El hecho de que no debamos formar grupos cerrados o camarillas, especialmente en torno a los líderes humanos, no significa que no debamos apoyar a nuestros dirigentes. Se supone que debemos apreciar y ayudar a quienes dirigen el trabajo de la iglesia. Dios encarga a las personas que cumplan su ministerio en la tierra. Los líderes de la iglesia que muestran un estilo de vida que refleja la sumisión representada por la cruz son dignos de ser escuchados y seguidos.
Esto es así porque solo la cruz tiene el poder de revertir cualquier forma manipuladora de control en favor de la sumisión a la Palabra de Dios. Los líderes cristianos atribuyen el éxito de su ministerio solo a Dios. En su ministerio terrenal, incluso Jesús, como ser humano, atribuyó la gloria a Dios (Juan 17:4).
Según Pablo, el ministerio cristiano fiel debe basarse en lo que podemos llamar una teología de la cruz. La cruz es la revelación de la sabiduría de Dios y de su poder para salvar. Al mismo tiempo, también muestra la sabiduría humana como necedad. En 1 Corintios 4:1-13, Pablo deja claro en qué consiste esa teología de la cruz. En primer lugar, indica que es Dios quien establece la norma para el liderazgo cristiano (1 Corintios 4:1-5). En segundo lugar, señala el hecho de que el sufrimiento por causa de Cristo es el sello distintivo del verdadero ministerio cristiano (1 Corintios 4:9, 11-13). Este segundo punto merece ser desarrollado más a fondo.
Lee 2 Corintios 11:23-28 y Colosenses 1:24. ¿Qué nos enseña esto acerca de lo que significa sufrir por causa de Cristo?
Los líderes cristianos siguen las huellas de Jesús al estar dispuestos a sufrir por sus hermanos y hermanas, e incluso, si es necesario, a morir por su ministerio. Pablo se refiere a sí mismo y a Apolo como hombres «sentenciados a muerte» (1 Corintios 4:9). Se los describe como personas que se enfrentan al «hambre, la sed y la desnudez», además de ser «abofeteados» y estar «sin hogar» (1 Corintios 4:11). También fueron insultados, perseguidos, difamados y considerados «la hez del mundo, el desecho de todos» (1 Corintios 4:12-13). Además, al referirse irónicamente a los corintios como ricos, reyes, sabios y distinguidos (1 Corintios 4:8, 10), Pablo demuestra que el orgullo no debe tener cabida en el verdadero liderazgo cristiano, ya que es la raíz de la división en la iglesia (1 Corintios 4:6).
¿Cuánto has sufrido por causa de Cristo, sea cual fuere tu función en la iglesia? ¿Qué lecciones se pueden extraer de tu respuesta?
Comentarios Elena G.W
Quitar la cruz al cristiano, es como borrar el sol que ilumina el día, y quitar la luna y las estrellas del firmamento por la noche. La cruz de Cristo nos conduce más cerca de Dios, reconcilia al hombre con Dios, y a Dios con el hombre. El Padre contempla la cruz, los sufrimientos que ha dado a su Hijo, a fin de salvar a la humanidad de su desesperada condición, y de conducir al hombre hacia sí mismo. La contempla con la tierna compasión del amor de un padre. Casi se ha perdido de vista la cruz, pero sin la cruz no hay relación con el Padre, no hay unidad con el Cordero en el medio del trono del cielo, no hay una recepción de bienvenida a los errantes que quieran volver al olvidado camino de la justicia y la verdad, no hay esperanza para el transgresor en el día del juicio. Sin la cruz no hay un medio provisto para vencer el poder de nuestro poderoso enemigo. Toda esperanza de la humanidad pende de la cruz.
Cuando el pecador alcanza la cruz, y contempla a Aquel que murió para salvarlo, debe regocijarse con plenitud de gozo; porque sus pecados son perdonados. Arrodillándose junto a la cruz, ha alcanzado el lugar más alto al que un hombre puede llegar. La luz del conocimiento de la gloria de Dios es revelada en el rostro de Jesucristo; y él pronuncia estas palabras de perdón: “Vivid, vosotros pecadores, vivid. Vuestro arrepentimiento es aceptado; porque yo he encontrado un rescate”.
Mediante la cruz aprendemos que nuestro Padre celestial nos ama con un amor infinito y perdurable, y nos acerca hacia él con una simpatía mayor que la de una madre anhelosa por un hijo descarriado. ¿Puede extrañarnos el que Pablo haya exclamado: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”? También es nuestro privilegio gloriarnos en la cruz del Calvario, es nuestro privilegio darnos plenamente a Aquel que se dio a sí mismo por nosotros. Entonces, con la luz del amor que brilla desde su rostro sobre nosotros, saldremos para reflejarla sobre aquellos que viven en tinieblas (Nuestra elevada vocación, 9 de febrero, p. 48).
Hay que entrenar la mente para que se espacie en las cosas espirituales. La humildad será el resultado de comprender el carácter amoroso de Jesucristo. Al meditar en las excelencias del carácter de Cristo nos daremos cuenta de cuán ofensivo es el pecado, y nos aferraremos de la justicia de Jesucristo. Cultivaremos las virtudes que residen en Jesús para que podamos reflejar su carácter ante los demás. Si contempláramos la cruz del Calvario no exaltaríamos el yo, sino que mantendríamos constantemente delante de nosotros nuestra propia indignidad, y cuánto le costo al cielo nuestra salvación; percibiríamos el amor inmaculado de Cristo (Cada día con Dios, p. 259).