El pecado en la iglesia
Lección 4, para el 24 de julio

El pecado en la iglesia

La iglesia de Corinto enfrentaba serios problemas de inmoralidad. Pablo aborda con firmeza el pecado en la iglesia, llamando a la pureza y a la disciplina eclesiástica con amor y restauración.

El antídoto contra la inmoralidad sexual

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Lee 1 Tesalonicenses 4:1-8. ¿Qué dice este pasaje acerca de la conexión entre la santificación y el deber de evitar la inmoralidad sexual?

Aunque Pablo se dirigía a otra persona en los textos anteriores, el principio puede aplicarse de manera general a todos los cristianos.

Sin embargo, esto nos lleva a la pregunta: ¿Qué estaba ocurriendo en Corinto? ¿Por qué todos estos problemas?

Al parecer, algunos en Corinto creían que, dado que el evangelio los había liberado, podían hacer lo que quisieran. Argumentaban que, así como el estómago fue creado para la comida, el cuerpo fue creado para el sexo, y el sexo para el cuerpo (1 Corintios 6:13). Pablo responde que esto es una tergiversación de la libertad cristiana. La falta de integridad en las cuestiones sexuales es incompatible con la identidad cristiana y constituye un uso indebido de la libertad concedida al hombre por medio del evangelio (Romanos 8:2; Gálatas 5:13). Fuimos liberados del pecado, no para cometerlo (Romanos 6:18, 22; 8:2). De hecho, «el cuerpo [...] es [...] para el Señor, y el Señor para el cuerpo» (1 Corintios 6:13). Pertenecemos a Cristo (1 Corintios 6:15), y quienes somos debe influir en lo que hacemos. Una cosa está indisolublemente ligada a la otra. Esto es descrito en 1 Corintios 6 de tres maneras diferentes.

En primer lugar, somos identificados como lavados, santificados y justificados «en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Corintios 6:11). Los pecados enumerados en 1 Corintios 6:9-10, así como la inmoralidad sexual denunciada en 1 Corintios 6:12-20, no tienen cabida en la vida de aquellos que han sido lavados, santificados y justificados.

En segundo lugar, somos miembros de Cristo (1 Corintios 6:15). Esto significa que debemos estar unidos a él (1 Corintios 6:17). La inmoralidad sexual es una violación de esa unión (1 Corintios 6:13, 15). Quien se une con otra persona en relaciones sexuales extramatrimoniales se convierte en «un cuerpo» con ella (1 Corintios 6:16). La unión con Cristo a través del Espíritu debe determinar la ética cristiana en materia sexual.

En tercer lugar, nuestros cuerpos son «templo del Espíritu Santo» (1 Corintios 6:19-20). La única manera de vivir una vida santa con integridad en cuestiones sexuales es tener una relación íntima con Cristo a través del Espíritu Santo. Pablo se refiere en otra parte a la experiencia de ser un templo del Espíritu en términos de presentar el cuerpo como «sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Romanos 12:1).

Piensa en la devastación que los pecados sexuales han causado a la humanidad. ¿Qué nos dice esto acerca de cuán importante es este tema para los cristianos?

Comentarios Elena G.W

Este mensaje es para todas las etapas históricas de nuestra iglesia. La iglesia nunca podrá emplear su capacidad de oír mejor que cuando preste oídos a la voz de Dios, que le habla por medio de su Palabra. Hay una promesa rica y abundante para los vencedores. No es suficiente entrar en la guerra contra el mal, debemos continuar en ella hasta el fin. No pensemos en ceder. Debemos pelear la buena batalla de la fe hasta el mismo fin. Al vencedor se le promete la victoria triunfal. “Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios”. Apocalipsis 2:7. Todo lo que se perdió con la caída de Adán está más que restaurado con la redención. El que está sentado en el trono dice: “He aquí yo hago nuevas todas las cosas”. Apocalipsis 21:5.

Mirémonos cuidadosa y críticamente a nosotros mismos. ¿Hemos violado los votos que tomamos cuando fuimos bautizados? ¿Estamos muertos al mundo y vivos para Cristo? ¿Estamos buscando las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios? ¿Está cortado el cable con el que estamos anclados a la Roca eterna? ¿Vamos a la deriva, arrastrados por la corriente hacia la perdición? ¿No haremos esfuerzos para avanzar y tomar impulso en nuestro camino hacia arriba? No vacilemos más, sino movamos los remos vigorosamente y hagamos nuestras primeras obras antes que naufraguemos sin esperanza.

Es nuestra tarea conocer nuestras debilidades y pecados acariciados, que producen oscuridad y debilidad espiritual y han apagado nuestro primer amor. ¿Es la mundanalidad? ¿Es el egoísmo? ¿Es el amor por la estima propia? ¿Es la lucha por ser el primero? ¿Es la sensualidad lo que nos aleja de Dios? ¿Es el pecado de los nicolaítas que cambiaban la gracia de Dios por lascivia? ¿Es la indiferencia hacia la gran luz [Biblia]? ¿Es el mal uso o el abuso de las oportunidades y los privilegios lo que nos lleva a tener jactanciosas pretensiones de sabiduría y conocimiento religiosos, mientras la vida y el carácter son inconsistentes e inmorales? No importa qué haya sido lo que hemos acariciado y cultivado hasta tornarse fuerte y dominante, hagamos decididos esfuerzos para ser vencedores, para no perdernos (Recibiréis poder, 18 de diciembre, p. 363).

Se me ha mostrado que vivimos en medio de los peligros de los últimos días. Por cuanto abunda la iniquidad, el amor de muchos se enfría. La palabra “muchos” se refiere a los que profesan seguir a Cristo. Afectados, sin que ello sea necesario, por la iniquidad prevaleciente, se apartan de Dios. La causa de esta apostasía estriba en que no se mantienen apartados de la iniquidad. El hecho de que su amor hacia Dios se esté enfriando por causa de que abunda la iniquidad, demuestra que, en cierto sentido, participan de esta iniquidad, pues de otra manera ella no afectaría su amor a Dios, ni su celo y fervor en su causa.

Se me ha presentado un horrible cuadro de la condición del mundo. La inmoralidad cunde por doquiera. La disolución es el pecado característico de esta era. Nunca alzó el vicio su deforme cabeza con tanta osadía como ahora. La gente parece aturdida, y los amantes de la virtud y de la verdadera bondad casi se desalientan por esta osadía, fuerza y predominio del vicio. La iniquidad prevaleciente no es del dominio exclusivo del incrédulo y burlador. Ojalá fuese tal el caso; pero no sucede así…

Cada cristiano tendrá que aprender a refrenar sus pasiones y a guiarse por los buenos principios…

Dios les ha dado un tabernáculo que cuidar y conservar en la mejor condición para su servicio y gloria (Reflejemos a Jesús, 16 de mayo, p. 142).

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