El pecado en la iglesia
Lección 4, para el 24 de julio

El pecado en la iglesia

La iglesia de Corinto enfrentaba serios problemas de inmoralidad. Pablo aborda con firmeza el pecado en la iglesia, llamando a la pureza y a la disciplina eclesiástica con amor y restauración.

Disonancia entre la fe y la práctica

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A lo largo de la historia cristiana, teólogos, pastores y laicos han estudiado el Nuevo Testamento para determinar cómo debería ser la iglesia. Nos maravillamos, por ejemplo, ante la iglesia de los Hechos. Pero rápidamente perdemos de vista un elemento significativo: las personas tienen problemas. El Nuevo Testamento también revela lo que la Biblia dice acerca de cómo no debería ser una iglesia. Las Cartas de Pablo a los corintios son un buen punto de partida.

Lee 1 Corintios 5:1-13. ¿Qué situación escandalosa describe Pablo en este pasaje y por qué es tan inquietante?

La expresión «la esposa de su padre» (1 Corintios 5:1) sugiere que Pablo se refiere a la relación incestuosa entre un hombre y su madrastra. Probablemente esta situación fue denunciada «por los de Cloé» (1 Corintios 1:11). El incesto tenía fama de ser un pecado tan terrible que «no se da ni entre los gentiles» (1 Corintios 5:1). ¡Y ahora estaba ocurriendo en una iglesia cristiana de la era apostólica! Las palabras de Pablo en 1 Corintios 5:1-2 muestran que estaba conmocionado por la noticia de que un miembro de la iglesia estaba cometiendo semejante pecado.

Sin embargo, esta mala situación empeora, ya que Pablo se sorprende aún más al darse cuenta de que, en lugar de sentir pena por la situación, los corintios estaban incluso orgullosos de sí mismos por tolerar tal pecado (1 Corintios 5:1-2). Por lo tanto, tiene la intención de corregir no solo al hombre inmoral, sino también a la iglesia por su aparente disonancia entre la fe y la práctica. De hecho, Pablo deja claro constantemente que la actitud indulgente de la iglesia hacia el hombre incestuoso exigía una corrección. Pero ¿estar orgullosos de tal escándalo sexual, e incluso presumir de ello (1 Corintios 5:2, 6)? Esto era demasiado para Pablo.

No tenemos una explicación de por qué la iglesia de Corinto era tan tolerante con aquel miembro incestuoso. ¿Quizás era un miembro rico del que se beneficiaba la iglesia? O tal vez, como «todo es permitido» (1 Corintios 6:12), no evaluaban su conducta como debían. Simplemente, no lo sabemos.

Cualesquiera que fueran las verdaderas razones, se volvieron ciegos ante una violación flagrante de las Escrituras (Levítico 18:7-8) y, además, parecen haber estado orgullosos de ello.

¿Qué conductas claramente condenadas en las Escrituras corremos el peligro de tolerar como iglesia en nombre del «amor» y la «aceptación»?

Comentarios Elena G.W

El Espíritu Santo es el aliento de la vida espiritual. El impartimiento del Espíritu es el impartimiento de la vida de Cristo. Comunica al que lo recibe los atributos de Cristo. Únicamente aquellos que han sido así enseñados de Dios, los que experimentan la operación interna del Espíritu y en cuya vida se manifiesta la vida de Cristo, han de destacarse como hombres representativos, que ministren en favor de la iglesia.

“A los que remitiereis los pecados —dijo Cristo—, les son remitidos: a quienes los retuviereis, serán retenidos”. Cristo no da aquí a nadie libertad para juzgar a los demás. En el sermón del monte, lo prohibió. Es prerrogativa de Dios. Pero coloca sobre la iglesia organizada una responsabilidad por sus miembros individuales. La iglesia tiene el deber de amonestar, instruir y si es posible restaurar a aquellos que caigan en el pecado. “Redarguye, reprende, exhorta —dice el Señor—, con toda paciencia y doctrina”. 2 Timoteo 4:2. Obrad fielmente con los que hacen mal. Amonestad a toda alma que está en peligro. No dejéis que nadie se engañe. Llamad al pecado por su nombre. Declarad lo que Dios ha dicho respecto de la mentira, la violación del sábado, el robo, la idolatría y todo otro mal: “Los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios”. Gálatas 5:21. Si persisten en el pecado, el juicio que habéis declarado por la Palabra de Dios es pronunciado sobre ellos en el cielo. Al elegir pecar, niegan a Cristo; la iglesia debe mostrar que no sanciona sus acciones, o ella misma deshonra a su Señor. Debe decir acerca del pecado lo que Dios dice de él. Debe tratar con él como Dios lo indica, y su acción queda ratificada en el cielo. El que desprecia la autoridad de la iglesia desprecia la autoridad de Cristo mismo.

Pero el cuadro tiene un aspecto más halagüeño. “A los que remitiereis los pecados, les son remitidos”. Dad el mayor relieve a este pensamiento. Al trabajar por los que yerran, dirigid todo ojo a Cristo…

Sea el arrepentimiento del pecador aceptado por la iglesia con corazón agradecido. Condúzcase al arrepentido de las tinieblas de la incredulidad a la luz de la fe y de la justicia. Colóquese su mano temblorosa en la mano amante de Jesús. Una remisión tal es ratificada en el cielo (El Deseado de todas las gentes, pp. 745, 746).

La historia de Acán nos enseña la solemne lección de que por el pecado de un hombre el desagrado de Dios puede descansar sobre un pueblo o una nación, hasta que se descubre y castiga la transgresión. El pecado es corruptor por naturaleza. Un hombre infectado por esta lepra mortal puede comunicar la mancha a miles… Muchos no se atreven a condenar la iniquidad, no sea que debido a ello sacrifiquen su puesto o su popularidad. Y algunos consideran que no es caritativo reprender el pecado. El siervo de Dios… está bajo la solemne obligación de presentar la Palabra del Señor, sin temor o favoritismo. Debe dar al pecado el nombre que le corresponde…

El amor a Dios nunca debe inducirnos a empequeñecer el pecado; nunca debe encubrir ni excusar un mal inconfesado. Acán aprendió demasiado tarde que la ley de Dios, lo mismo que su Autor, es inmutable. Tiene que ver con todos nuestros actos, pensamientos y sentimientos. Nos sigue, y alcanza cada impulso secreto. Al abandonarse al pecado, los hombres llegan a considerar livianamente la ley de Dios. Muchos ocultan las transgresiones de sus semejantes, y se consuelan diciéndose que Dios no será estricto para señalar la iniquidad. Pero su ley es la gran norma de la rectitud, y con ella será comparado todo acto de la vida en ese día cuando Dios traerá toda obra a juicio, y todo acto secreto, sea bueno o malo. La pureza de corazón, producirá pureza de vida. Todas las excusas en favor del pecado son vanas. ¿Quién podrá defender al pecador si Dios da testimonio contra él? (Hijos e hijas de Dios, 26 de julio, p. 216).

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