Lee Jueces 2:16-19. ¿Qué patrón o motivo se observa aquí?
La época de los jueces terminó con la petición de un rey por parte de Israel y la transición crucial a la monarquía (1 Sam. 8). Ese cambio trajo consigo una necesidad aún mayor de profetas que aconsejaran, corrigieran y reprendieran al rey, a los líderes de la nación y al pueblo.
Durante el reinado de Acab, Dios envió a Elías con un mensaje de juicio: no habría lluvia porque Israel había «[dejado] los mandamientos del Señor y [seguido] a los baales» (1 Rey. 18:18). En lugar de arrepentirse, Acab intentó apresar a Elías y matarlo, pero Dios lo protegió (1 Rey. 18:10-12). En el tercer año de la hambruna, cuando Elías finalmente se acercó al rey, ¡Acab lo culpó por la falta de lluvia! (1 Rey. 18:17).
Elías convocó entonces a todo Israel para una confrontación final entre Dios y los profetas de Baal (1 Rey. 18:19).
Lee la proclamación de Elías a Israel y la respuesta en 1 Reyes 18:21, 38-39. ¿Qué sucedió?
El fuego que Dios hizo caer del cielo y el mensaje profético de Elías impactaron dramáticamente al pueblo de Dios y lo condujeron al arrepentimiento. Así como los israelitas se mostraban reacios a comprometerse plenamente con Dios, nosotros vivimos en culturas que no reconocen al Señor como Creador y Redentor. En lugar de servir como testigos de Dios para instar a otros a serle fieles, a menudo eludimos nuestro llamado siguiendo nuestros propios deseos, como lo había hecho Israel.
Dios nos advierte que seguir nuestros propios deseos nos conducirá al quebrantamiento, al dolor y, finalmente, a la muerte. Pero Dios promete lo siguiente a quien presta atención a su voz: «El Señor te guiará siempre, en las sequías te saciará, y fortalecerá tus huesos. Serás como huerta bien regada, como manantial inagotable» (Isa. 58:11).
Nuestra naturaleza carnal nos empuja a rebelarnos, incluso inconscientemente, contra Dios. ¿Qué decisiones debemos tomar para no sucumbir a esa naturaleza?