El poder de la resurrección de Cristo
Lección 8, para el 21 de agosto

El poder de la resurrección de Cristo

La resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe. Pablo defiende con fuerza la realidad histórica y el significado teológico de la resurrección para nuestra salvación.

Proclamando la resurrección de Cristo

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Pablo comienza 1 Corintios 15 centrándose en el evangelio. Dice que: (1) lo predicó a los corintios; (2) ellos lo recibieron; (3) se mantuvieron firmes en él; y (4) fueron salvados por él (1 Corintios 15:1-2). Esta introducción prepara al lector para lo que sigue en el capítulo y muestra cuán esencial es la resurrección de Cristo para nuestra salvación (ver también Romanos 10:9-10). Su resurrección es una parte tan vital del mensaje del evangelio que negarla contradice la fe en Cristo.

Lee 1 Corintios 15:1-4, Lucas 24:44-47 y Romanos 1:1-4. ¿Qué tienen en común estos pasajes?

En 1 Corintios 15:1-4 se encuentra un resumen del mensaje de Pablo. No importa si las palabras «conforme a las Escrituras» se refieren a pasajes concretos del Antiguo Testamento o a este en su conjunto. La muerte y la resurrección de Jesús cumplen las promesas de Dios que se encuentran en el Antiguo Testamento.

Lee 1 Corintios 15:2, 11. ¿Por qué estos versículos vinculan estrechamente los conceptos de creer y predicar? ¿Cuál es la relación entre ambos?

Quienes proclaman que Cristo ha resucitado deben creer primero que su resurrección es un hecho histórico. En este caso, 1 Corintios 15:5-8 desempeña un papel fundamental en el Nuevo Testamento. Este pasaje proporciona una sólida evidencia bíblica de que Cristo fue visto por numerosas personas después de su resurrección, muchas de las cuales aún vivían cuando Pablo escribió la Carta (1 Corintios 15:6).

Básicamente, Pablo está diciendo: «Pregúntenles qué vieron». Así de seguro estaba de la realidad de la resurrección de Cristo.

Estas personas eran testigos oculares, eran lo que Jesús dijo que serían: «Testigos de estas cosas» (Lucas 24:48).

¿Qué razones tenemos para creer en la resurrección de Cristo? ¿Qué otras cosas, seculares o sagradas, creemos aunque no las hayamos visto nosotros mismos?

Comentarios Elena G.W

Los sucesos de la vida de Cristo, su muerte y resurrección, las profecías que señalaban estos sucesos, los misterios del plan de la salvación, el poder de Jesús para perdonar los pecados, de todas estas cosas habían sido testigos, y debían hacerlas conocer al mundo. Debían proclamar el evangelio de paz y salvación mediante el arrepentimiento y el poder del Salvador.

Antes de ascender al cielo, Cristo dio a los discípulos su comisión. Les dijo que debían ser los ejecutores del testamento por el cual él legaba al mundo los tesoros de la vida eterna. Vosotros habéis sido testigos de mi vida de sacrificio en favor del mundo, les dijo. Habéis visto mis labores por Israel. Y aunque mi pueblo no quiso acudir a mí para poder tener vida, a pesar de que los sacerdotes y gobernantes han hecho conmigo lo que querían, aunque me han rechazado, tendrán todavía otra oportunidad de aceptar al Hijo de Dios. Habéis visto que recibo libremente a todos los que acuden a mí confesando sus pecados. Al que a mí viene no lo echaré fuera de ninguna manera. Os encomiendo a vosotros, mis discípulos, este mensaje de misericordia. Ha de darse tanto a los judíos como a los gentiles: primero a Israel y entonces a todas las naciones, lenguas y pueblos. Todos los que crean integrarán una iglesia.

La comisión evangélica es la magna carta misionera del reino de Cristo. Los discípulos habían de trabajar fervorosamente por las almas, dando a todos la invitación de misericordia. No debían esperar que la gente viniera a ellos; sino que debían ir ellos a la gente con su mensaje.

Los discípulos habían de realizar su obra en el nombre de Cristo. Todas sus palabras y hechos habían de llamar la atención al poder vital de su nombre para salvar a los pecadores. Su fe habría de concentrarse en Aquel que es la fuente de la misericordia y el poder. En su nombre habían de presentar sus peticiones ante el Padre, y recibirían respuesta. Habían de bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El nombre de Cristo había de ser su consigna, su divisa distintiva, su vínculo de unión, la autoridad para su curso de acción y la fuente de su éxito. Nada que no llevara su nombre y su inscripción había de ser reconocido en su reino (Los hechos de los apóstoles, pp. 22, 23).

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