Gracia, amor y comunión
Lección 13, para el 25 de septiembre

Gracia, amor y comunión

Pablo cierra sus cartas con un llamado a la gracia, el amor y la comunión. La iglesia es llamada a vivir en armonía, fortalecerse mutuamente y mantenerse firme en la fe.

Gracia, amor y comunión

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Versículo clave
«La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes»
2 Corintios 13:13

Lee para el estudio de esta semana

2 Corintios 8:9; Romanos 16:20; 1 Juan 4:8-11; 2 Corintios 13:11; Filipenses 2:1-2; Gálatas 4:4-6.

Para memorizar
«La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes» (2 Corintios 13:13).

Pablo concluye 2 Corintios destacando nuevamente los elementos esenciales abordados en sus Cartas. Lo hace por medio de cinco imperativos (2 Corintios 13:11).

El primero, «tengan gozo», recuerda textos anteriores de las Cartas.

El segundo imperativo, «busquen su restauración» (NVI), es la traducción de una sola palabra en griego (_katartizō_), que aparece aquí y en 1 Corintios 1:10.

El tercero, «anímense mutuamente», retoma 2 Corintios 1:3-7. Pablo comienza y termina su segunda Cartas con palabras de aliento. Recibimos ánimo de Dios para alentar a otros (2 Corintios 1:4, 6).

Los imperativos cuarto y quinto, «Sean de un mismo sentir y vivan en paz» (2 Corintios 13:11), son un llamado a la unidad. Esta atmósfera de gozo, restauración, ánimo, unidad y paz es la condición para la presencia del «Dios de paz y amor» (2 Corintios 13:11) y el resultado de su obra en el corazón humano (2 Corintios 13:13).

La gracia, el amor y la comunión son el resultado de la obra del Dios trino por nosotros. Estas tres características cristianas promueven un ambiente caracterizado por la presencia de Dios.

Comentarios Elena G.W

La esencia y la sustancia de todo el tema de la gracia y la experiencia cristiana consisten en creer en Cristo, en conocer a Dios y a su Hijo a quien él ha enviado. Pero aquí es donde muchos fracasan porque les falta fe en Dios. En vez de desear entrar en compañerismo con Cristo en su abnegación y humillación, siempre procuran la supremacía del yo… Si tan solo apreciáramos el amor de Dios, cómo se expandirían nuestros corazones, cómo se agrandarían nuestras simpatías limitadas y se quebrantarían las barreras de hielo del egoísmo y nuestra comprensión sería más profunda de lo que es ahora…

Porque no conocemos a Dios, porque no tenemos fe en Cristo, porque no estamos profundamente impresionados con la humillación que él sufrió en nuestro lugar, es por lo que su abatimiento no nos induce a la humillación del yo, a la exaltación de Jesús… ¡Oh, si amarais a Cristo como él os ha amado, no rehuiríais vivir los capítulos oscuros del sufrimiento del Hijo de Dios!

A fin de participar con Cristo en sus sufrimientos, debemos contemplar al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Cuando contemplamos la humillación de Cristo, contemplando su abnegación y sacrificio propio, nos llenamos de admiración ante la manifestación del amor divino para el hombre culpable. Cuando, por causa de Cristo, se nos llama a pasar por pruebas que son humillantes, si tenemos la mente de Cristo, las sufriremos con mansedumbre, sin resentirnos por las injurias ni resistiendo el mal. Manifestaremos el espíritu que mora en Cristo… Hemos de comprender que el sacrificio, los trabajos y los sufrimientos de Cristo existieron para que podamos cooperar con él para que se efectúe el gran plan de la redención (A fin de conocerle, 8 de abril, p. 104).

La iglesia es la sociedad cristiana formada por los miembros que la componen, para que cada uno goce de la ayuda de todas las gracias y talentos de los demás miembros, y también de la operación de Dios en su favor, de acuerdo con los diversos dones y habilidades que Dios les concedió. La iglesia está unida en los sagrados vínculos del compañerismo a fin de que cada miembro se beneficie de la influencia de los demás. Todos deben unirse al pacto de amor y armonía que existe. Los principios y las gracias cristianas de toda la sociedad de creyentes han de comunicar fortaleza y poder en una acción armoniosa. Cada creyente debe beneficiarse y progresar por la influencia refinadora y transformadora de las variadas capacidades de otros miembros, para que las cosas que falten en uno puedan ser más abundantemente desplegadas en otro. Todos los miembros deben acercarse el uno al otro, para que la iglesia llegue a ser un espectáculo ante el mundo, ante los ángeles y ante los hombres.

El compromiso que caracteriza el pacto de los miembros de la iglesia es que cada uno camine en los pasos de Cristo, que cada uno tome sobre sí el yugo de Cristo y aprenda de Aquel que es manso y humilde de corazón. Haciendo esto, “hallaréis —dice el amado Salvador— descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Mateo 11:29, 30.

Los que llevan el yugo de Cristo marcharán unidos; cultivarán la simpatía y la tolerancia, y con santa imitación lucharán por mostrar a los demás la tierna simpatía y el amor que ellos mismos necesitan grandemente. El que es débil y carece de experiencia, aunque sea débil puede ser fortalecido por el que tiene más esperanza y por los que poseen una experiencia madura. Aunque sea el menor de todos es una piedra que debe brillar en el edificio. Es un miembro vital del cuerpo organizado, unido a Cristo, la cabeza viviente, y por medio de Cristo está identificado a tal punto con todas las excelencias del carácter del Señor, que este no se avergüenza de llamarlo hermano… Una iglesia separada y distinta del mundo es, en la estima del cielo, el objeto de más valor en toda la tierra… La iglesia debe ser lo que Dios ordenó que fuera: un representante de la familia de Dios en otro mundo (Exaltad a Jesús, 8 de octubre, p. 289).

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