“«Y si Cristo no resucitó, nuestra predicación es vana y la fe de ustedes también es vana. [...] Y si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es vana y aún están en sus pecados»”1 Corintios 15:14
Lee para el estudio de esta semana
1 Corintios 15; Lucas 24:44-47; Apocalipsis 20:5-6; Colosenses 2:12; 2 Timoteo 1:12; 1 Tesalonicenses 4:13-17.
Para memorizar
«Y si Cristo no resucitó, nuestra predicación es vana y la fe de ustedes también es vana. [...] Y si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es vana y aún están en sus pecados» (1 Corintios 15:14, 17).
Es fascinante considerar que, incluso en su época, Pablo tuviera que lidiar con quienes negaban la resurrección de los muertos. La gente de entonces veía lo que la muerte le hacía al cuerpo humano. Sabían cómo el cadáver terminaba convirtiéndose en polvo. También sabían que las personas que habían muerto llevaban mucho tiempo en esa condición; en la mayoría de los casos, más tiempo que el que habían vivido.
La resurrección de los muertos no les parecía más plausible entonces que a la mayoría de las personas actualmente. Ese debe haber sido uno de los temas que Pablo estaba abordando. Y también era crucial, pues, si Jesús no resucitó, no es quien dijo ser, la cruz no tuvo ningún efecto y el precio de nuestros pecados no ha sido pagado. En ese caso, solo nos quedaría la desesperación. Pero nuestro Señor ha resucitado, ha ascendido al cielo y volverá para llevarnos a casa.
Esta semana nos centraremos en 1 Corintios 15 y lo que enseña acerca de la resurrección de Cristo. Influenciados por la cosmovisión pagana que los rodeaba, algunos en Corinto decían que no hay resurrección. En respuesta, Pablo afirma la resurrección de Cristo como nuestra única esperanza de salvación.
Comentarios Elena G.W
Cuando el cristiano se somete al solemne rito del bautismo, los tres poderes más altos del universo: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, dan su aprobación a ese acto, comprometiéndose a ejercer su poder en beneficio de él mientras él se esfuerza por honrar a Dios. Es sepultado, a semejanza de la muerte de Cristo, y es levantado a semejanza de su resurrección…
Los tres grandes poderes del cielo se comprometen a proporcionar al cristiano toda la asistencia que requiera. El Espíritu cambia el corazón de piedra en un corazón de carne. Y al participar de la Palabra de Dios, los cristianos obtienen una experiencia que busca la semejanza divina. Cuando Cristo habita en el corazón por la fe, el cristiano es el templo de Dios. Cristo no habita en el corazón del pecador, sino en el corazón de quien es susceptible a las influencias del Cielo.
El resplandor que procede del verdadero cristiano testifica de su unión con Cristo. El yo está oculto a la vista y Cristo es revelado. El Cielo reconoce el cumplimiento de la promesa… “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. 1 Juan 3:2. Entonces aquellos cuyas vidas han estado ocultas en Cristo, quienes han peleado la buena batalla de la fe en esta tierra, resplandecerán con la gloria del Redentor en el reino de Dios.
Hermano mío, hermana mía, el propósito de Dios para usted es que viva una vida que haga mejor a otros; una vida que mostrará que Cristo, la esperanza de gloria, está formado en el interior. Es su propósito que usted pueda decir con el apóstol Pablo: “Ya no vivo yo, más vive Cristo en mí”. Plenamente satisfecho, descansando en el amor de Cristo, en que el Redentor y Dador de la vida obrará por usted la salvación de su alma, usted sabrá a medida que se acerca más y aún más a él, lo que significa resistir la visión del que es Invisible. El contentamiento que Cristo concede es un don infinitamente más valioso que el oro y la plata y las piedras preciosas…
Nuestras vidas son puras solo cuando estamos bajo el control de Dios, y son felices solo cuando mantenemos comunión con él. El esplendor que poseen quienes han ganado la más rica experiencia es solo el reflejo de la luz del Sol de justicia. Quien vive más cerca de Jesús resplandecerá con mayor fulgor (Reflejemos a Jesús, 3 de abril, p. 99).