PARA MEMORIZAR:
“¡Regocíjense en el Señor siempre! Repito: ¡Regocíjense!”
 

Lección 1: Para el 3 de enero de 2026
PERSEGUIDOS, PERO NO OLVIDADOS





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Lección 1 | Miércoles 31 de diciembre

PABLO Y COLOSAS

No tenemos constancia de que Pablo visitara alguna vez **Colosas**, lo que nuevamente nos dice algo acerca de la eficacia de su estrategia evangelizadora.

En primer lugar, fue **Epafras**, residente de Colosas (Col. 4:12), quien llevó el evangelio a esa ciudad (Col. 1:7). ¿Cómo ocurrió su conversión? Lo más probable es que haya ocurrido cuando Pablo estuvo a mediados de la década del ‘50 en la cercana **Éfeso**, y “todos los que habitaban en Asia [...] pudieron oír la palabra del Señor Jesús” (Hech. 19:10; comparar con Hech. 20:31).

El libro de Apocalipsis da testimonio de la gran difusión del evangelio en esta zona (Apoc. 1:4). La explicación más plausible de este éxito, incluida su propagación a Colosas, es que haya sido el resultado de la labor de los conversos de Pablo, quienes escucharon por primera vez el mensaje en Éfeso, la ciudad más importante de Asia Menor y uno de los principales puertos. Epafras habría escuchado la predicación de Pablo en Éfeso y, convertido en uno de sus colaboradores, habría llevado el evangelio a su ciudad natal, de Colosas.

La ciudad, a unos quince kilómetros al sureste de Laodicea, está siendo excavada en la actualidad, por lo que sabemos menos de ella que de otras ciudades más importantes de la región. Sí sabemos que tenía una población judía numéricamente considerable, de “hasta diez mil de ellos viviendo en esa zona de Frigia” (Arthur G. Patzia, *Ephesians, Colossians, Philemon* [Peabody, MA: Hendrickson, 1990], p. 3). Las monedas acuñadas en Colosas indican que sus habitantes adoraban, como en muchas ciudades romanas, a una variedad de dioses. Las prácticas paganas y las poderosas influencias culturales planteaban a los cristianos enormes desafíos, no solo para evangelizar la ciudad, sino también para mantenerse fieles a la fe pura del evangelio. Otro cristiano prominente en Colosas fue **Filemón**, que pudo haberse convertido más o menos al mismo tiempo que Epafras.

Lee Filemón 1:15, 16. Ver también Colosenses 4:9. ¿Qué curso de acción recomendó Pablo a Filemón respecto de Onésimo?

Aunque la ley romana obligaba a Pablo a devolver a **Onésimo** a Filemón, el apóstol apela al corazón y a la conciencia de Filemón como compañero creyente, y lo insta a tratar a Onésimo como a un **hermano**, no como a un esclavo (File. 1:16).

Por mucho que aborrezcamos la idea de la esclavitud en cualesquiera de sus formas y deseemos que Pablo hubiera condenado esa práctica, ¿cómo podemos aceptar lo que Pablo dice aquí? (Resulta fascinante que, durante la época de la esclavitud en Estados Unidos, Elena de White dijera específicamente a los adventistas que desobedecieran la ley que ordenaba devolver a los esclavos fugitivos).


Comentarios de Elena G. de White

Rodeados por las costumbres y la influencia del paganismo, los creyentes de Colosas corrían peligro de ser inducidos a abandonar la sencillez del evangelio, y Pablo, al amonestarlos contra esa posibilidad, les presentó a Cristo como el único que los podía guiar seguramente…

“Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias”. Colosenses 2:6, 7.

Cristo había anticipado que se levantarían engañadores, por cuya influencia la “maldad” se multiplicaría y “el amor de muchos” se enfriaría. Mateo 24:12. Advirtió a sus discípulos que la iglesia correría más peligro por causa de este mal que por las persecuciones de sus enemigos. Una y otra vez Pablo previno a los creyentes contra esos falsos maestros. Deberían precaverse de ese peligro más que de cualquier otro, pues al recibir a los falsos maestros, estarían abriendo la puerta a errores por medio de los cuales el enemigo podría embotar las percepciones espirituales y sacudir la confianza de los nuevos conversos al evangelio.

Cristo era la norma por medio de la cual debían probar las doctrinas que se presentaran. Debían rechazar todo lo que no estuviera en armonía con sus enseñanzas. Cristo crucificado por el pecado, Cristo resucitado de entre los muertos, Cristo ascendido a lo alto, esta era la ciencia de la salvación que ellos debían aprender y enseñar.

Las amonestaciones de la Palabra de Dios respecto a los peligros que rodean a la iglesia cristiana, son para nosotros hoy. Así como en los días de los apóstoles los hombres intentaron destruir la fe en las Escrituras por medio de tradiciones y filosofías, hoy en día, por medio de los agradables conceptos de la “alta crítica”, la evolución, el espiritismo, la teosofía y el panteísmo, el enemigo de la justicia está tratando de conducir a las almas por caminos prohibidos. Para muchos, la Biblia es una lámpara sin aceite, porque han convertido sus mentes en canales por medio de los cuales fluyen creencias especulativas que producen falsos conceptos y confusión.

(Reflejemos a Jesús, 26 de noviembre, p. 336)

La carta a los colosenses está llena de lecciones de gran valor para todos los que están ocupados en el servicio de Cristo, lecciones que muestran la sinceridad de propósito y la altura del blanco que será visto en la vida de aquel que representa correctamente a su Salvador. Renunciando a todo lo que pueda impedirle realizar progresos en el camino ascendente, o quiera hacer volver los pies de otros del camino angosto, el creyente revelará en su vida diaria, misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, tolerancia y el amor de Cristo…

En sus esfuerzos por alcanzar el ideal de Dios, el cristiano no debería desesperarse por nada. A todos es prometida la perfección moral y espiritual por la gracia y el poder de Cristo. Él es el origen del poder, la fuente de la vida. Nos lleva a su Palabra, y del árbol de la vida nos presenta hojas para la sanidad de las almas enfermas de pecado. Nos guía hacia el trono de Dios, y pone en nuestra boca una oración por la cual somos traídos en estrecha relación con él. En nuestro favor pone en operación los todopoderosos agentes del cielo. A cada paso sentimos su poder viviente.

(Exaltad a Jesús, 7 de septiembre, p. 258)