Gracia, amor y comunión
Lección 13, para el 25 de septiembre

Gracia, amor y comunión

Pablo cierra sus cartas con un llamado a la gracia, el amor y la comunión. La iglesia es llamada a vivir en armonía, fortalecerse mutuamente y mantenerse firme en la fe.

La comunión del Espíritu Santo

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La gracia de Jesús no solo revela el amor que Dios siente por nosotros, sino también nos otorga la comunión del Espíritu como un efecto adicional de ese amor. Al mismo tiempo, la comunión tiene su origen en el amor de Dios, ya que ella no es posible sin amor. Como escribe Pablo: «Por tanto, si hay algún estímulo en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si alguna ternura y compasión; completen mi gozo, tengan el mismo sentir, el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa» (Filipenses 2:1-2).

Algunas personas sostienen que el Espíritu Santo es solo una fuerza o influencia. ¿Qué sentido tendría que Pablo mencionara a dos personas —el Padre y el Hijo— junto con una mera «fuerza» en una fórmula trinitaria? Eso no tendría sentido. Así como el Padre y el Hijo se presentan en una relación personal (2 Corintios 1:3; 11:31), la relación del Espíritu con las personas nos lleva a la conclusión de que él también es una persona (Romanos 8:15-16; ver también Juan 14:16-17, 26; 15:26).

La expresión «comunión del Espíritu» (Filipenses 2:1) puede entenderse de dos maneras. Puede significar la comunión entre nosotros concedida por el Espíritu, o la comunión con el Espíritu mismo. Varios intérpretes de la Biblia sostienen que estos sentidos no son mutuamente excluyentes. Después de todo, la comunión entre nosotros es la consecuencia de la comunión con el Espíritu.

Lee 1 Corintios 2:10-11; 3:16; 12:11; 2 Corintios 3:6-17. ¿Qué enseñó Pablo a los corintios acerca del Espíritu?

Pablo tiene mucho que decir acerca de la obra del Espíritu. En 1 y 2 Corintios existen más de cuarenta referencias al Espíritu Santo, quien promueve la edificación de la iglesia (1 Corintios 14:12), capacita a las personas para la misión (1 Corintios 2:4-5), nos revela las cosas profundas de Dios (1 Corintios 2:10-11) y nos las enseña (1 Corintios 2:13), mora en nosotros (1 Corintios 3:16; 6:19), coopera con Cristo para nuestra justificación (1 Corintios 6:11), otorga dones espirituales a la iglesia (1 Corintios 12-14), nos sella para la salvación (2 Corintios 1:22), imprime la ley en los corazones humanos (2 Corintios 3:3), y da nueva vida en Cristo (2 Corintios 3:6) y libertad del pecado (2 Corintios 3:17). Sin duda, no podemos vivir sin el Espíritu Santo.

¿Por qué es importante comprender la divinidad del Espíritu Santo para entender plenamente el amor de Dios por nosotros?

Comentarios Elena G.W

Cuando los corazones de los hombres han sido enternecidos por la presencia del Espíritu de Dios, son más sensibles a las impresiones del Espíritu Santo, y resuelven negarse a sí mismos y sacrificarse por la causa de Dios. Al brillar la divina luz en las cámaras de la mente, con claridad y fuerza inusitadas, es cuando los sentimientos del hombre natural quedan vencidos y el egoísmo pierde su poder sobre el corazón y se despiertan los deseos de imitar al Modelo, Jesucristo, en la práctica de la abnegación y la generosidad. Entonces la disposición del hombre naturalmente egoísta se impregna de bondad y compasión hacia los pecadores perdidos, y formula una solemne promesa a Dios como lo hicieron Abraham y Jacob.

En tales ocasiones los ángeles celestiales están presentes. El amor hacia Dios y la gente triunfa sobre el egoísmo y el amor al mundo. Esto sucede especialmente cuando el predicador, con el Espíritu y el poder de Dios, presenta el plan de redención trazado por la Majestad celestial en el sacrificio de la cruz.

Dios le ha dado al creyente algo que hacer para lograr la salvación de sus semejantes. Puede obrar en relación con Cristo haciendo actos de misericordia y de beneficencia. Pero, no puede redimirlos porque es incapaz de satisfacer las exigencias de la justicia insultada. Esto lo pudo hacer solo el Hijo de Dios, poniendo a un lado su honra y gloria, revistiendo de humanidad su divinidad, y viniendo a la tierra para humillarse y derramar su sangre en favor de la familia humana.

Al comisionar a sus discípulos para que fuesen “por todo el mundo” a predicar el evangelio “a toda criatura (Marcos 16:15), Cristo encomendó a los hombres la obra de difundir las buenas nuevas. Pero mientras algunos salen a predicar, invita a otros a que satisfagan sus demandas en cuanto a los diezmos y ofrendas con que sostener el ministerio y difundir la verdad en forma impresa por toda la tierra (Recibiréis poder, 22 de marzo, p. 90).

El mundo perece por falta de la verdad, de la verdad pura y no adulterada. Cristo es la verdad. Sus palabras son verdad.

Cuando el creyente, en la comunión del Espíritu, puede tocar la verdad con sus manos y apropiarse de ella, come del Pan que procede del cielo. Entra en la vida de Cristo, y aprecia el gran sacrificio hecho en beneficio de la humanidad pecadora.

El conocimiento que procede de Dios es el pan de vida. Son las hojas del árbol de la vida que son para la sanidad de las naciones. La corriente de la vida espiritual mueve el alma cuando las palabras de Cristo son creídas y practicadas. Así es como somos hechos uno con Cristo. La experiencia que era débil, se hace fuerte. Si mantenemos firme hasta el fin el principio de nuestra confianza, obtendremos la vida eterna. Debemos recibir toda verdad como la vida de Jesús. La verdad nos limpia de la impureza, y prepara el alma para la presencia de Cristo. Cristo se forma en el interior como la esperanza de gloria.

Debemos participar cada día de la verdad. Debemos comer las palabras de Cristo, las cuales él declara que son espíritu y vida. La aceptación de la verdad hará de cada persona que la recibe un hijo de Dios y un heredero del Cielo.

La verdad que está en el corazón no es letra fría y muerta.… Hay plenitud de gozo en la verdad. Hay nobleza en la vida del agente humano que vive y obra bajo la influencia vivificadora de la verdad. La verdad es sagrada y divina. Es más fuerte y más poderosa que cualquier otra cosa en la formación del carácter a la semejanza de Cristo. Cuando se la aprecia en el corazón, el amor de Cristo es preferido al amor de cualquier ser humano. Esto es el cristianismo. Así la verdad, pura y no adulterada ocupa la ciudadela del ser. Esta es la vida de Dios en el alma. “Y os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros”. Ezequiel 36:26 (Nuestra elevada vocación, p. 207).

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