuerza física y mental y de la más degradada moralidad; los hijos de Israel, que junto al mar Rojo no eran más que una multitud indefensa y aterrorizada de esclavos, resistieron al más poderoso ejército de la más poderosa nación del globo; David, siendo tan solo un pastorcillo que tenía la promesa del trono dada por Dios, resistió a Saúl, el monarca reinante, dispuesto a no ceder su poder. El mismo hecho se destaca en el caso de Sadrac y sus compañeros en el horno de fuego, y Nabucodonosor en el trono; Daniel entre los leones, y sus enemigos en los puestos elevados del reino; Jesús en la cruz, y los sacerdotes y príncipes judíos forzando al gobernador romano para que hiciese su voluntad; Pablo encadenado y llevado a sufrir la muerte de un criminal, y Nerón, déspota de un imperio mundial.
No solo en la Biblia se encuentran estos ejemplos. Abundan en los anales del progreso humano. Los valdenses y los hugonotes, Wiclef y Hus, Jerónimo y Lutero, Tyndale y Knox, Zinzendorf y Wesley, y multitudes más, han dado testimonio del poder de la Palabra de Dios contra el poder y el proceder humanos que apoyan el mal. Estos constituyen la verdadera nobleza del mundo. Constituyen su realeza. Los jóvenes de hoy día son llamados a ocupar sus lugares.
(Conflicto y valor, 3 de enero, p. 9)Consideremos por un momento la experiencia de Pablo. El apóstol fue encarcelado y encadenado en el momento en que parecía que su labor era más necesaria para fortalecer la sufrida y perseguida iglesia. Pero este fue el momento en que el Señor obró y las victorias que ganó fueron preciosas.
Cuando en apariencia Pablo podía hacer menos, la verdad encontró entrada en el palacio real. No fueron los sermones magistrales de Pablo delante de estos hombres notables, sino sus cadenas lo que llamó la atención de ellos. Mediante su cautiverio el apóstol se transformó en un conquistador para Cristo. La paciencia y la humildad con las que él se sometió a su prolongado e injusto confinamiento impulsaron a estos hombres a pesar el carácter del apóstol. Al enviar su último mensaje a sus amados en la fe, Pablo une a sus palabras los saludos de los santos de la casa de César dirigidos a los santos de las otras ciudades.
(Reflejemos a Jesús, 10 de diciembre, p. 350)