En Génesis 3:9-10 vemos que Dios tomó la iniciativa de buscar a sus hijos caídos. La pregunta «¿dónde estás?» era retórica, porque Dios sabía lo que Adán y Eva habían hecho y dónde estaban. Sin embargo, el pecado interrumpió la comunicación habitual entre él y la primera pareja humana.
La preocupación inmediata de Dios era restablecer la comunicación con sus hijos, reunirse con ellos y darles esperanza. De hecho, el verbo hebreo qara’ («llamar»), en Génesis 3:9, se utiliza a menudo para describir el llamado de Dios para comunicarse con su pueblo.
Lee Lucas 15:11-32. ¿Cómo refleja esta parábola lo que sucedió en Génesis 3:9-10?
El hecho de que Dios buscara a Adán y Eva revela su amor incondicional por sus hijos. Dios nunca se da por vencido (ver Luc. 15) y hace todo lo posible para restablecer su comunión con nosotros, incluso cuando nos ocultamos de él. Antes de la crucifixión de Jesús, cuando Pedro lo negó tres veces, Cristo «se volvió y lo miró» (Luc. 22:61). Incluso sin palabras, «habló» a Pedro y trató de llegar al corazón de su amigo descarriado.
Observa en Génesis 3:11-13 cómo el pecado afectó la relación entre Adán y Eva. En lugar de confesar su pecado individual, comenzaron a culpar a otros. Adán culpó a Eva e, indirectamente, a Dios, quien le había dado a Eva. «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y comí», dijo (Gén. 3:12). Eva, por su parte, culpó a la serpiente por su desobediencia. «La serpiente me engañó, y comí», fue su excusa (Gén. 3:13). Ninguno de los dos, al menos cuando se los confrontó por primera vez con su pecado, reconoció su culpa. ¡Cuán poco ha cambiado esto en seis mil años!
El pecado ha afectado a todos los seres humanos. El apóstol Pablo describe bien nuestra condición en Romanos 7:15-24, donde se refiere al dolor resultante de pecar aunque se desea hacer lo correcto: «No entiendo lo que me pasa; porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco» (Rom. 7:15, NVI).
¿Quién no ha experimentado esta realidad? Lo que Pablo dice es profundo. Todos somos personas quebrantadas que hacemos cosas que sabemos que no debemos hacer.
Nuestra única esperanza, dice Pablo, es la liberación «por nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 7:25). Por eso Dios sigue buscándonos para llevarnos a Jesús, el único que puede moldearnos a su imagen y salvarnos de la devastación causada por el pecado.