Autoridad y relevancia proféticas
Lección 10, para el 5 de diciembre

Autoridad y relevancia proféticas

PROFETAS CANÓNICOS Y NO CANÓNICOS

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Lee 1 Crónicas 29:29 y 2 Crónicas 9:29. ¿Qué observas acerca de algunos de los profetas mencionados en estos dos pasajes?

Hubo muchos profetas, como Natán, Gad, Ahías e Iddo, cuyos libros no formaron parte de la Biblia.

Lee 1 Reyes 11:29-39 y Lucas 7:28. ¿Qué enseñan estos textos acerca de la autoridad de los profetas no canónicos?

Aunque ignoramos por qué permitió Dios que los mensajes de algunos profetas fueran incluidos en la Biblia y no los de otros, sabemos que los profetas no canónicos que no fueron incluidos en las Escrituras fueron igualmente inspirados por Dios. La Biblia enseña que los dones espirituales, incluido el don profético, continuarán hasta el fin de los tiempos. La Biblia predijo que habría profetas posbíblicos y no canónicos «a fin de perfeccionar a los santos para desempeñar su ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un estado perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Efe. 4:12-13) «antes que venga el día grande y espantoso del Señor» (Joel 2:31).

Cuando David cometió adulterio y un homicidio, Dios envió al profeta Natán para confrontarlo (2 Sam. 12:7-14). Aunque Natán no había escrito un libro bíblico, David no cuestionó su autoridad, lo cual se debe a que la autoridad de los escritos de los profetas se basa en su inspiración, y no en si fueron incluidos o no en el canon bíblico. Sin embargo, todos los verdaderos profetas no canónicos, en particular los profetas posteriores a la época de la Biblia —y especialmente una profeta moderna como Elena de White— se consideraban sujetos a la autoridad bíblica. Sus mensajes tenían que ser contrastados con la Biblia y no sustituían a esta como fuente de fe y doctrina.

Elena de White escribió: «El Señor desea que estudien sus Biblias. Él no dio ninguna luz adicional para tomar el lugar de la Palabra. Esta luz se da con el propósito de concentrar en su Palabra las mentes confundidas, y si se asimila y digiere es la sangre y la vida del alma» (Mensajes selectos, t. 3, p. 33). ¿Cuánta atención prestamos como iglesia a esas palabras?

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