¿Cuál era el fundamento de la autoridad de Jesús y la evidencia de ella? Ver Mateo 21:23-27; Juan 17:2.
Los sacerdotes se acercaron a Jesús mientras enseñaba y le preguntaron quién le había dado la autoridad para ejercer su ministerio. Jesús no se había graduado en ninguna de las escuelas locales ni había recibido formación en las escuelas tradicionales de los rabinos. En lugar de responder a sus preguntas, les preguntó cuál era el origen de la autoridad inequívoca que había demostrado Juan el Bautista. Al negarse a responder, negaron el poder de Dios que coronaba el ministerio de Juan y rechazaron la autoridad de Jesús, quien, al igual que Juan, había sido enviado por Dios.
¿Qué dicen también los siguientes versículos acerca de la autoridad de Jesús? Mateo 7:28-29; Marcos 1:21-27; Lucas 8:22-25; 9:1; Juan 5:25-27; 7:38.
Toda autoridad pertenece a Jesús como Creador (Juan 1:3) y Salvador (Rom. 3:24) de la humanidad. Él es la Palabra de Dios. La autoridad divina que Jesús poseía durante su vida y su ministerio terrenales no podía ser imitada ni generada por nadie. Sus enseñanzas asombraban a sus oyentes porque los instruía con autoridad (Mat. 7:29).
Todos los evangelios registran la autoridad profética sobrenatural de Jesús, quien perdonaba los pecados (Mar. 2:10-11), expulsaba demonios (Mar. 3:15) y sabía lo que pensaba la gente (Juan 2:24-25). Resucitó a los muertos y ofreció la vida eterna (Juan 10:28). Mientras estuvo en la tierra como nuestro Redentor, Jesús ejerció la autoridad que le había sido dada por Dios el Padre (Juan 17:2), de quien dependió y con quien cooperó (Juan 5:19) en todo momento, además de señalar a menudo que las Escrituras daban testimonio de él. Jesús también poseía autoridad absoluta y podía delegar esa autoridad a sus discípulos (Mar. 6:7). Como Palabra viviente de Dios, su testimonio también llegó a los profetas a través de los cuales habló (Apoc. 19:10).
Algunas personas rechazaron a Jesús a pesar de todas las evidencias que presentó de su legitimidad como el Mesías anunciado en las Escrituras. ¿Cómo podemos evitar caer en la incredulidad en vista de todas las razones que tenemos para creer?