Lee 1 Corintios 15:54-57. ¿Qué nos dice este pasaje acerca de nuestra victoria definitiva sobre la muerte?
Pablo comienza el último párrafo de 1 Corintios 15 con una afirmación intrigante: «La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios» (1 Corintios 15:50). Muchos lectores de la Biblia utilizan esta declaración para decir que Pablo defiende una existencia inmaterial en el cielo. Pero el contexto indica lo contrario. La estructura de 1 Corintios 15:50 sugiere que el binomio «carne y sangre» es paralelo a «corrupción», del mismo modo que «el reino de Dios» es paralelo a «incorrupción». Al igual que en 1 Corintios 15:42-49, aquí también Pablo contrasta el cuerpo actual (o incluso el cadáver) con el cuerpo resucitado. El cuerpo sepultado está marcado por la corrupción y la mortalidad, mientras que el cuerpo resucitado se caracteriza por la incorrupción y la inmortalidad (1 Corintios 15:50, 53-54). En pocas palabras, Pablo está diciendo que nuestros cuerpos deben sufrir una transformación radical para poder heredar el cielo.
En resumen, Pablo utiliza las ideas de corrupción y mortalidad para referirse a nuestra naturaleza pecaminosa. La expresión «carne y sangre» se refiere a la humanidad caída, por lo que nuestros cuerpos deben ser transformados y purgados de toda imperfección en ocasión del regreso de Cristo.
Solo cuando nuestra naturaleza pecaminosa sea eliminada (1 Corintios 15:54) y pasemos por la experiencia de la glorificación (1 Corintios 15:51-53; 1 Tesalonicenses 4:13-17) se cumplirá la proclamación: «La muerte ha sido devorada por la victoria» (1 Corintios 15:54, NVI). Entonces se cantará este himno audaz y desafiante: «Muerte, ¿dónde está tu aguijón? Sepulcro, ¿dónde está tu victoria?» (1 Corintios 15:55). Todo esto tendrá lugar cuando Cristo regrese (1 Corintios 15:51-52).
Piénsalo: cerramos los ojos al morir, y lo siguiente que experimentaremos será la segunda venida de Jesús, cuando nos resucite de entre los muertos. No importa cuándo haya muerto un creyente, incluso hace miles de años, «en un instante, en un abrir de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles y nosotros seremos transformados» (1 Corintios 15:52).
¿Quién no se ha lamentado de lo rápido que pasa la vida? Así de rápida nos parecerá la segunda venida de Jesús si morimos antes de que ocurra. Quizá nuestro primer pensamiento al abrir nuevamente nuestros ojos será: «¡Vaya, Señor, ¡tu segunda venida ocurrió realmente pronto!». ¿Cómo nos ayuda esta idea a aceptar mejor lo que algunos consideran un retraso?
Comentarios Elena G.W
El Hijo de Dios llama a la vida a los santos dormidos… De la prisión de la muerte sale revestida de gloria inmortal clamando: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?” 1 Corintios 15:55…
Los justos vivos son mudados “en un momento, en un abrir de ojo”. A la voz de Dios fueron glorificados; ahora son hechos inmortales, y juntamente con los santos resucitados son arrebatados para recibir a Cristo, su Señor, en los aires…
Antes de entrar en la ciudad de Dios, el Salvador confiere a sus discípulos los emblemas de la victoria, y los cubre con las insignias de su dignidad real… Sobre la cabeza de los vencedores Jesús coloca con su propia diestra la corona de gloria. Cada cual recibe una corona que lleva su propio “nombre nuevo” (Apocalipsis 2:17), y la inscripción: “Santidad a Jehová”. A todos se les pone en la mano la palma de la victoria y el arpa brillante. Luego que los ángeles que mandan dan la nota, todas las manos tocan con maestría las cuerdas de las arpas, produciendo dulce música en ricos y melodiosos acordes. Dicha indecible estremece todos los corazones, y cada voz se eleva en alabanzas de agradecimiento…
Delante de la multitud de los redimidos se encuentra la ciudad santa. Jesús abre ampliamente las puertas de perla, y entran por ellas las naciones que guardaron la verdad… Luego se oye aquella voz, más armoniosa que cualquier música que haya acariciado jamás el oído de los hombres, y que dice: “Vuestro conflicto ha terminado”. “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”. Mateo 25:34.
Entonces se cumple la oración del Salvador por sus discípulos: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo”. Juan 17:24. Cristo los presenta al Padre “delante de su gloria irreprensibles, con grande alegría” (Judas 24)… ¡Oh maravillas del amor redentor! ¡Qué dicha aquella cuando el Padre eterno, al ver a los redimidos verá su imagen…! (God’s Amazing Grace, p. 357; parcialmente en La maravillosa gracia de Dios, p. 357).
Jesús va a venir, pero no será, como en su primer advenimiento, un niño en Belén; no como cabalgó al entrar en Jerusalén, cuando los discípulos alabaron a Dios con fuerte voz y clamaron: “¡Hosanna!”, sino que vendrá en la gloria del Padre y con todo el séquito de santos ángeles para escoltarlo en su traslado a la tierra. Todo el cielo se vaciará de ángeles, mientras los santos lo estén esperando, mirando hacia el cielo, como lo hicieron los galileos cuando ascendió desde el Monte de las Olivas. Entonces únicamente los que sean santos, los que hayan seguido plenamente al manso Dechado, se sentirán arrobados de gozo y exclamarán al contemplarle: “He aquí, este es nuestro Dios; le hemos esperado, y nos salvará”. Y serán transformados “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta”, aquella trompeta que despierta a los santos que duermen, y los invita a salir de sus camas de polvo, revestidos de gloriosa inmortalidad, y clamando: “¡Victoria! ¡Victoria sobre la muerte y el sepulcro!” Los santos transformados son luego arrebatados juntamente con los ángeles al encuentro del Señor en el aire, para nunca más quedar separados del objeto de su amor (Primeros escritos, pp. 109, 110).