En general, los grupos cerrados son el resultado de una sobrevaloración de los líderes humanos. Esto es muy peligroso para la unidad de la iglesia y para la salud espiritual de los miembros, ya que una visión distorsionada del ministerio cristiano puede llevar a una iglesia a dar una importancia excesiva a ciertos líderes en detrimento de otros. La consecuencia de tal comportamiento es una atmósfera de competencia o rivalidad que puede dividir a la iglesia. Más aún, si tratamos a los líderes humanos como el centro de nuestra identidad cristiana, corremos el riesgo de desplazar a Cristo de la posición correcta en nuestras vidas.
Lee 1 Corintios 3:1-4. ¿Cómo describe Pablo aquí la inmadurez espiritual de los corintios?
Pablo deja claro que la madurez espiritual conduce al creyente a apreciar la sabiduría de Dios (1 Corintios 2:6-7), la cual nos es comunicada por medio del Espíritu (1 Corintios 2:13) y contrasta con la sabiduría de este mundo (1 Corintios 2:6) y la sabiduría humana (1 Corintios 2:13). La sabiduría de Dios se revela en la cruz de Cristo (1 Corintios 2:1-4) y, más precisamente, en el sufrimiento, la muerte y la resurrección de Cristo. Por lo tanto, antes de reanudar su exhortación a la unidad (1 Corintios 3:1-17), Pablo quiere que sus lectores reconozcan la necesidad de la verdadera sabiduría y madurez en Cristo.
Los cristianos sabios y maduros son personas espirituales, no carnales. Tampoco son como niños (1 Corintios 3:1). Comparan las cosas espirituales con las cosas espirituales, porque «las cosas del Espíritu de Dios [...] se han de discernir espiritualmente» (1 Corintios 2:13-14). Los cristianos sabios y maduros se alimentan de comida sólida, no de leche (1 Corintios 3:2; comparar con Hebreos 5:12). El creyente que «se nutre de leche es inexperto en la doctrina de la justificación, porque aún es niño. En cambio, el alimento sólido es para los adultos, para los que por la costumbre tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal» (Hebreos 5:13-14). Los cristianos sabios y maduros no dicen: «Yo soy de Pablo» o «yo soy de Apolo» (1 Corintios 3:4), refiriéndose a diferentes personas.
Después de todo, estas personas son, como ellos, «colaboradores de Dios» (1 Corintios 3:9). Nosotros, como iglesia, somos el campo, el edificio y el templo de Dios (1 Corintios 3:9, 16-17). Todos pertenecemos a Dios por medio de Cristo (1 Corintios 3:11).
¿Cuál ha sido tu experiencia al sentirte decepcionado por alguien a quien admirabas mucho? Si has tenido esa experiencia, ¿qué lecciones aprendiste de ella?
Comentarios Elena G.W
La historia de Juan nos proporciona una notable ilustración de cómo Dios puede usar a los obreros de edad. Cuando Juan fue desterrado a la isla de Patmos, muchos le consideraban incapaz de continuar en el servicio, y como una caña vieja y quebrada, propensa a caer en cualquier momento. Pero el Señor juzgó conveniente usarle todavía. Aunque alejado de las escenas de su trabajo anterior, no dejó de ser un testigo de la verdad. Aun en Patmos se hizo de amigos y conversos. Su mensaje era de gozo, pues proclamaba un Salvador resucitado…
La más tierna consideración debe abrigarse hacia aquellos cuyos intereses durante toda la vida estuvieron ligados a la obra de Dios. Esos obreros ancianos han permanecido fieles en medio de tormentas y pruebas. Pueden tener achaques, pero aún poseen talentos que los hacen aptos para ocupar su lugar en la causa de Dios. Aunque gastados e imposibilitados de llevar las pesadas cargas que los más jóvenes pueden y deben llevar, el consejo que pueden dar es del más alto valor.
Pueden haber cometido equivocaciones, pero de sus fracasos aprendieron a evitar errores y peligros y, ¿no serán por lo tanto competentes para dar sabios consejos? Sufrieron pruebas y dificultades y aun cuando perdieron parte de su vigor, el Señor no los pone a un lado. Les da gracia especial y sabiduría… El Señor desea que los obreros más jóvenes logren sabiduría, fuerza y madurez por su asociación con esos hombres fieles…
A medida que los que han gastado su vida en el servicio de Cristo se acercan al fin de su ministerio terrenal, serán impresionados por el Espíritu Santo a recordar los incidentes por los cuales han pasado en relación con la obra de Dios. El relato de su maravilloso trato con su pueblo, su gran bondad al librarlos de las pruebas, debe repetirse a los que son nuevos en la fe. Dios desea que los obreros ancianos y probados ocupen su lugar y hagan su parte para impedir que los hombres y mujeres sean arrastrados hacia abajo por la poderosa corriente del mal; desea que tengan puesta su armadura hasta que él les mande deponerla (Conflicto y valor, 23 de diciembre, p. 363).
Cuando se comience a sentir desanimado, mire a Jesús y tenga comunión con él. Cuando piense que sus hermanos no lo comprenden, recuerde que Jesús, su Hermano Mayor, nunca se equivoca. Él lo juzgará justamente. Las palabras que Cristo pronunció en el día grande de la fiesta tienen un significado y poder extraordinarios. Levantando su voz dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. Juan 7:37. Nadie tiene que ser empujado hacia Cristo. A nosotros nos corresponde acudir a él, la fuente de vida, y hacerlo por propia elección. ¿Por qué no habríamos de acudir a Cristo, en quien se centra nuestra esperanza de vida eterna? Las lecciones que Cristo nos ha hecho llegar no son máximas trilladas; están llenas de pensamiento vital. Pero a nosotros nos corresponde apropiarnos de la verdad divina. El apóstol Pablo nos exhorta a echar mano de la esperanza que nos ofrece el evangelio. Debemos apropiarnos de las promesas de Dios por medio de la fe, y aprovechar las abundantes bendiciones que Cristo Jesús ha obtenido para nosotros. Delante de nosotros ha sido colocada una esperanza, la esperanza de la vida eterna. Nuestro Redentor no quedará satisfecho con darnos nada menos que esta bendición; pero es deber nuestro asirnos de esta esperanza por medio de la fe en Aquel que la prometió. Podemos esperar que sufriremos; porque únicamente los que participen con él de sus sufrimientos, también participarán con él de su gloria. Él ha comprado el perdón y la inmortalidad para las almas pecadoras de los hombres que perecen; pero a nosotros nos corresponde recibir estos dones por medio de la fe. Al creer en él, recibimos esta esperanza como un ancla segura e inamovible para el alma. En vista de que pagó un precio tan elevado por nuestra salvación, debemos entender que podemos esperar confiadamente el favor divino, no solo en este mundo, sino también en el mundo celestial. La fe en el sacrificio expiatorio y la intercesión de Cristo nos mantendrá seguros e inamovibles en medio de las tentaciones que nos oprimen en la iglesia militante. Contemplemos la gloriosa esperanza que tenemos por delante, y por la fe aferrémonos de ella… (Exaltad a Jesús, 13 de noviembre, p. 325).